Perdón, imperdonable
Apagones del siglo XXI en un país que presume récords
—Discúlpenos, porque la luz se fue por el apagón nacional y hemos tenido inconvenientes con la planta —nos dijo la recepcionista del hotel cuando hacíamos check out el pasado lunes negro. En el momento de la excusa fue que me enteré de que el país estaba en un déjà vu: sin energía eléctrica, apenas tres meses después de algo similar.
Respiré desconcertada. Recordé que el día anterior, cual periodista que siempre le busca “el mal” a las cosas, leí las siglas ETED en una noticia y pensé: ¿será posible otro blackout? ¿Soy “bruja”? Bueno, a veces la pego.
Ese lunes estaba en un paraíso turístico: Las Terrenas. Allí, aún con el apagón, los extranjeros seguían paseándose montados en four wheels o motocicletas, caminando por la playa o metidos en sus aguas refrescantes.
Pero en la capital y en Santiago había caos. Pensé: qué bueno sería trabajar remoto y vivir en Las Terrenas, donde la vida aparenta ser más llevadera. Sin embargo, no todo era color de rosa. En el restaurante donde almorzamos, una mujer se echaba fresco con un abanico portátil. El comedor se iluminaba con la luz solar que entraba de fuera. Había un silencio pesado.
—Quiero una piña colada —le pedí al mesero.
—No la podemos hacer frozen, porque no hay luz para encender la licuadora —me advirtió.
Al fondo se escuchaba la planta eléctrica de un hotel de playa que echaba a andar su negocio para que los turistas ni siquiera percibieran que el país vivía una emergencia.
Al llegar a mi casa, en la selva de concreto de Santo Domingo —donde los caos sí son caos—, me golpeó el apagón. La luz retornó alrededor de las 8:00 p. m.
—Llegó ella —le dije a mi esposo, como se decía en el barrio cuando era niña.
Se volvió a ir pasadas las 11:00 p. m. Me acosté sin ella. En Las Terrenas, la luz llegó a las 10:42 p. m.
El turismo es resiliente. Nuestros atractivos naturales siempre le dan la buena cara al visitante. El que se preocupa es el dependiente del negocio, obligado a disculparse por asuntos que no hemos logrado superar en este siglo XXI, por más que nos embullan con hitos históricos y récords.
También estaban intranquilos los pasajeros del Metro. Y agreguemos a la Policía: el día del apagón mató, en un “intercambio de disparos”, a un hombre apodado “Sin luz”. Muy a tono con nuestro desarrollo. Vaya, vaya.