Moviendo gente de barrio en barrio

Y hasta llovió pero no era agua bendita...

Entre las prácticas que la política tiene pendiente de explicar está la de llevar gente a actividades públicas que no le conciernen. Lógico y natural que los moradores de un barrio asistan por voluntad propia y deseo a la inauguración de una obra que vaya en beneficio de esa comunidad. Pero podría darse el caso de que no, de que nadie se mueva de su casa por las razones que fueren. El acto sin embargo no se queda tirado en el camino, como si no importara.

Alguien se ocupa de cubrir esa posible falta trasladando personas de un lugar a otro, de manera que sean las que aplaudan y –en cierto modo– agradezcan. Igual existen otros actos de naturaleza diferente a los que también se les nutre desde fuera, un público impropio y ajeno a la ocasión. Como la claque que acompañó al presidente toda la Jiménez Moya y parte de la Feria, que gritó consignas que no venían al caso.

Bulla innecesaria para un jefe de Estado que ganaba simpatías en el augusto salón de la Asamblea Nacional. Si fue reelección a la intemperie, perdió la batalla, pues hasta llovió, y no fue agua bendita, como en sus tiempos proclamaban los reformistas.

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