La otra bofetada
El código de la violencia entra en la formación masculina y obedece a una diferenciación de género mal entendida.
Van y vienen las opiniones e informaciones sobre la bofetada que propinara el actor Will Smith al cómico Chris Rock en la ceremonia de los premios Oscar. Tal el drama y aluvión que se genera tanto en las redes sociales como en los medios de comunicación y el perenne cotilleo hollywoodiense, que el protagonista de éxitos resonantes de taquilla ha debido recluirse en una clínica de rehabilitación a fin de manejar el estrés que lo agobia. Por supuesto, en uno de esos centros que estropean presupuestos. Le sobrará tiempo para recuperarse, no así para librarse del baldón que lastrará su carrera. Se le ha caído la mascarilla al artista.
El alcance del sopapo va más allá de la cara asombrada de Rock, castigada por su chiste destemplado sobre la alopecia de la esposa de Smith. Llega con igual fiereza a quienes abjuramos del machismo y de la violencia como método para dirimir controversias. Con la pretendida defensa de la esposa y la advertencia procaz de “no tomes el nombre de mi mujer en tu puta boca”, Smith ha puesto de relieve una vez más cuán enraizado permanece el criterio de la superioridad masculina incluso en sociedades tan desarrolladas como la norteamericana.
Aquello de la damisela en apuros y del caballero con armadura reluciente y lanza en ristre al rescate encaja perfectamente en el Medioevo, como se advierte en las aventuras de El Quijote y Amadís de Gaula, especialmente de este último. Empero, los tiempos han cambiado. En la contemporaneidad se identifica esa “gallardía” como el disfraz que esconde el andamiaje ideológico del patriarcado. En la defensa del honor encarnado en la Dulcinea del Toboso y Oriana y el golpe en el carrillo de Rock —guardando distancia-, subyace la concepción de la mujer como sexo débil, necesitada siempre de un héroe. Es toda una estrategia que, azucarada a menudo con dosis de amor romántico, sirve a la sumisión de la mujer, a su cosificación. No hay tal idealización, sino la contraposición perniciosa de la imagen del varón fuerte, de macho indiscutido, con la pobre hembra desvalida. Pese a la oquedad en la descripción del reino animal, allí la cazadora es la leona, con los mismos atributos que en la mitología se acordaban a Diana.
No hay diferencia con el proceso de socialización que nos ha tocado y prevalece en esta media isla. La violencia adquiere moneda de curso si en pro de la novia, de la hermana o del honor materno, sagrado en la tradición cultural nuestra. El insulto más ofensivo será siempre en referencia a la madre, no al padre. Se intuye que atribuir condición de puta a la progenitora carga toxicidad extrema. Hay que rebatirlo a como dé lugar. Referir con sorna que fulano se lleva tu hermana a la cama implica relieves despectivos que desaparecen de tratarse de un hermano. Por el contrario, la conquista femenina nunca es tal: el protagonismo en el juego sexual corresponde siempre al macho en esa ideologización de la pareja.
Cuando reaccionó como lo hizo, el galardonado actor de King Richard tenía a Jada Pinkett Smith, su esposa, al lado. Le usurpó el protagonismo del momento, la posibilidad de expresarse a sus anchas o de permanecer en silencio como decisión juiciosa ante un chiste que ciertamente transfería la frontera del buen gusto. Su alopecia está a la vista de todos, tratada con el desparpajo habitual con el que los celebrités asumen en público sus cuestiones más íntimas, como el matrimonio mismo de los Smith y sus peripecias sexuales al margen. Antes que ocultar la calvicie con una peluca, un sombrero o una bandana vistosa, Jada lleva sin complejos su enfermedad. La cabeza libre de pelo le sienta bien a su figura estilizada; remarca sus rasgos serenos; dobla como reafirmación de una personalidad que no se arruga por la ausencia de detalles físicos convencionales. Podrá ser la estrella en el celuloide, mas no en la realidad. En una actuación típicamente machista, el cónyuge se atribuyó la representación de la mujer, actuó por ella y de paso la aparcó. Ni siquiera le preguntó su opinión sobre lo dicho por Rock o la consultó sobre el paso a dar. ¿Para qué si la religión en la que dice ha crecido predica la sumisión de la mujer? ¿No escribió Pablo de Tarso a los corintios que la cabeza de la mujer es el hombre?
Imposible obviar ese otro irrespeto público a la mujer, un atropello injustificado. Lamentablemente, tal comportamiento cae dentro de la sabiduría convencional de que hablaba John Kenneth Galbraith. Tiene un origen que se pierde en los prolegómenos de la tradición judeocristiana y forma parte del currículum en muchos de los hogares dominicanos, con palabras y con el ejemplo. ¿Cuántas veces hemos escuchado que la mujer calla cuando el hombre habla y que, en presencia de este, le corresponde siempre un papel pasivo?
El código de la violencia entra en la formación masculina y obedece a una diferenciación de género mal entendida. Como suceso, puede que la bofetada de Smith haya trascendido porque tuvo lugar en la gala del Oscar y el incidente involucró a dos celebridades negras. De lo contrario, hubiese pasado como un episodio más propio de hombres. El escándalo cobraría otras proporciones si Jada se levanta del asiento y con la misma parsimonia del marido se dirige al escenario para de un manotazo voltearle la cara a Rock. Que ese no es comportamiento de una dama, primera crítica. Que si está en sus cabales, primera interrogante. Las sociedades han asignado al hombre el monopolio de la violencia, le han puesto género a la agresión. Recientemente, alguien comentaba en un programa radial que en la Ucrania en armas se ha impedido la salida del país a los hombres entre 18 y 60 años. En cambio, a las mujeres y mayores se les ha permitido escapar, y confiado a las primeras el papel, relevante sin duda, de guardiana de los hijos. Hasta en la impostura del patriotismo hay discriminación de género. Peor aún, se consigna la violencia legítima, en defensa propia, al apartado masculino.
De haber sido interracial, el manotazo habría atizado ese otro conflicto que asuela a los Estados Unidos. Sin embargo, ha dado municiones a quienes atribuyen al afroamericano cuanta sevicia acumula una sociedad con cifras espantosas de matanzas, tiroteos y armas en manos de civiles a cuentas de una interpretación acomodaticia de un pasaje constitucional que carga ya centenares de almanaques. Del lado de Smith han surgido voces asegurando que “así arreglamos las cosas en esta familia”. Dos hermanos de Rock han indicado públicamente que irán a por Smith. Quizás la sangre no llegue al río y baste la excusa a destiempo del agresor. Convencido estoy de que el caso arroja sombras a la justa causa de los afroamericanos, descritos en el imaginario racista como violentos, salvajes y socialmente inferiores.
Mueve a consideración lo dicho por Smith para justificar su comportamiento machista: “el amor te fuerza a hacer locuras”. O sea, el amor deviene motor que mueve a la irracionalidad y, en consecuencia, provoca las contradicciones y sinrazones de la conducta humana. Resulta una asociación falaz, el vínculo de la violencia con el amor. Si nos atenemos a la conceptualización del amor en la cultura occidental, el comportamiento del actor norteamericano se sitúa más bien en las antípodas. Y sí, Platón habló de locura en referencia al amor, pero apostilló de inmediato que en tanto comunión con la divinidad, vale decir, búsqueda de la trascendencia humana para conectar con aquello que es eterno.
La otra bofetada es a la conciencia. Como anillo al dedo, la frase inmortal de Julio Cortázar: “Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma”. l
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