Recordando a un médico filántropo en el «Día del Médico Dominicano» (Al Dr. Rafael Grullón Manso)
Un gesto inolvidable de humanismo médico en la provincia Hermanas Mirabal
«Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz…»
(José Martí)
Por un gesto de eterna y ultrasentida gratitud, la historia tal vez debí contarla antes, por cuanto las imágenes que configuran el hecho que la sustentan yacen grabadas con imborrable o indeleble tinta en la recóndita pantalla de mi conciencia. En tal virtud, y como si de una vieja deuda pendiente de pago se tratara, la historia la cuento ahora; sencillamente, porque un día tenía que contarla. Lamento, créanmelo, no haberlo hecho cuando el corazón de su protagonista emitía aún sus amorosas pulsaciones. Por no haber procedido así, archivé en mi mente un fuerte sentimiento de ingratitud que hasta cierto grado no dejaba de asediarme y martillarme.
De entrada, vale comenzar aclarando que cuando el médico que ocupa nuestra atención me ofreció su desinteresado servicio en su clínica de la ciudad de Salcedo, hace ya más de cuarenta años , probablemente debido mi juvenil inmadurez cometí el imperdonable error de no registrar su nombre, ni mucho menos averiguar en los días inmediatamente posteriores el perfil humano y profesional del ángel de la medicina con quien agraciadamente tuve el inmenso placer de tropezar en la sabatina tarde de un ya lejano y cálido verano. Fue muchos años después cuando se me ocurrió saber más de él, y merced a la investigación al respeto llevada a cabo, me informaron que se trataba de un auténtico filántropo del pueblo de las hermanas Mirabal llamado RAFAEL GRULLÓN GUTIÉRREZ. Que en 1930 había nacido (Guanábano) y fallecido a destiempo en 1977, cuando apenas había cumplido cuarenta y siete (47) años de edad.
Que en la Universidad de Santo Domingo cursó la carrera de Medicina, y en Barcelona, España, la especialidad en Oftalmología. Que siendo médico general instaló un consultorio en el municipio de Licey al Medio, y que de aquí pasó luego a ejercer en el Hospital «Pedro Emilio de Marchena», de Bonao. Qué en este pueblo actuó con patriótica gallardía y no menos valentía al ofrecerles su asistencia médica a muchos de los dominicanos que en la clandestinidad combatían al régimen del dictador Rafael L. Trujillo. Y que de Bonao fue a laborar al recién fundado Hospital «Pascasio Toribio Piantini», de Salcedo, lugar adonde estableció sólidos arraigos y es gratamente recordado por su extraordinaria vocación de servicio, su filantrópica o desinteresada entrega a los pacientes de escasos recursos y por ser el fundador del centro médico privado que lleva su nombre.
En cuanto al hecho que a continuación paso a relatar, no recuerdo el año específico en que sucedió. Solo sé que ocurrió, cuando yo era casi un mozuelo imberbe, un sábado cualquiera, aproximadamente a las 4 p.m, en el momento en que regresaba del Centro Universitario Regional del Nordeste (CURNE), San Francisco de Macorís, perteneciente a la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), adonde cursaba estudios correspondientes a la carrera de Educación: Mención Filosofía y Letras.
En el trayecto Tenares - Salcedo, un cuerpo extraño penetró a uno de mis ojos mientras me desplazaba en mi recién comprado y nuevo motor Honda 90, razón por la cual casi perdí la visión, por lo que manejar el precitado vehículo era casi imposible. Estaba desesperado. En mis bolsillos, ni un centavo. ¡Bolsillos de estudiante!
Al llegar a Salcedo, sin pensarlo dos veces, y sin saber cómo pagaría el servicio que me proponía solicitar, penetré al primer centro privado de salud que encontré a mi paso, con tan buena suerte que logré ser atendido por su propio director y/o o propietario: Dr. RAFAEL GRULLÓN GUTIÉRREZ. ¡Jamás había visto igual nivel de ternura y humanismo en un profesional de la medicina!
