¿Trampas electorales para qué?
Los que violaron la ley, ¿cambiaron algún voto...?
Quien acepte, y haga suya la vieja expresión de “el que hace la ley, hace la trampa”, deberá igual acoger una de sus inapropiadas variantes.
Que la ley es una, pero las trampas muchas.
El plazo final de campaña fue dado y reiterado, y lo justo era que los interesados, todos, admitieran la disposición, y no promovieran candidatura después de las 12 de la noche del pasado viernes.
Sin embargo, no.
Con más fe desde entonces, y ya no por las vías normales, y posiblemente agotadas de caravanas, marchas, despliegue de banderas, tarimas en los cruces de camino y la consabida música alta.
Esos medios de propaganda eran fáciles de controlar, de someter, pues la larga mano de la ley alcanza a los que resisten a sus rigores por muy lejos que estén.
Ahora no.
Las redes fueron la mampara ideal, el cómplice perfecto para aquellos que gozan con subvertir el proceso y alterar un orden que, por ser igual para todos, resulta provechoso.
Fueron ociosos, pero igual necios, y se creyeron más inteligentes que los demás. Faltaría saber si cambiaron la correlación de fuerzas, y si hoy se da ganador distinto al pensado el viernes.
Al cierre.