El rastro de Kenscoff
Subiendo las empinadas montañas de Petion Ville, desde las cuales se tiene una visual inolvidable de Puerto Príncipe, lo menos que se imagina el visitante es que se encontrará con vestigios originales de la historia de Haití como República.
Cuando se alcanzan los mil 500 metros sobre el nivel del mar, de repente se entra en los dominios del municipio de Kenscoff, perteneciente al Departamento Oeste, colgado de atractivas cimas montañosas. Allí, los más ricos fueron empujados por el avance de la necesidad de tierra de aquellos depauperados provenientes de zonas rurales que afanan por no dejarse morir, estableciendo apiñadas casuchas en el corazón de los cerros de Petion Ville, localidad vecina de Kenscoff.
Arrastrados también por la necesidad de trabajo y comida, los haitianos de las zonas rurales, en Petion Ville, otrora territorio exclusivo de lujosas mansiones, depositan la pobreza más abyecta, necesidades cuyo origen se sitúa luego del desplome de los ingenios azucareros, industria que en los siglos XVII y XVIII convirtió a la colonia Saint- Domingue (hoy Haití) en la más próspera del Caribe.
En los años de dictaduras de los Duvalier (1958-1986), Petion Ville era reservada para los ricos, unos cerros que servían para agradar los más ansiosos ojos que escalaban en coche aquellas montañas, con el fin de contemplar la bella planicie, bañada por el Mar Caribe en la bahía que lleva el nombre de su capital, anteriormente Puerto Republicano.
Más allá de Petion Ville, andando 15 minutos como si se pretendiera alcanzar los cielos desde los picos de las montañas, está Kenscoff, un municipio que viene a ser receptor de hermosas residencias cuyos propietarios han querido alejarse del bullicioso y caótico centro de Puerto Príncipe, y de un sofocante calor.
Desde estas alturas, los vientos marinos provenientes de mar caribeño hacen bajar las temperaturas en Fort Jacques y Fort Alexander, dos fortificaciones de la era colonial, construidas por Alexander Petion por instrucciones Jean Jacques Dessalines, a los fines de defender el territorio haitiano del hostigamiento de los franceses y piratas que se aventuraban por estos mares caribeños. Para los líderes de la incipiente República fue necesaria la construcción de dos fuertes en las cimas de Kenscoff, mientras que en Cabo Haitiano se erigió un tercero, para asegurar la integridad territorial por la costa noroeste.
Fort Jacques, ubicado en las laderas de unas montañas desde donde se alcanza a ver el Lago Azuei (Saumatre), está construido en arcilla local y piedra, en cuyo interior hay varias cavernas para reuniones y otras actividades de la armada haitiana. Un túnel subterráneo que solo permite su tránsito en cuclillas, comunica los dos fuertes, una estrategia de comunicación expedita, patentada por el guerrero haitiano Alexander Petion para mantener en contacto los dos regimientos.
Fue en los albores del siglo diecinueve que el pueblo haitiano emprendió la más peculiar pero decisiva Revolución que le colocó en el mapa latinoamericano como la primera nación en conquistar su libertad y, al propio tiempo, la independencia del coloniaje francés, derrotando en una lucha titánica a las temibles fuerzas napoleónicas.
El arrojo, la creatividad y la firmeza hizo que los esclavos haitianos, inspirados por el influjo de la Revolución Francesa de 1789, proclamaran su libertad y la primera República en 1804, fecha para la cual Napoleón se convertía en el Primer Emperador de Francia.
Como bien narra el profesor Juan Bosch en su libro "Composición Social Dominicana", la Revolución Haitiana fue una rebelión social, una guerra de independencia y una guerra racial.
Doscientos ocho años después, Haití entra a celebrar su carnaval. En las calles de esta ciudad, se respira el ambiente y el magnetismo del carnaval haitiano. Una especie de orgía musical, alcohol, tambores y canto que retumba en las residencias y hoteles de Petion Ville y Kenscoff.
Los tap-taps, repletos de pasajeros, apagan sus motores en las noches para dejarle las calles a las bulliciosas comparsas, buena parte de ellas entintadas de negro. Los desenfrenados pitos y las banderas multicolores danzan con el viento para advertir a los transeúntes y conductores. Muy cercano, miles de vidas se refugian en el silencio de la noche bajo millares de carpas que les sirven de refugio después del terremoto del 12 de enero.
