Otra historia
La historia que hemos aprendido y aún se enseña tiene sello masculino
Conducía por esos campos multicolores de las llanuras castellano-leonesas y la mente se me poblaba de historias. Paisaje que desborda la imaginación y asienta sosiego en la anatomía detrás del volante, ojo avizor porque la rectitud de la carretera conduce al descuido. Campos feraces, intuyo, por los silos que de cuando en vez jalonan el recorrido. Y por los verdes que se esparcen a diestra y siniestra. ¿Trigo? ¿Papas?, ese tubérculo que el Viejo Mundo importó del nuevo y que alimenta por igual a rusos y ucranios, a los ingleses de Gibraltar y españoles, noruegos, kosovares, serbios y bosnios, y ahí paro.
Provocan emociones esos pintados de amarillo particular que llenan la vista hasta el horizonte, donde se insinúan tímidamente las ondulaciones suaves que se le escaparon al sistema montañoso central de la España eterna. Son plantíos de mostaza, la herbácea de cuyas semillas se extrae el condimento portentoso del mismo nombre, y que alcanza su máxima expresión en la ahora lejana Borgoña francesa, allá en Dijon. En la mesa, cuando el plato le es afín, celebro goloso ese regalo de la cuenca mediterránea. No para ocultar las deficiencias en la mesa mediocre, sino para resaltar la bondad culinaria que sale de los buenos fogones. En la Edad Media, a la capital borgoñona le pertenecía el monopolio de la mostaza.
En uno de los avisos de la bien señalizada vía secundaria leo Medina del Campo. Se baten palmas en las festividades que relevan el pasado egregio de una de las principales municipalidades de la provincia de Valladolid. Siglos atrás, albergaba el mercado de tejidos y lanas más importante de la Península. Y de más allá. Sus ferias asemejaban Babel por la presencia de mercaderes ingleses, portugueses, florentinos y alemanes que alimentaban con sus negocios la economía de aquel punto urbano. Tres años antes de que las naos colombinas recalaran en nuestra geografía, ingleses y españoles se pusieron allí de acuerdo para reducir las tarifas arancelarias, antecedente de la Unión Europea que cristalizaría siglos después. Prohibido dejar sin mención que en Medina del Campo nació Isabel la Católica.
No muy lejos, Tordesillas, nombre grabado con los rudimentos de historia universal en la enseñanza primaria, cuando no existían el cuatro por ciento, siglas parecidas a la ADP y a los maestros les embargaba una vocación profunda. En un museo se conserva el original del célebre tratado que repartió el Nuevo Mundo entre España y Portugal, luego santiguado con mañas por el papa valenciano Alejandro VI. De este último vine a saber años después de la escuela rural el porqué encajaría perfectamente en la Historia universal de la infamia, de Borges. Este Alejandro, nacido Rodrigo Borja, se valió de una serie de bulas para conceder a España la tajada del león en los afanes imperiales por la conquista de los nuevos territorios. Con apoyo ficcional, la vida licenciosa y sevicia del papa español aparecen filmadas en una serie de televisión excelente, Los Borgia, una coproducción franco-alemana-checa-italiana que recomiendo sin parpadear. Caveat, el pestañeo sobrevendrá por la conducta de César y Lucrecia Borgia, los hijos del carnal pontífice.
Entre el jazz de Spotify y la programación invariablemente excelente de Radio Clásica, suelo sintonizar alguna de las cadenas radiofónicas en su versión local. La radio en España ha subido peldaños en calidad, con interés en espacios de puro entretenimiento, ciertamente, pero también con atisbos educativos nada desdeñables. Quisiera se extendiese hasta mi destino la entrevista a una historiadora que describe con precisión académica la vida de una gran reina inglesa y que, sin embargo, nació en Burgos. Me picó la curiosidad y mentalmente anoté cuantos detalles pude sobre la vida de Leonor de Castilla.
La historia que hemos aprendido y aún se enseña tiene sello masculino. Concede primacía al hombre y relega la mujer a un papel secundario, salvo contadas excepciones. Falta la perspectiva de género que corrija esa falencia. No es cuestión de ideología ni de reescribir una historia apartada de los hechos, sino de una interpretación más equitativa, de un relato libre de los prejuicios machistas ancestrales.
