La desaparición de los desagües

Cuando el descuido y el asfalto se convierten en inundación

El crecimiento sin planificación ni respeto a las normas tiene consecuencias negativas. Una de ellas son las inundaciones cada vez más frecuentes en las calles de nuestras ciudades. Con las lluvias brota la inmundicia que esta sociedad genera y que regurgita por el descuido. Es un problema de drenaje, pero sobre todo de cultura cívica y de gestión pública. Se construye donde no se debe, se pavimenta sin pensar en el agua, se lanza basura como si desapareciera por arte de magia.

Luego, cuando el cielo se abre, la ciudad se convierte en un espejo turbio que devuelve lo que somos. Las alcantarillas colapsan, los imbornales se tapan, y los barrios más vulnerables pagan el precio más alto. No hay fenómeno natural que explique por sí solo este desorden. Hay decisiones, omisiones y una indiferencia persistente. Educar en el manejo de residuos, planificar con rigor y recuperar el sentido de lo común no son consignas, son urgencias.

De lo contrario, seguiremos viendo cómo cada aguacero desnuda nuestras fallas y convierte la ciudad en un mapa de negligencias visibles y evitables. Sabia, el agua siempre encuentra su camino, pero la irresponsabilidad también se abre paso entre nuestras grietas urbanas, recordándonos que el verdadero problema no es la lluvia, sino nosotros mismos siempre.

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