El ambiente dista mucho en uno y otro ambiente. Bajo las carpas, cuerpos semidesnudos de hombres, mujeres y niños aguardan la ayuda internacional para ser trasladados a viviendas decentes, en tanto la fanfarria carnavalesca los hunde en el olvido.
En la plaza Champ de Mars, los parques y otros espacios públicos, y el propio Palacio Nacional, solo quedan vestigios de la fuerza de la naturaleza que se manifestó con furia, una vez más contra Haití. Dos años han pasado y, a pesar de la seguridad y el ambiente festivo que se respira en las calles, los pobres en la patria de Tousaint Louverture siguen exhibiendo la paciencia, propia de los pueblos antes de su despertar.
En los años de dictaduras de los Duvalier (1958-1986), Petion Ville era reservada para los ricos, unos cerros que servían para agradar los más ansiosos ojos que escalaban en coche aquellas montañas, con el fin de contemplar la bella planicie, bañada por el Mar Caribe en la bahía que lleva el nombre de su capital, anteriormente Puerto Republicano.
Más allá de Petion Ville, andando 15 minutos como si se pretendiera alcanzar los cielos desde los picos de las montañas, está Kenscoff, un municipio que viene a ser receptor de hermosas residencias cuyos propietarios han querido alejarse del bullicioso y caótico centro de Puerto Príncipe, y de un sofocante calor.
Desde estas alturas, los vientos marinos provenientes de mar caribeño hacen bajar las temperaturas en Fort Jacques y Fort Alexander, dos fortificaciones de la era colonial, construidas por Alexander Petion por instrucciones Jean Jacques Dessalines, a los fines de defender el territorio haitiano del hostigamiento de los franceses y piratas que se aventuraban por estos mares caribeños. Para los líderes de la incipiente República fue necesaria la construcción de dos fuertes en las cimas de Kenscoff, mientras que en Cabo Haitiano se erigió un tercero, para asegurar la integridad territorial por la costa noroeste.
Fort Jacques, ubicado en las laderas de unas montañas desde donde se alcanza a ver el Lago Azuei (Saumatre), está construido en arcilla local y piedra, en cuyo interior hay varias cavernas para reuniones y otras actividades de la armada haitiana. Un túnel subterráneo que solo permite su tránsito en cuclillas, comunica los dos fuertes, una estrategia de comunicación expedita, patentada por el guerrero haitiano Alexander Petion para mantener en contacto los dos regimientos.
Fue en los albores del siglo diecinueve que el pueblo haitiano emprendió la más peculiar pero decisiva Revolución que le colocó en el mapa latinoamericano como la primera nación en conquistar su libertad y, al propio tiempo, la independencia del coloniaje francés, derrotando en una lucha titánica a las temibles fuerzas napoleónicas.
El arrojo, la creatividad y la firmeza hizo que los esclavos haitianos, inspirados por el influjo de la Revolución Francesa de 1789, proclamaran su libertad y la primera República en 1804, fecha para la cual Napoleón se convertía en el Primer Emperador de Francia.
Como bien narra el profesor Juan Bosch en su libro "Composición Social Dominicana", la Revolución Haitiana fue una rebelión social, una guerra de independencia y una guerra racial.
Doscientos ocho años después, Haití entra a celebrar su carnaval. En las calles de esta ciudad, se respira el ambiente y el magnetismo del carnaval haitiano. Una especie de orgía musical, alcohol, tambores y canto que retumba en las residencias y hoteles de Petion Ville y Kenscoff.
Los tap-taps, repletos de pasajeros, apagan sus motores en las noches para dejarle las calles a las bulliciosas comparsas, buena parte de ellas entintadas de negro. Los desenfrenados pitos y las banderas multicolores danzan con el viento para advertir a los transeúntes y conductores. Muy cercano, miles de vidas se refugian en el silencio de la noche bajo millares de carpas que les sirven de refugio después del terremoto del 12 de enero.
El ambiente dista mucho en uno y otro ambiente. Bajo las carpas, cuerpos semidesnudos de hombres, mujeres y niños aguardan la ayuda internacional para ser trasladados a viviendas decentes, en tanto la fanfarria carnavalesca los hunde en el olvido.
En la plaza Champ de Mars, los parques y otros espacios públicos, y el propio Palacio Nacional, solo quedan vestigios de la fuerza de la naturaleza que se manifestó con furia, una vez más contra Haití. Dos años han pasado y, a pesar de la seguridad y el ambiente festivo que se respira en las calles, los pobres en la patria de Tousaint Louverture siguen exhibiendo la paciencia, propia de los pueblos antes de su despertar.
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