Expedientes blindados para coerción
Pero incompletos para juicios de fondo
El cántaro tuvo una pesadilla en que se veía que de tanto ir al río se rompía en pedazos. Así ocurrió y ocurre con otras vasijas, más si son de barro.
Igual sucede con los procesos judiciales contra actos de corrupción. Años llevándolos e innúmeros casos, pero casi todas experiencias fallidas.
Cántaros rotos, desahogos que se quedan por la mitad.
Lo de Odebrecht, que se suponía era el escándalo mayor, no se recuerda cuando empezó, pero tampoco se tiene idea del final.
Cuando se mira el comportamiento de los prevenidos, que pelean adentro y afuera del tribunal, los elementos no son suficientes para esperar lo peor.
No tan divertidos como Jochy, pero tampoco carne de presidio y menos el impenitente recluso del pasillo de la muerte. Una suerte incierta, pero que si fuera mala, los compadres la atribuirían a inquina de Yanalán o maldad de Danilo.
El mismo sortilegio parecería repetirse con los expedientes actuales, blindados para solicitar medidas de coerción, pero incompletos para juicios de fondo.
Pruebas abrumadoras para lo preliminar, pero no para lo definitivo. Como si al cántaro se le hiciera difícil, imposible seguir yendo al río.