Lo que fue un matrimonio de conveniencia entre una niña de doce años y un adolescente de 15 y futuro rey de Inglaterra, Eduardo I, se convirtió en una historia de amor y de reinado exitoso, en la que compartió protagonismo la reina consorte. A Leonor la distinguía una inteligencia fuera de lo común, alimentado su intelecto con las tantas lecturas que consumía gracias a su curiosidad inacabable. Madre de quince hijos o más, la mayoría muertos antes de alcanzar la adultez, encontró tiempo en su corta vida para revolucionar la corte inglesa. Con tal de estar al lado de su Eduardo, lo acompañó a una de las cruzadas para liberar a Jerusalén. Quizás leyenda, cuentan que hirieron al esposo con una daga emponzoñada. Solícita, Leonor succionó el veneno para salvar la vida del monarca.
La historia que hemos aprendido y aún se enseña tiene sello masculino. Concede primacía al hombre y relega la mujer a un papel secundario, salvo contadas excepciones. Falta la perspectiva de género que corrija esa falencia. No es cuestión de ideología ni de reescribir una historia apartada de los hechos, sino de una interpretación más equitativa, de un relato libre de los prejuicios machistas ancestrales. Hablamos de un compromiso que la ONU acordó en 1955 y que define como “una estrategia destinada a hacer que las preocupaciones y experiencias de las mujeres, así como de los hombres, sean un elemento integrante de la elaboración, la aplicación, la supervisión y la evaluación de las políticas y los programas en todas las esferas políticas, económicas y sociales, a fin de que las mujeres y los hombres se beneficien por igual y se impida que se perpetúe la desigualdad”.
Volvamos a Eleanor of Castile.
Quién lo diría, pero fue la burgalesa por nacimiento que incentivó la literatura inglesa de su época y bajo su impulso se incorporaron a las letras la leyenda de la Mesa Redonda, Camelot, el rey Arturo y toda la parafernalia que aún hoy en día idealiza la monarquía anglosajona. E introdujo el uso del tenedor y manteles, además de destacarse en el diseño arquitectónico. La jardinería, pasatiempo favorito de los ingleses y que en el Reino Unido ha alcanzado nivel de arte, está en deuda con una reina que trascendió la rutina y se adelantó a su época. Tanto, que contaba con una biblioteca personal y contrató escribas para asegurar la preservación de libros. Su dedicación a la cultura, las artes y el ensanchamiento de las propiedades reales no formó parte de las crónicas de la época, sino que saltó a la luz por el análisis de la contabilidad de sus posesiones.
Una reina medieval bien educada, versada en asuntos militares, diplomáticos, arquitectónicos, paisajísticos y culturales merecería mayor estudio. Pese a sus múltiples intereses, Eleonor de Castilla cumplía el deber sacrosanto de proveer herederos a la corona. Vivió en cinco países y además de acompañar al esposo a guerrear a Tierra Santa también estuvo a su lado en menesteres bélicos en Italia, Francia, Escocia y Gales, por supuesto. Allí, en la retaguardia, alumbró al primer Príncipe de Gales, el título que aún detentan los herederos a la monarquía británica.
Nunca imaginé que un trozo de Londres por el que he deambulado una y otra vez guardase relación con la reina de Inglaterra nacida en España. A pocos pasos del Támesis y en una zona muy concurrida de la capital inglesa, se yergue la estación de tren llamada Charing Cross. Charing era en el siglo XIII una aldea en cuyos alrededores pastaba el ganado. Fue la última de las doce paradas del cortejo fúnebre con los restos de Eleonor, víctima de una fiebre en la comarca de Nottinghamshire. En cada una se erigió un monumento coronado por una cruz. En la emblemática Charing Cross permanece aún la devoción por Leonor de Castilla que le profesó el esposo, Eduardo I, el monarca que también rompió la tradición porque nunca tuvo amantes.
adecarod@aol.com
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