Vestigios de guerra fría en caliente
En la capital alemana ya no hay estaciones prohibidas ni cerradas al público. El S-Banhs y el U-bahn, el metro y los trenes regionales, operan sin el óbice político o geográfico, deshaciendo las distancias físicas y las otras que impuso el pasado comunista. A juzgar por lo que hoy vive el mundo, parecería que el muro permanece aún erecto. Solo que en otros lugares.
Cayó el muro hace más de 30 años y la matrona de Alemania Oriental dejó de gobernar la república, unificada tras una división forzosa y arbitraria al concluir la Segunda Guerra Mundial. No hay ya frontera física ni ideológica, pero tres décadas han resultado insuficientes para borrar las diferencias impuestas por regímenes antípodas. En la Europa milenaria resuenan nuevamente los sables y los recuerdos de la Guerra Fría llegan en caliente.
Alemania es una, y Berlín, la capital, también. Sus grandes avenidas rebosan de tránsito, lujosos almacenes, boutiques, restaurantes y cafés que contrastan con aquella ciudad fragmentada que conocí años atrás. Las inhibiciones políticas desaparecieron junto a otras que han hecho de la capital alemana una de las más tolerantes de toda Europa. La simbólica Puerta de Brandenburgo, otrora en un limbo geográfico, ahora queda en tierra de todos. La cuadriga romana remata una vez más la construcción neoclásica que recuerda la Acrópolis de Atenas, con su cruz y águila tal como la diseñó Schadow y que el prejuicio comunista se había llevado. Los caballos de tiro van de nuevo encaminados hacia la ciudad, ¿y también hacia el futuro?
En la capital alemana ya no hay estaciones prohibidas ni cerradas al público. El S-Banhs y el U-bahn, el metro y los trenes regionales, operan sin el óbice político o geográfico, deshaciendo las distancias físicas y las otras que impuso el pasado comunista. A juzgar por lo que hoy vive el mundo, parecería que el muro permanece aún erecto. Solo que en otros lugares.
La muralla gris, de cemento mezclado con sangre, impresionaba a primera vista. Golpeaba los sentidos. Los tantos y tantos avisos de “está usted saliendo del sector americano” informaban de un tránsito físico mas no de ánimo. Aquella sinrazón de concreto armado desarmaba la esperanza. Desaparecía en la distancia de sus 120 kilómetros, cuatro metros de altura y trescientas garitas --aprisionando la geografía urbana y el espíritu alemán--, pero persistía en el pensamiento y los sentimientos. Tanto más que una frontera, simbolizaba la división del mundo. La incomprensión y la intolerancia. La separación cimentada en ideas mutuamente excluyentes.
La muralla sucumbió, quiero pensar que para siempre, y los restos de su ruina son piezas de museo, de colección, de interés académico. Permanece, sin embargo, la simbología. El muro de Berlín no desaparecerá como testigo de una época, de un esfuerzo por subyugar el mundo en un canje de libertad individual por la ilusión colectiva del llamado socialismo real. Construido en 48 horas, animó la guerra fría durante casi treinta años.
Antes de trasponer el muro, recuerdo, la guía había advertido de la importancia de contestar sin vacilación cualquier pregunta, no bromear ni cambiar más dinero que estrictamente el necesario: el marco de Alemania Oriental no valía nada allende sus fronteras. Cambio de moneda y también de ambiente y de guía, una señora gris por cuyos labios, si alguna vez se escapó una sonrisa, se debió a un mero descuido.
A los guías de Berlín Occidental no les permitían trabajar del otro lado. Podían contagiar la ortodoxia con un relato convincente de las atracciones turísticas del Berlín verboten, con sus cabarets decadentes, prostitución callejera y todos los excesos del capitalismo. Pero también el Berlín de hacer y pensar lo que viniese en ganas mientras no se infringiesen los derechos del otro; y sin temor a la Statsi, el pavoroso Ministerio para la Seguridad del Estado, con 173 mil calieses, 274 mil burócratas y trece mil soldados: 2.5% de una población de diecisiete millones dedicada a espiar “la vida de los otros”. Poder absoluto del aparato de seguridad estatal, incluso sobre la intimidad del ciudadano. El Gran Hermano en alemán.
