Cambios en el juego político
Apenas tres meses atrás nadie podía prever los significativos cambios que se producirían en la política dominicana como resultado del proceso desencadenado por la reforma constitucional que se puso en marcha a partir de la reunión del Comité Político del Partido de la Liberación Dominicana (PLD) del 19 de abril. Acostumbrados a un sistema político bastante estático, observamos con sorpresa y cierta incredulidad el reposicionamiento de actores políticos y la reconfiguración de las relaciones inter-partidarias con miras al proceso electoral de 2016. El juego político en la presente coyuntura ha cambiado, aunque es demasiado pronto para saber con certeza las implicaciones que esto tendrá para el sistema político dominicano.
Un primer cambio concierne al papel del expresidente Leonel Fernández en la vida política del país. Durante los últimos veinte años, Fernández ocupó un lugar central en la política dominicana, pues fue candidato presidencial o Presidente de la República, o ambas cosas a la vez, en cada una de las últimas cinco elecciones presidenciales. Su éxito político fue de tal magnitud, que sus enemigos políticos lo siguieron teniendo como principal foco de ataque, aún después que el presidente Danilo Medina ascendiera a la Presidencia, lo que le ha permitido a éste gobernar prácticamente sin oposición política.
El hecho es, sin embargo, que las elecciones de 2016 serán las primeras desde 1996 en las que el expresidente Fernández no tendrá un papel protagónico en la competencia electoral, lo cual no es un hecho menor, dado que él fue la figura política dominante durante ese largo período. Poco tiempo atrás se visualizaba que él podría desempeñar de nuevo ese papel, pero la reforma a la Constitución para permitir la reelección presidencial sitúa al presidente Medina como actor principal en el próximo torneo electoral.
El Partido Revolucionario Dominicano (PRD), dirigido por Miguel Vargas Maldonado, y con una gran parte de la dirigencia histórica de este partido fuera del mismo, ha pasado a asumir causa común con el presidente Medina y a perfilarse, de manera sorpresiva, como aliado político del PLD en las próximas elecciones. Vargas fue una pieza clave para viabilizar la aprobación de la Constitución de 2010, auspiciada por el expresidente Fernández, por lo que el presidente Medina, con bastante destreza política, logró también involucrarlo como aliado para lograr una cómoda mayoría en la aprobación de la reforma constitucional de 2015, pero esta vez el acuerdo político contempla también una alianza electoral que tiene como elemento principal el apoyo a la reelección de Medina.
Este acuerdo le permite a Vargas, ante el colapso de las simpatías electorales, tanto de él como de su partido, proteger su franquicia, y mantenerse con vida en espera de mejores tiempos. De paso, sin embargo, termina de desfigurar la identidad del PRD, partido que durante décadas se caracterizó como un movilizador de las masas populares, activo opositor de los gobiernos del PLD y fuerza política con base de sustentación propia. Cómo quede el PRD luego de estas elecciones es algo que está por verse, pero seguro que no será ni remotamente parecido a lo que fue este partido durante tanto tiempo en la vida política dominicana. En cualquier caso, una pieza clave de la estructuración histórica del sistema partidario en el país cambia de identidad y de papel dejando su espacio a otros actores políticos.
Para el presidente Medina y el PLD, este acuerdo con el PRD no tiene el impacto neutralizador y debilitante que tiene para este último. Si bien desde su fundación, el PLD construyó su identidad política en función de una diferenciación con el PRD, ya éste no es ni sombra de lo que fue, además de que el PLD es el aliado fuerte que en último término define las condiciones de la alianza. El riesgo es que como resultado de la propia alianza y especialmente del gobierno compartido que están llamados a encabezar, se produzcan procesos que se salgan de control y terminen impactando negativamente al PLD.
Por su parte, el Partido Reformista Social Cristiano (PRSC) tiene tiempo que perdió su base de sustentación, y ha devenido en comodín de otros partidos, especialmente del PLD en los últimos procesos electorales. Esta vez no será diferente, aunque ahora tendrá que compartir el espacio de relación con el PLD, no sólo con otros partidos minoritarios, sino con el PRD, el cual tiene un posicionamiento distinto que lo convertirá en aliado principal del PLD en esta coyuntura. En todo caso, tanto el PRD como el PRSC están llamados a ver sus fuerzas debilitarse aún más, como resultado de la principalía política del PLD en esa alianza novedosa entre los que fueron los tres principales partidos políticos del país en las últimas cuatro décadas.
Este realineamiento de fuerzas políticas le da una gran oportunidad al nuevo Partido Revolucionario Moderno (PRM) y su candidato Luís Abinader. Al decantarse el escenario político-electoral, este partido se convierte en el eje principal de las fuerzas de oposición. Si desarrolla una campaña efectiva podrá atraer a los sectores sociales que desean un cambio frente a la continuidad del PLD en el poder. Sin embargo, su principal limitación es que su contrincante –el presidente Medina- es un político altamente popular quien, además, ha concebido una amplia coalición política que le da mayor fortaleza, tanto a su candidatura, como a las que esta coalición presentará en los niveles congresuales y municipales.
El PRM podría fortalecer el polo opositor, y decantar aún más el escenario electoral, si construye una alianza política con el partido Alianza País, que si bien es minoritario, ya comienza a aparecer en las encuestas con niveles apreciables de simpatía electoral. Por supuesto, hay muchos factores –de enfoque, ideología, tradiciones, estilos- que bloquean la posibilidad de un acuerdo electoral entre estas dos fuerzas políticas, pero lo cierto es que una alianza entre ellas le daría más fortaleza al polo opositor. Si esto ocurrirá o no, sólo el tiempo dirá.
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