Los obispos y la familia
Cuando el lenguaje apocalíptico de la iglesia nubla la comprensión social
Leo el mensaje con ocasión del Día de la Independencia emitido por los obispos y pienso en lo mucho que su intransigencia ante otras interpretaciones de las cosas les nubla la comprensión del mundo real en el que están llamados a pastorear.
El lenguaje apocalíptico —trufado aquí y allá de la palabra «esperanza»— no deja resquicio por el que pueda asomarse una Iglesia dialógica, que no se arrogue la posesión de la verdad absoluta. Centrados en su preocupación por las ideologías que «dañan la identidad del individuo», reparten culpas a diestra y siniestra. Bueno es recordarles que no hay otra ideología más totalitaria que aquella que anula la verdad objetiva para sustituirla por la infalibilidad de cualquier signo.
Cierto, muchos de los males que señalan los obispos son irrefutables, pero al ser mencionados sin contexto se convierten en una mera e improductiva recriminación moral. Presentarlos como la suma de perversiones individuales, exime de responsabilidad a un sistema socioeconómico que genera sus propios monstruos.
Detengámonos en la mención —que me parece traída por los cabellos— de la reforma de la Ley 136-03, llamada coloquialmente Código del Menor, de la que apenas se sabe que está en curso. De manera nada solapada, los obispos advierten, sin definirlo, del presunto riesgo de que se atente contra la familia tradicional «formada por padre, madre e hijos».
Tan ignorante como ellos de lo que se discute al respecto, no puedo resistirme, sin embargo, a contrastar la visión restrictiva de nuestros obispos con las reflexiones del papa Francisco en su exhortación postsinodal Amoris Laetitia (Sobre el amor en la familia), de 2016, en la que establece una clara distinción entre «familia ideal» y «familia real». No renuncia a privilegiar la primera, pero exhorta a comprender la complejidad de la segunda.
Reconociendo que existen situaciones particulares (separación, divorcio, abandono, maltrato que rompe la convivencia), Francisco llama a discernir sobre ellas de manera especial, sin ceder en la idea teológica de la familia como reflejo viviente del amor de Dios Trino.
Esa «familia real» es la que está ausente del mensaje de los obispos dominicanos. Al centrar su «defensa» en la familia tradicional, pasan por alto que el 40 % de los hogares nucleares dominicanos son monoparentales y que, de ellos, nueve de cada diez tienen a una mujer a la cabeza. A estos se agregan los hogares compuestos y extendidos, que suman 28 de cada 100. Su composición no les resta iguales derechos sociales y culturales y de protección del Estado, como tampoco debería excluirlos de la misericordia evangélica.
Presumo, y ruego por no estar equivocada, que la reforma que se trabaja se enfoca en la protección jurídica y social del Estado a los distintos tipos de familia. Y lo presumo porque ninguna ley, no importa cuál sea, puede cambiar la decisión de los hombres y las mujeres de relacionarse según dicten sus afectos.
Pero volviendo al mensaje de Francisco, que ojalá nuestros obispos tomaran como referencia, repitamos sus palabras: «A partir de las reflexiones sinodales no queda un estereotipo de la familia ideal, sino un interpelante “collage” formado por tantas realidades diferentes, colmadas de gozos, dramas y sueños...». Y eso vale tanto para la Iglesia como para la sociedad y el Estado.