Pobrísimos
El drama de internet y la consagración del tonto del pueblo
Varias frases de Umberto Eco —novelista, semiólogo, filósofo y agudo articulista italiano— describen magistralmente a las hordas de comentaristas de ideas ajenas en la babélica internet. Una de ellas expone la paradoja del indigente cognitivo convertido en supremo sacerdote virtual: «El drama de Internet es que ha promovido al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad».
Una presunta «verdad» simple, descomplicada. Porque el indigente cognitivo no duda, se alimenta de prejuiciosas certezas inamovibles. Anda por la vida de las redes repartiendo descalificaciones, etiquetando con adjetivos tremebundos con los que pretende noquear a su elegido adversario. Y desprecia, claro que desprecia, es un hater veinticuatro siete, sobre todo contra los «progres» y las mujeres.
Entrar a las cuentas en redes sociales de personas, medios o instituciones equidistantes del fanatismo es, en el caso dominicano, comprobar sobradamente la abundancia de este odio y la total ausencia de razonabilidad de quienes buscan refugio en el ciberespacio. Que el capital léxico y simbólico del que disponen sea pobrísimo no los arredra. Les basta con repetir la palabra malsonante. Debatir no es su propósito.
Además, dado que el título académico (cuando lo hay) no garantiza el amor por la duda, madre del conocimiento, son todos proclives a decantarse por las opciones políticas más conservadoras, antiderechos y autoritarias. No les molestan las desigualdades y justifican cualquier injusticia para poder mantenerse en pie. Necesitados de protección, aceptan complacidos la tutela del que perciben más fuerte, sea un dictador o una capital con vocación imperial. Los Trump, Milei, Bukele, Noboa, Kast, y ahora De la Espriella, son sus tótems políticos e identitarios.
Obsesionados como están con la creación del enemigo, carecen de tiempo para mirarse a sí mismos y preguntarse, aunque solo sea una vez en toda su existencia, el porqué de sus fobias. Como no se cuestionan, tampoco se enteran de que han sido objeto de estudios académicos que, basados en la investigación empírica, diseñan su perfil psicológico: la indigencia cognitiva les sirve para negociar con su miedo, la amenaza y la incertidumbre.
Una opinión distinta a la suya les resulta insoportable. Su nivel de tolerancia es nulo, por lo que están permanentemente en actitud confrontativa. Que alguien defienda los derechos humanos de los inmigrantes haitianos, por ejemplo, es ocasión para que el indigente cognitivo reaccione con una agresividad tribal. Su recurso expedito es anteponer, con intención denostable, el prefijo «pro» a lo que, en otras circunstancias, debería ser oportunidad para el debate sobre algo tan valioso e irrenunciable como la dignidad humana. A esto añaden todo tipo de amenazas y alusiones personales.
Cierto es: abundan los bots criados en granjas por indigentes cognitivos con recursos dedicados a dañar. De ahí que no todo posteo, artículo o información noticiosa que reivindique la pluralidad propia de la democracia concite una avalancha de reacciones adversas como parece hacerlo. Casi con toda seguridad, particularmente cuando se reacciona a lo político, los bots son mayoritarios, pero la cantidad de comentaristas orgánicos no es desdeñable. Saberlo no es suficiente para ignorar el grado de toxicidad de estas prácticas ni para bajar la guardia frente a ellas, con Código Penal o sin él.