Atrás el bullicio, quién sabe si hasta la alegría, el tráfago urbano, las luces de neón, el capitalismo de libertad para comprar, vender y empobrecer. La bellísima avenida Unter den Linden lucía desierta salvo por unos cuantos autobuses austeros para el transporte urbano y unos pocos carros Trabant “Made in the DDR”, con su carrocería plástica y motor de baja cilindrada, inmortalizados en aquella foto famosa de uno de ellos en un contenedor de basura tras la caída del muro.
Unter den Linden se desliza aún con su atractivo de gran bulevar por el centro de la ciudad reunificada; la generosidad de sus carriles se abre a vehículos de todas pintas y de gran cilindrada. De ella son nuevas dueñas esas máquinas alemanas legendarias que rezuman confort y potencia como emblema de una tecnología con sello de eficiencia, innovación y calidad.
Era una mitad de ciudad en luto permanente, con fantasmas de rostros adustos como habitantes, cargados de tormentos para los que no parecía haber remedio. La primera parada fue en un monumento de mal gusto en honor a los soldados soviéticos que liberaron la capital alemana. Unas coronas de flores recién depositadas servían de poco para disipar aquella percepción de tormenta más pesada que los tanques que formaban parte del cenotafio.
Más allá, nuevamente en mi memoria, el Museo de Pérgamo, el verdadero objetivo de mi incursión oriental aparte de la curiosidad natural de un periodista que creció cuando el anticomunismo era una inyección genética. La llamada Isla de los Museos ya no lo es en sentido figurado, y acoge sin barreras lo más granado de la oferta cultural y arquitectónica berlinesa. El Altar de Zeus destaca tan imponente como la primera vez que lo vi. Sin restricciones ahora, la visita a este museo nos devuelve al mundo de ensueño del clasicismo en un viaje real de trozos de arquitectura de la Roma antigua, el Asia Menor y la Grecia helénica.
Cuantas veces he retornado a Berlín, me he buscado a mí mismo en aquel bar sin parroquianos décadas atrás, ausente yo de la realidad diaria del ciudadano berlinés oriental. Allí apuré sin prisas, fundidos en soledad mi silencio interior y el del entorno, aquella jarra enorme de cerveza espumosa, rubia como las valquirias, que me enfrió el cuerpo y calentó el espíritu, sobrecogido por la majestad del museo y la mediocridad de un régimen que lo ocultaba al mundo tras un muro de calamidades.
Casi la mayoría de los descampados que forzaron las bombas de los aliados ha desaparecido y mutado en edificios imponentes de vidrio y acero relucientes, precursores del nuevo Berlín y reminiscentes de la grandeza del viejo. Mejor en forma y fondo que aquella megalomanía urbana imaginada por Hitler y su arquitecto y favorito, Albert Speer.
La Cancillería de Hitler y Speer fue obliterada por los soviéticos, y un incendio intencional del Reichstag, el parlamento, sirvió de excusa para las barbaridades del nazismo en auge. El nuevo Reichstag se debe a un arquitecto inglés, el renombrado Norman Foster. Su cúpula de cristal transparente es una alegoría que no pasa inadvertida. El corazón de Berlín, Potsdamer-Platz, late de nuevo rescatado del colapso y del muro que lo partía en dos y en miles de historias personales, ahora trasplantado a quien le aproveche en un festival de formas, luces y espacios para el ocio.
Del muro original queda en pie poco más de un kilómetro, una pizarra de grafitis conocida como la Galería del Este. En su dimensión física, estos remanentes del paredón de la ignominia son una abertura al arte, a la creatividad: tal vez el mejor estímulo a la idea de que Berlín, sin fisuras ni ideologías, sea el verdadero encuentro de lo que resta del Este y el Oeste.
En Europa quedan los ejércitos, las amenazas de destrucción y de nuevos muros. Fragmentada, la encontramos a diario en la jungla mediática. Que prefiero un mundo sin muros suena a perogrullada. Pena no lo sea.
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