El Tribunal Constitucional

Era la tarde del 19 de junio.

Allí estábamos, expectantes, frente a la fortaleza vieja de Moca, ubicada en la antigua carretera Duarte, en proceso de ser reconvertida en politécnico, como augurio estimulante de que la fuerza siempre habrá de subordinarse y rendir tributo a la inteligencia.

El recinto universitario de UTESA se encontraba lleno a plena capacidad. El público lucía entregado, ansioso por escuchar y contemplar el desarrollo de aquel acontecimiento. Las vibraciones se sentían con intensidad.

A las 5.30 se produjo la entrada solemne de los togados a la tarima. Los jueces del Tribunal Constitucional mostraban sus caras adustas. Imponían respeto. Y a seguidas se interpretaron las notas gloriosas y las letras del himno nacional, que por su marcialidad, belleza y contenido patriótico enervaron el espíritu, como preludio de que algo trascendente habría de ocurrir.

Y ocurrió.

En un país azotado por el personalismo como símbolo de identidad del sistema presidencialista, que un tribunal constitucional exista es casi un sueño; que busque su espacio y legitime su existencia es un acto de coraje; que conquiste la confianza de un pueblo atormentado por las lacras históricas que persisten en el ejercicio político, es casi un milagro.

En esas condiciones, que el organismo termine por establecerse como algo duradero, dependerá de sí mismo, de la templanza de sus integrantes y de su obcecación y determinación por hacer prevalecer las instituciones democráticas.

Hacerse sentir, hacerse querer, proyectarse como la báscula imparcial que vigila el cumplimiento estricto de los contrapesos y medidas legal y legítimamente instituidas, es su mayor compromiso.

Lo que vi me pareció que iba por ese camino, tal vez porque me sentía impresionado de que el alto tribunal estuviera realizando una sesión especial en Moca, en tierra tan propicia.

Los allí congregados estaban imbuidos por el sentimiento secular de ese pueblo, que ha convertido el ejercicio de la libertad en su estandarte, y cuyo juramento más preciado es sustentarla hasta con el sacrificio de su propia vida. Por eso compartieron a plenitud y con júbilo la fiesta de la democracia simbolizada por la presencia del Tribunal Constitucional.

Y se habló de la Constitución de Moca de 1858, votada a escasas cuadras del punto donde se celebraba esta sesión, del avance que representó para la época, y de su origen, pues se inspiró en los valores instaurados por la revolución francesa y la constitución liberal y republicana de los Estados Unidos con su sistema de equilibrio entre los poderes del Estado.

El magistrado Doctor Víctor Gómez Bergés, vinculado por lazos de familiaridad, y por haber vivido en su juventud en aquel pueblo de Moca, analizó con lucidez y maestría los diez puntos que entendía resaltantes y diferenciadores de aquella Constitución de 1858, instrumento que fue desconocido al poco tiempo de haber sido proclamado, lo que marcó el destino del país, indefenso y rendido a los pies de la calaña autoritaria, conculcadora de los derechos y libertades de los ciudadanos.

Y se remontó mucho más lejos, pues puso de manifiesto que la tiranía encabezada por Lilís fue cercenada un 26 de julio en 1899, muy cerca del sitio donde nos encontrábamos, para que sirviera de escarmiento a los tiranos.

Recordó también la participación principal y determinante de los mocanos en la otra gesta de la libertad, el 30 de Mayo de 1961.

Esos, ambos, que fueron actos de violencia, surgieron y se explican por la vocación y determinación ciudadana de vivir en paz y en el ejercicio pleno de los deberes y derechos humanos fundamentales.

En el tiempo en que vivimos, es a la constitución, que debe ser reflejo legítimo y fiel de la voluntad de los pueblos, y los órganos que se derivan de ella, a los que corresponde garantizar el buen funcionamiento del sistema de equilibrio y contrapesos entre los poderes del Estado, con objeto de limitar las ínfulas personalistas y depredadoras.

Y esa es, precisamente, la razón principal del surgimiento y derecho a la vida de los tribunales constitucionales.

Por eso, trémulo de emoción, el magistrado presidente del alto tribunal, Doctor Milton Ray Guevara, al concluir la sesión no pudo contener su ánimo al proclamar que en esas tierras en que se encontraban se olía a patria, a heroísmo, a libertades, a soberanía.

Y al expresarlo se fundió en medio de una ovación cerrada con los cientos de personas allí reunidas, en un acto de comunión que confirió al tribunal, por acto soberano y directo de los presentes, la confirmación de que se han constituido como representantes legítimos de un pueblo que confía en el mantenimiento del equilibrio de los poderes del Estado y la preservación del sistema democrático.

De todo aquello probablemente se hablará en el futuro. Fue emotivo, trascendente, motivador, y hasta inspirador.