¿Clima cismático en la Iglesia Católica?

Reflexiones sobre la práctica pastoral en la iglesia

El Concilio Vaticano II se cierra, tres años después de su inicio, ya con Paulo VI como Sumo Pontífice. El resultado fue una Iglesia sacudida por nuevos elementos: la cooperación  ecuménica inter religiosa, la reforma radical de la liturgia, el  establecimiento de deberes y derechos de los obispos y la incorporación de los laicos de forma nunca antes concebida en la vida de la iglesia. Pero, lo fundamental era adaptar la praxis eclesial a la realidad moderna y modificar la práctica cristiana, para que la mirada de la fe se dirigiese principalmente a las Sagradas Escrituras, creando  sustancialmente los lineamientos básicos de una nueva doctrina que daba por terminada su agresividad contra las confesiones cristianas no católicas y procuraba el entendimiento entre los seguidores de la misma fe, pero ubicados en distintas tendencias.

La misa abandona el latín; la celebración litúrgica dejaba de oficiarse de espaldas al pueblo de Dios; se dinamizan, con nuevos formatos, los diferentes ritos religiosos; se introduce, conforme las características de cada región del mundo, la música popular en el oficio eucarístico; las imágenes de los santos son eliminadas para concentrar la visión y el pensamiento en la figura central de la fe: Jesucristo. Nacen las Comunidades Eclesiales de Base. La constitución pastoral Gaudium et Spes (“Sobre la Iglesia en el mundo actual”) se convirtió en el documento central de Vaticano II. Prácticamente, ocurre una transformación radical en la iglesia que fue imponiéndose dejando cicatrices en el camino. No todos los obispos y sacerdotes aceptaron esa reforma. El más conocido de ellos fue el arzobispo francés Marcel Lefebvre, uno de los padres conciliares como superior que era de la orden de los espiritanos,  que se retiró de Vaticano II, donde participó activamente, y declaró la guerra a esa “nueva” Iglesia católica, creando una fraternidad sacerdotal independiente, continuando la liturgia en latín y denostando todas las medidas del cónclave. Encontró apoyo en 250 obispos, el Vaticano lo acusó de propiciar un cisma y Paulo VI ordenó su excomunión. Todavía tiene numerosos seguidores. Ese conato de cisma, que no alcanzó a la mayoría de los países europeos ni a América Latina, tuvo sin embargo repercusiones en Brasil, donde se creó una iglesia católica independiente, a la que se ha adherido en tiempos recientes el ex sacerdote salesiano Rogelio  Cruz. Paralelamente a Vaticano II y tomando mucha más fuerza con las conclusiones conciliares, surge en el seno de la iglesia latinoamericana la Teología de la Liberación, que propugnaba por la justicia social y la opción preferencial por los pobres y oprimidos. Numerosos sacerdotes se adhirieron a esta visión práctica de la fe (con Biblia propia incluso) que llevó a prelados y curas a tomar posiciones políticas. Alrededor de 8,000 jesuitas colgaron los hábitos a raíz de este movimiento.  El teólogo brasileño Leonardo Boff y el filósofo peruano Gustavo Gutiérrez co-fundan este proceso que dejó una estela de contradicciones en la iglesia, por sus coincidencias con el marxismo y su toma de posiciones en hechos políticos concretos. (A sus 86 años, Boff sigue siendo sacerdote y no ha sido expulsado de la iglesia, pronuncia conferencias y escribe libros dentro de la misma onda de la Teología de la Liberación, aunque un poco más sosegado. Gutiérrez pidió en 2001 ingresar silenciosamente a la orden de los dominicos).

El Papa Francisco consideró necesario crear un nuevo aggiornamento de la iglesia, actualizar sus coordenadas apostólicas y producir un remenión en su estructura. Nace así el proceso de la sinodalidad, en el que se busca incorporar de manera más activa a los diáconos, desmaculinizar la vida eclesial para crear los diaconados femeninos y consolidar la vocación de iglesia. Se trata de foros abiertos, de religiosos y laicos, hombres y mujeres. Los obispos alemanes se fueron más lejos de lo que se esperaba y, temprano, adoptaron posiciones que contravenían la ideología eclesiástica. La sinodalidad, empero, siguió su camino, mientras desde el Vaticano se llamaba al orden. Contrario a los cardenales centroeuropeos, que en Vaticano II tomaron la delantera de la transformación, esta vez el cardenal alemán, Gerhard Ludwig Müller, enfrentó directamente al Papa Francisco, combatiendo las resoluciones de la sinodalidad y destacando el proceder y el pensamiento de Benedicto XVI, de quien es fanático. Es el editor de sus obras completas en 16 volúmenes.  Los benedictianos mantienen una activa presencia en las redes y en publicaciones donde se destacan las acciones, los ritos que oficiaba y sus discursos, el papa Benedicto XVI, intentando, con plasma cismático, desconocer totalmente el magisterio eclesial del papa Francisco.

