El friito benévolo
El enfriamiento que necesita la vida pública
Los climas pesan menos cuando la naturaleza decide ser benévola. Estas temperaturas ligeras, inesperadas en latitudes de agostos repetitivos y casi siempre implacables, funcionan como un bálsamo climático, alivian el cuerpo, aquietan el ánimo y devuelven una sensación olvidada de tregua. El frescor, aun breve, es una forma discreta de bienestar.
Que el clima refresque la piel ya es ganancia. Pero cuando ese descenso de grados alcanza también al espíritu, el beneficio se multiplica. El aire menos denso invita a bajar el tono, a pensar con mayor claridad, a moderar impulsos. No estaría de más que ese mismo efecto se filtrara en la vida pública.
Menos grados en la política ayudarían a enfriar los discursos inflamados y las respuestas automáticas. Menos grados en la lucha equivocada contra la criminalidad evitarían la tentación de la represión autoritaria, esa que confunde firmeza con exceso y termina erosionando derechos. Menos grados en el talante de la oposición permitirían una crítica más serena, más útil, menos prisionera del reflejo y del ruido.
Si el gobierno también se refresca —en el lenguaje, en las decisiones, en la escucha—, bienvenido sea el friito.
No todo enfriamiento es parálisis: a veces es simplemente la condición necesaria para pensar mejor.
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