Amt. - El Plan Belisario

Belisario Peguero Guerrero fue el jefe de la Policía Nacional de la caída de la dictadura. En gran medida, lo que es la actual policía es un legado de lo que hizo Belisario en ella.

Desde políticas de reclutamiento de personal hasta las actividades del jefe de la Policía, pasando por cuerpos como los "cascos blancos", antecedente de los "cascos negros" de la actualidad, Belisario fue artífice de lo bueno y lo malo de la Policía.

Pero a mediados de la década de los 60, Belisario cayó en desgracia y fue destituido de la jefatura de la Policía. A diferencia de lo que hacen los políticos y algunos jefes militares que no se saben guardar en la desgracia, Belisario recogió sus cosas y se trancó en una casa con su familia a ver pasar sus últimos días.

Con su actitud, Belisario permitió que sus hijos continuaran sus carreras policiales sin ser molestados y, de hecho, llegaron a oficiales superiores. Toda su familia vivió en paz y el tiempo se ha encargado de poner todas las cosas en su lugar.

El país necesita que mucha gente se acoja al plan Belisario. Que reconozca que sus cinco minutos bajo las luces ya pasaron y que lo que dijeron o hicieron, mal o bien, ya es parte de la historia y nada ni nadie lo puede borrar. Los denuestos molestan, pero las aguas vuelven a su nivel y el descrédito siempre es propiedad del que insulta. Las alabanzas son suspiros que se lleva el aire. Como aconsejaba Azorín a los políticos: "No debe ser impaciente y dejar pasar el tiempo sin precipitarse. Cuando el problema sea muy complejo ‘lo prudente es callar; retírese el político de la contienda y deje que la vida, que las fuerzas de las cosas se abra su camino a través del tiempo".

Hasta las decisiones judiciales, que nunca son definitivas, son susceptibles de ser borradas por el tiempo cuando la injusticia se hace patente. El mundo está lleno de Dreiffus, y de Saccos y Vanzettis. Quien haya sido atrapado en esa vorágine, siguiendo a Azorín, "deberá conocer el tiempo y el país en el que vive; con arreglo a ellos arreglará y ajustará sus actos".

Ni las ardorosas defensas hacen inocentes y las pasivas genuflexiones hacen culpables, porque por sobre todas las intenciones se levanta la sabiduría y el reloj del tiempo que se encargan de poner cada cosa en su lugar. Si el verdadero juicio fuera el de la hora presente, no existieran los tribunales, sino cadalsos y coronas por doquier. Afortunadamente, "no por madrugar amanece más temprano", como dice la sabiduría popular, sino que a todo hay que darle su tiempo, y algo que nunca debe olvidarse: el ruido no hace bien y el bien no hace ruido.