El actual Pontífice, latinoamericano por más señas, alejado de la ortodoxia acérrima y de las incongruencias apostólicas, se ha decidido por no detener su carrera hacia una nueva transformación eclesial, sobre todo cuando a causa de su edad y de sus padecimientos de salud, urge apurar la navegación de la barca de Pedro. Toda su prédica, centrada en la misericordia y el perdón -aspectos nodales de la fe cristiana que cuando toca el turno muchos en la iglesia parecen olvidar- estimula la atención de los alejados, los débiles y los desheredados; el trabajo en equipo, entre obispos, sacerdotes y laicos, y no con una sola cabeza al mando; combate el clericalismo, que coloca a obispos y sacerdotes lejos de la ayuda, la compañía y la bendición de los laicos; pregona la unidad en la pluralidad; terminar con “la tentación de uniformidad”; y, reformular una iglesia que debe ser para todos el Cristo total de que habló san Agustín. Como era de esperarse, cuando la libertad de expresión se estimula desde arriba, se han colocado en la mesa de la sinodalidad muchos temas tabúes: la extinción del celibato, parroquias dirigidas por laicos cuando no se pueda tener sacerdotes en cada esquina del cuadrilátero eclesial; el diaconado femenino, la desmaculinización eclesial para darle mayor poder y presencia a las mujeres, y…la lista se hace larga. Apertura que ha de propiciar un nuevo orden porque ahora, como en aquellos años de la llamada “década prodigiosa” de los sesenta, cuando el Concilio Vaticano II, la iglesia, “maestra en humanidad”, debe atender los “signos de los tiempos”, como pregonaba Juan XXIII.

Mientras el Sínodo se desarrolla -ha de durar un par de años para llegar a conclusiones- ha surgido la declaración Fiducia supplicans (“Confianza suplicante”), que ha dado a conocer el dicasterio para la doctrina de la fe sobre el sentido pastoral de las bendiciones, consultando por todos lados y obteniendo la bendición del papa Francisco. Y de bendiciones se trata. Todo comenzó cuando unos cinco cardenales de distintos continentes produjeron la Dubia, cuestionando algunas precisiones papales. Me temo que muchos no la han leído completa y algo de eso ha dicho el propio obispo de Roma. Las bendiciones figuran entre los sacramentales de mayor importancia por siglos. Hay una bendición ascendente y otra descendente.  Se bendice a las personas, sin preguntarle qué es ni qué hace en la vida; a los objetos de culto, a los lugares de vida y de trabajo, a los frutos de la tierra y del trabajo humano, “a todas las realidades creadas que remiten al Creador y que, con su belleza, lo alaban y bendicen”, según la declaración aludida. Bendice Dios, bendice el pastor o el sacerdote, pero también bendice la madre al hijo, el hijo a la madre, el amigo al amigo. Bendicen los pastores, católicos o protestantes, a los encarcelados, aunque entre ellos estén muchos cumpliendo condenas por crímenes de espanto. Durante la misa en la oración de los fieles se pide por los gobernantes de las naciones, sin discriminación, se da por sentado que están incluidos Ortega, Maduro, Bukele, Milei y  Díaz-Canel. “Bendecir equivale a alabar, celebrar, agradecer a Dios por su misericordia y fidelidad, por las maravillas que ha creado y por todo aquello que sucedió por su voluntad”, dice la Fiducia supplicans. La bendición es un acto teológico-pastoral que no se debe negar nunca a quien la pide. El que desea ser bendecido busca el auxilio de Dios y de su Iglesia. Pero, un grupo de curas peruanos se soliviantan y escriben al Papa que les exima de otorgar determinadas bendiciones. Y unos cardenales ultra amenazan con actitudes peores. ¿Dónde está el sentido de la piedad popular? ¿Hacia dónde se dirigen los recursos pastorales que no pocos creen en la Iglesia que pueden ser riesgo o problema? ¿Por qué se desea una Iglesia rígida en su praxis pastoral, una bendición  elitista y autoritaria? La Fiducia destaca claramente que “cuando las personas invocan una bendición no se debería someter a un análisis moral exhaustivo como condición para poderla conferir. No se les debe pedir una perfección moral previa”.

Corren tiempos en que los cristianos, de todos los credos, están siendo perseguidos, y en algunos casos encarcelados, torturados y víctimas de violación forzosa, en 50 países del mundo, desde Corea del Norte, Somalia, Yemen, Siria, hasta Nicaragua, Turquía, Jordania, Nigeria y Arabia Saudita.  Más de 365 millones de cristianos, frente a la indiferencia mundial, enfrentan la discriminación por su fe en Jesucristo. O sea, uno de cada siete cristianos. A octubre del pasado 2023, alrededor de 4.998 cristianos fueron asesinados. Y las cifras no son fieles porque hay muchos casos no denunciados. El movimiento sinodal debe continuar sin variaciones. “La raíz de la mansedumbre cristiana es la capacidad de sentirse bendecidos y la capacidad de bendecir”. El papa Francisco es una gran luz en el camino y ha de importar poco que algún núcleo cismático propenda por tomar otra ruta. No sería la primera vez. La Iglesia debe continuar su inconclusa tarea, aunque al final, como dijo Juan Pablo II, seamos nuevamente tan solo doce.

Remitimos a la lectura de la primera parte del viernes pasado, día 9.

LIBROS
  • El nombre de Dios es misericordia

    Francisco, Círculo de Lectores, 2015, 141 págs. Conversaciones del papa Francisco con Andrea Tornielli. “La Iglesia no está en el mundo para condenar”.

  • Salvar la semilla

    Gerhard L. Müller, BAC, 2016, 77 págs. La fecundidad pastoral de la esperanza. El cardenal que enfrenta al Papa Francisco, destituido de la prefectura de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

  • Reflexiones de un viejo teólogo y pensador

    Leonardo Boff, Editorial Trotta, 2020, 190 págs. Síntesis de la obra y el pensamiento de este célebre teólogo que desafió a Roma, pionero de la Teología de la Liberación.

Escritor y gestor cultural. Escribe poesía, crónica literaria y ensayo. Le apasiona la lectura, la política, la música, el deporte y el estudio de la historia dominicana y universal.