En directo - Doble Personalidad

Desde hace ya un tiempo, cada día más personas se embarcan en la búsqueda de la espiritualidad. Cada quien tiene sus motivaciones. Es un movimiento mundial. Y nosotros no podíamos ser menos. Aquí también se da esa situación, pero con unos matices muy nuestros.

Particularmente, respeto y admiro muchísimo a aquellos que tratan de practicar esos principios en todos los aspectos de sus vidas, a pesar de desenvolverse en un medio tan singular. Aunque no sean perfectos. Se esfuerzan y eso vale mucho.

Lo que llama la atención es ver que hay personas que utilizan ciertas fórmulas, como las contraseñas de las viejas logias. Es como si, por alguna razón especial, quisieran ser reconocidas por pertenecer a un grupo determinado. Como distinción de estatus. Mencionan al Señor cada dos por tres. Son hermanos y hermanas de todo el mundo. Y dicen "bendiciones" a modo de saludo y despedida o "Amén" como colofón de cualquier frase. Hasta que se presenta una situación disparadora.

Aquel domingo, al terminar el culto, el padre de familia apuraba a los miembros de su grupo para que se montaran en la yipeta que los esperaba en el área de estacionamiento. Una vez dentro de ella, el hombre salió de allí como si lo persiguiera el enemigo malo. Sin mirar lo que había a su alrededor, sin fijarse en las demás personas que también salían, sin cederle el paso a nadie.

En momentos como ese, el doctor Jekyll se transforma en el señor Hyde. Y a partir de ahí, en el tránsito, en los negocios, en el trato día a día con los demás, el hombre no se parece en nada al callado y fervoroso feligrés que asiste al culto dominical. Aunque en su vehículo o en su casa u oficina despliegue símbolos de la fe que profesa o frases alusivas a la grandeza de su Dios y a la protección que él le brinda.

Hay gente que no entiende ese comportamiento. Pero es que, en nuestro medio, son dos cosas diferentes. Con protocolos distintos que no tienen nada que ver el uno con el otro. En el tránsito, en los negocios o en el trato día a día con los demás, el hombre no puede ser como es cuando le dedica su tiempo a Dios. Se lo comerían vivo. Quebraría. Se burlarían de él. Tiene que defenderse. ¿Qué caridad cristiana se puede mostrar ahí? Eso es una selva.

Hay reglas establecidas y aceptadas como válidas para cada actividad. El hombre se habitúa a ello y no considera incongruente esa forma de actuar. Lo que hace no está mal. Es así como debe ser. Un condicionamiento lo hace cambiar de manera automática dependiendo de la situación. Como si tuviera doble personalidad.