Un debate sin toleteros no tiene sal...
Los chiquitos van, pero los grandes...
Se promueve desde ya un debate entre los candidatos presidenciales, aun cuando se sabe lo difícil que será ese espectáculo.
Los principales se resisten a la confrontación en vivo y en directo en un mismo escenario. Las experiencias fallidas hablan por sí solas.
Para huir muchas puertas se abren y ninguno de los aspirantes con posibilidades se siente acorralado, y no hay ley ni ordenanza que los coloque contra la pared.
Desde que se inventaron las excusas nadie queda mal, y quizá no se recuerda, pero una vez la excusa fue la procedencia o pertenencia de galaxia.
Norteamérica es ejemplo y un modelo de democracia para muchas cosas, y por estos lares se le imita en lo bueno y en lo malo. Solo que hasta el debate presidencial nunca se ha llegado.
La peor diligencia es la que no se hace, y se hace la diligencia del debate, y el chiquito de afrentoso dice que sí antes de que lo inviten.
La vez pasada se dio, pero no emocionó. No hubo pimienta y tampoco sal. Fue como una serie final sin Licey ni Águilas, y que perdonen los demás equipos.
La naturaleza del juego no se equivoca.
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