Pocos creían que un diálogo con el gobierno de Maduro como interlocutor tuviera algún sentido. Se supone que ante un conflicto o crisis, las partes dialogantes tienen la intención (o la obligación) de cumplir lo que se acuerde.
Hasta ahora los chavistas, con más empeño en la etapa de Nicolás Maduro, no han dado muchas señas de que crean en la democracia, los pactos o que aplican el sentido común en la vida política y económica del país que mal gobiernan. Venezuela está partida, destrozada. Figurada y literalmente.
Sentarse a dialogar con el gobierno de Maduro era obligatorio, claro. ¿Cómo explicar que alguien no quiere ”dialogar”? En estos tiempos de corrección política supina, nadie puede darse ese lujo, no a ese nivel.
No tiene sentido dialogar con dictadores, ni con fanáticos religiosos o con terroristas. Dialogar con estos grupos es ya ceder el terreno que pertenece a los demócratas. Ni siquiera se puede discutir con nacionalistas obcecados, porque su ideología no es teoría política. Es un credo. El diálogo que funciona es aquel que sienta a la mesa a dos o más bandos con intenciones de llegar a un acuerdo justo. Y si no justo, por lo menos factible.
Maduro no ha dado una sola señal de respetar a la oposición venezolana, que está débil, aunque no pueda darse el lujo de estar agotada. No es un demócrata y tampoco es un político capaz de enderezar la terrible situación a la que ha llevado a su país.
Seguirán las conversaciones, como han seguido por décadas entre israelíes y palestinos. Y todos nos alegraremos de que así sea. Aunque pensemos que Venezuela seguirá hundida mientras viva la bautizada “revolución bolivariana”.
IAizpun@diariolibre.com
Inés Aizpún
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