¡Las benditas recetas!
El calvario de descifrar una receta médica en República Dominicana
Mi dermatóloga es el vivo ejemplo de cuando a alguien le dicen: “Tienes letra de doctor”. Su caligrafía es tan, pero tan ilegible, que en una farmacia cercana a su consultorio llegaron a usar un protocolo de supervivencia para entender sus recetas: un buen samaritano llamaba para preguntar qué fue lo que la doctora quiso escribir.
Con el paso de los años esa solidaridad del dominicano ya no basta. Las letras de los médicos han entrado en un conflicto idiomático con las ARS. Y no solo por la caligrafía, pues ya hay recetas que se hacen a computadora. El lío también está en lo que se escribe mal, en lo que se deja fuera y en lo que alguien, en algún mostrador u oficina, decide que no está lo suficientemente claro para merecer cobertura.
—Ese medicamento se escribe “con i”, pero como lo escribió su doctora, parece “una y” —me observó el dependiente de una farmacia a la receta de otra doctora con mejor caligrafía.
—¿En serio? —le respondí desconcertada tras un suspiro profundo de repudio “al sistema”.
—Tampoco su doctora puso cuántos miligramos son de esta otra pastilla —me señaló al referirse a un nuevo hallazgo en la receta.
Aquí ya el problema no era de caligrafía, sino de omisión. Ahí la doctora sí que me la hizo.
De tres medicamentos recetados, solo pude comprar uno. Los otros dos quedaron atrapados en ese limbo donde van a morir las indicaciones médicas mal escritas, incompletas o incompatibles con la burocracia.
A veces una, de ingenua, piensa en por qué no hacen algo tan revolucionario como ponerse de acuerdo. Quizás vendría bien un tallercito o una jornada de alfabetización que se llame: “Actualización de Receta 001”.
Es una batalla perdida: la receta que nos entregan —que debería ser pulcra como la página de un diccionario de la RAE— versus lo que realmente podemos comprar con seguro. Esa batalla alcanzó a una paciente que se atendió por una emergencia en Samaná. Fue despachada con una receta que intentó comprar en Santo Domingo. En la farmacia le dijeron que debían repetirle la receta porque la letra “r” de su apellido parecía una “n”.
Quizás el vendedor también pensaba que Samaná queda en el sur, cerca de San Cristóbal, como escuché decirle una muchacha a un señor en una tienda. Estaban perdidos en geografía, así como andamos los pacientes en este camino hacia el desarrollo: perdidos entre las recetas, los médicos y las ARS.