Una sed cara
La sed ahora tiene categoría premium en el mercado local
Entro al negocio y saco una botella de agua de la nevera.
—¿Cuánto cuesta? —le pregunto a la cajera.
—Sesenta y cinco pesos —responde.
Abrí la nevera y la devolví.
¿Tacaña? Quizás sí. ¿Calculadora? También.
Pero no podía quedarme con esa. Ese día busqué esa misma marca de agua en la página web de un supermercado y costaba 44 pesos. Hice el mismo ejercicio en la app de un restaurante y una botella —de otra marca, pero de la misma gama— costaba 72 pesos.
Tomar agua en ciertos negocios se ha convertido en un gasto extraño. Cuesta hasta más que un refresco y que algunas aguas saborizadas. La sed ahora tiene categoría premium.
Saciar el cuerpo tiene tarifas creativas, sobre todo en restaurantes, conciertos y eventos especiales, donde el agua sube de categoría social dependiendo del tamaño de la botella y del glamour del lugar. Hay aguas que no hidratan: humillan el bolsillo.
En economía está el principio de la oferta y la demanda. A lo mejor es por eso que el precio varía dependiendo del lugar donde al bebedor le agarre la resequedad en la garganta. La sed de supermercado parece menos fina que la sed de restaurante.
Y si nos vamos más allá, desde el año pasado, los consumidores sentimos una inflación líquida en los botellones de agua. Hay quienes reportan pagos de 100 y hasta 140 pesos por uno. En una familia de cuatro, el gasto para saciar la sed va creciendo gota a gota.
Uno pensaría que el agua nos la regala la naturaleza; que quizás, más allá de su purificación, lo que nos cobran es el envase, el transporte y el doble sueldo, la cesantía, las vacaciones, la TSS, la AFP y el bono de los empleados de la fábrica. Ahora sumémosle la guerra de Irán y los avistamientos extraterrestres liberados por Estados Unidos.
Deberá venir el Chapulín Colorado a defendernos porque lo cierto es que, para quitarse la sed en este país en desarrollo, hay que abrir la cartera y sangrar.