El otro pragmatismo

En el mismo acto de proclamación de la alianza entre peledeístas y reformistas en 1996, se apreció que, para el PLD, el pragmatismo iba a ser un camino de renuncias a sus principios. Con el tiempo, en la borrachera triunfalista impulsada por los nuevos "genios" de la política, al partido se le hizo difícil distinguir entre pragmatismo y vulgar oportunismo, y actuó como si el único legado de Bosch fuera su definición semántica de saber gobernar.

Ahora asume un nuevo presidente del mismo partido, ante circunstancias económicas difíciles, un deterioro institucional grave y una sociedad afectada por todas las plagas imaginables. La pregunta que surge es la siguiente: ¿Debemos seguir con ese pragmatismo electorero corrupto que nos ha traído, de la mano de los tres partidos principales, a la situación en que estamos? Definitivamente, no.

Existe otro pragmatismo y es el que se requiere para producir los cambios que necesitamos para combatir eficazmente nuestro principal problema: la pobreza. Si la corrupción es causa de pobreza, entonces hay que castigar a los corruptos. Si se necesita exportar mucho más para incrementar los recursos externos imprescindibles para reducir la pobreza, entonces las políticas económicas deben dirigirse a estimular la producción exportadora en lugar de seguir favoreciendo a los bienes y servicios no transables internacionalmente y a los importadores, muchos de ellos ahítos de subvaluaciones, contrabandos y permisos privilegiados.

Si por la existencia de un déficit fiscal significativo y la necesidad de un mayor gasto social se requieren más recursos, el otro pragmatismo indica que se hace necesario hacer más eficiente el gasto público y abandonar los criterios clientelares en la administración pública.

Si además de la reducción del gasto público, se necesita incrementar los ingresos fiscales, es preferible que la reforma que se haga sea más justa que consensuada, pues en los forcejeos del consenso, los más fuertes aplastarán a los más débiles, como ha ocurrido en el pasado.

Si el desastre al que hemos llegado se debe a que el Estado ha sido conducido para favorecer a la alianza corrupta formada por políticos y empresarios piratas, todos con mentalidad de baja pequeña burguesía trepadora, ahora se requiere repudiar esas alianzas.

El gran desafío es impulsar a quien debe ser el motor del desarrollo: el empresariado, no a ciertos empresarios individuales ni a políticos ávidos de enriquecimiento ilícito. Eso es una tarea inmensa, pues implica seguridad jurídica, libre competencia, instituciones fuertes y políticas económicas que favorezcan la asignación de recursos que necesitamos para llegar algún día a ser un país desarrollado. Para ello hay que estar por encima de los intereses de sectores empresariales, de políticos que funcionan como asociación de malhechores y de grupos de presión. Hay que actuar considerando lo que el país requiere. Solo un gobierno con una fuerte base tecnocrática, un claro compromiso ético y una alta sensibilidad social puede hacer lo que los empresarios por sí mismos no podrían hacer si gobernaran _por las contradicciones que tienen al competir entre ellos_ y lo que los políticos corruptos han demostrado ser incapaces de realizar.

Hoy, lo más rentable y pragmático para el país sería tener un gobierno justo. Justo con el interés de largo plazo de los más débiles: los pobres. Habrá que ver cuán profundamente se ha enterrado en nuestra vida política el sentido de justicia.