El progreso en arte y literatura
Me asalta la perturbadora sospecha de que en esta época convicta de trivialidad, de que en este mundo de fantasía sin alas al que en modo alguno me tiembla el pulso para enristrarle los calificativos de estólido y vulgar, considerar con reflexivo detenimiento temas como el que anuncia el título de este excurso -acaso prescindible y a buen seguro extemporáneo- es correr el albur de granjearme el desdén, cuando no la irrespetuosa mofa de la caudalosa muchedumbre, a la que asuntos de la guisa de los que mi péndola asaz antojadiza suele poner sobre el tapete no le importan un ardite. En efecto, si algo procede tengamos por cosa averiguada es que el periodo histórico que nos ha tocado vivir se muestra intolerantemente refractario en materia de pensamiento a abordar cuestiones que impliquen un mínimo esfuerzo intelectual. No en balde sólo las publicaciones de naturaleza light acaparan en todas partes los estantes de las librerías, que a un público de valores a pie de tierra, que no cura sino de sonsos esparcimientos y adicciones hedonistas, carece de sentido instar a la lectura de obras de mayor peso y entidad. No es otra la razón de que me vea sumamente embarazado por traer a la palestra de esta cuartilla, con el propósito de discutirlo sin rebozo, un tema que nunca ha estado en boga: el progreso en los dominios del arte y la literatura, asunto que, para colmo de males, dado su esencial intrincamiento, repugna cualquier abordaje conceptual de índole esquemática que pretenda elucidarlo acudiendo a argumentos fáciles y comunes.
De resultas de lo que acabo de exponer, harto me temo que estoy afilando cuchillo para mi propia garganta, ya que por mucho que fatigue los recursos de la retórica y ponga mi conato en desarrollar las ideas por modo que no agravien la lógica ni la precisión, a causa de la inherente complejidad de las cuestiones que tengo en la mira plantear, nada raro sería que desatienda la buena tradición de la claridad a la que he ensayado que se sujete de continuo cuanto escribo.
Empero, no embargante tan verosímil y probable descarrío, a seguidas intentaré cumplir con lo prometido, cuidándome, eso sí, de no incurrir en prejuicio de afectada minuciosidad… A tenor de lo dicho me lanzaré al ruedo:
Quien se tome la molestia de consultar el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) en la entrada correspondiente a "progreso" topará con la definición que de inmediato distraeré de sus apretadas columnas: "Acción de ir hacia adelante||2. Avance, adelanto, perfeccionamiento." Parejo dictamen me parece muy en su lugar, pues, efectivamente, el progreso no consiste en otra cosa que en un cambio o innovación que importa mejoramiento. Y dificulto que nadie me recrimine por sostener que es en los días que corren cuando la noción de progreso, en tanto que objetivo, designio e ideal, penetró con mayor y más determinante capilaridad en el seno de la casi totalidad de la población mundial… No siempre fue así. Viene a punto recordar que durante milenios, en tiempos pretéritos, reinó la inmovilidad y el estatismo; la tradición, es decir, el respeto y fidelidad a lo que antes fue, a las creencias y costumbres del pasado, se imponía por guisa tal que el futuro no ofrecía sorpresas, pues estaba prefijado en las invariables normas de conducta que el conjunto de la sociedad acataba con la misma conformidad con que se acepta el orden de la naturaleza, la lluvia y la sequía, las estaciones del año, las fases de la luna… Porque en las comunidades tradicionales que he traído a colación sólo de higos a brevas alguna invención, al ser aplicada, conllevaba ciertas modestas transformaciones en el modo de vida de la gente.
Empero, llegó el día en que todo cambió; y fue cuando pocas centurias atrás el espíritu de lucro de la clase burguesa, aprovechando los notables adelantos alcanzados por la ciencia durante los siglos XVI, XVII y XVIII, dio paso a la revolución industrial. A partir de entonces las innovaciones se precipitaron y con ellas el desiderátum del progreso se perfiló hasta ocupar la posición privilegiada, cenital que en punto a estima suele en la actualidad el grueso de la población otorgarle.
Ahora bien, si tengo por incontrovertible verdad que en el terreno material, utilitario, de los medios de subsistencia y de la forma en que la vida cotidiana se desenvuelve hemos progresado de manera incesante y vertiginosa, como también doy por obvio y no objetable que ha hecho avances espectaculares nuestro conocimiento fenoménico de la realidad, a no juzgar el lector de otra manera, entiendo que en lo tocante a las manifestaciones de la creatividad artística y literaria importa error colegir una mejora de índole similar… Va de suyo que el automóvil representa un notorio adelanto con relación al carruaje arrastrado por caballos; y la comunicación telefónica es -nadie en uso de razón lo discutiría- infinitamente más efectiva que las señales de humo o los mensajes transportados por palomas mensajeras; como, por descontado, la iluminación eléctrica supera en mucho a la débil y temblorosa llama de la vela. Mas estaríamos incursos en grave confusión si damos en trasponer la idea de progreso implícita en los adelantos instrumentales a que vengo de referirme al ámbito de las artes y la literatura. Porque, según es de ver, en lo que a estas concierne las cosas funcionan -es poco cuanto cuidado se ponga en examinar la cuestión- por muy diferente modo. Salta a la vista -para ello no hay que gastar protocolo de erudito- que un texto escrito dos mil quinientos años atrás no necesariamente es a causa de su venerable antigüedad inferior a otro concebido y publicado en reciente data. ¿O acaso el "Edipo" de Sófocles o los diálogos de Platón, o la "Eneida" de Virgilio o el "De rerum natura" lucreciano o las epístolas de Séneca -para quedarnos en los predios clásicos greco-romanos- han de ser juzgados estéticamente inferiores y en lo atinente a humana dignidad menos substanciales y profundos que las obras de reconocidos autores contemporáneos? ¿Es el Quijote de Cervantes menos valioso que las novelas de Tomas Mann o de García Márquez? ¿Representa el desempeño plástico de las vanguardias de comienzos del siglo pasado un progreso en comparación con la pintura de Velázquez o Rembrandt? ¿Es Rodin superior a Fidias o Picasso a Miguel Ángel…? No, en la esfera de las artes y la creación literaria lo nuevo no necesariamente aventajará en gracia a su novedad a las obras señeras del pasado. En tales dominios el hoy no implica (como sí ocurre en lo que hace a los productos que constantemente renueva la tecnología) superioridad sobre el ayer. La literatura y el arte se transforman, evolucionan y modifican, ¡no faltaba más!, con el transcurrir de los años. Mas de semejantes cambios no se desprende -sería sacar las cosas de quicio- progreso alguno.
dmaybar@yahoo.com
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