El doctor me condujo hasta su consultorio. Redactó mi historia clínica y, luego de revisar cuidadosamente el órgano visual afectado, me aplicó unas gotas en cada uno de los ojos, los cuales me ordenó no abrir hasta que él me lo indicara, y acto seguido me ubicó durante media hora en un aislado y solitario saloncito.
Luego me llamó de nuevo a su consultorio.
—Ya puedes abrir los ojos – me dijo, con inigualable dulzura.
Así lo hice.
—¿Cómo te sientes ahora? — me preguntó con mucho interés.
— Perfecto, doctor – le respondí, pero pensando más en el pago de los honorarios que en mi estado de salud.
— Me alegro mucho — me respondió, mostrando un nivel de satisfacción que no podía ocultar.
— Llévate el frasco con las gotas, y ponte una en cada ojo cuando llegues a tu casa — indicó, mientras cuidadosamente colocaba el frasquito en una cajita.
— Si después de aplicada las gotas en la casa, la molestia desaparece, no la uses más; pero guárdalas, por si en el motor vuelve y te ocurre lo mismo — me ordenó finalmente.
Yo lo escuchaba con suma atención; pero a pesar de la confianza y la tranquilidad que el tierno médico despertaba en mí, pensar en el monto de la consulta me producía tal grado de ansiedad que no la podía evitar. Por eso, en lo que el doctor escribía algo, yo aproveché y elaboré mi estrategia. Y como si la estuviera informando a alguien, así pensé: «Cuando el doctor me diga la cantidad que debo pagarle, sin argumentar mucho le entregaré la matrícula de mi motocicleta y le diré que en media hora yo regreso a pagarle». Mi plan, obviamente consistía en ir a Moca, adonde uno de mis hermanos mayores, Pedro Caba, con el propósito de solicitarle el dinero de la consulta y regresar de inmediato a Salcedo a realizar dicho pago.
Después que terminó de escribir, el doctor Grullón se levantó de repente de su escritorio, y me reiteró su indicación :
—Cuando llegues a la casa, no dejes de aplicarte las gotas.
— Gracias doctor — contesté. Y con más miedo que vergüenza le pregunté con voz un tanto débil:
—¿Cuántos le debo, doctor?
—¡Pero mi hijo!, ¿y tú no me dijiste que eras estudiante? — para mi sorpresa me respondió, con una paternal sonrisa plasmada en su rostro.
— A estudiantes yo no les cobro. Vete tranquilo y cuídate mucho.
Me estremecí, sentí que una lágrima se desprendía de mi ojo afectado, respiré profundamente, y hasta por un momento percibí que mi malestar ocular estaba mucho mejor que antes. Que los objetos yo los percibía con un nivel de claridad tres veces mejor que antes.
El médico me acompañó hasta la parte frontal del centro de salud, esperó que yo encendiera la “moto” y hasta que yo no abandoné el lugar, se mantuvo allí observando con una sonrisa a flor de labios al insolvente estudiante, cuya imagen, a la distancia, no era más que una simple silueta.
A MANERA DE COLOFÓN
Es cierto que en la República Dominicana existen médicos que, con el fin de obtener lucros, y despojado de todo sentido humano, priorizan el beneficio económico por encima de la salud del paciente, violando de esa manera el código ético o deontológico que norma el muy delicado ejercicio de la medicina. Médicos que más que profesionales de la salud, son verdaderos comerciantes o mercaderes de la medicina, en cuyo quehacer solo perciben dinero, ganancia y riqueza. Pero también es verdad que, aunque escasos, existen otros que como el Dr. Rafael Grullón Gutiérrez supieron y han sabido ejercer su oficio con la debida pasión, amor, entrega a los pacientes y profundo sentido humano y sentimiento filantrópico.
¡Loor! y descanso eterno al Dr. Rafael Grullón Gutiérrez, a ese ángel de la medicina, protagonista de la inolvidable historia que con este párrafo llega a su fin.