En directo - En recordación de Bienvenido García Vásquez
Era el 30 de mayo de 1961. Alrededor de las 10 p.m., Bienvenido García Vásquez, un hombre de apenas 38 años, se encontraba en la casa de su suegro, el general Juan Tomás Díaz. Sintió llegar el vehículo que regresaba del escenario del tiranicidio. Salió a la galería de la casa en el momento en que se desmontaba del carro Antonio de la Maza, que era su concuñado, quién le preguntó por Juan Tomás. El general estaba cerca, en la casa del propio Bienvenido, a la espera de la noticia de la consumación del tiranicidio.
De la Maza le encargó que se hiciera cargo del herido Pedro Livio Cedeño, quien venía dentro del carro. El acuerdo del grupo era que si alguien resultaba herido de gravedad, no debería permitirse que las autoridades lo atraparan.
Bienvenido García Vásquez no era integrante formal del grupo, pero conocía los planes y Juan Tomás, Antonio de la Maza y su hermano Eduardo Antonio García Vásquez, daban por descontado que contarían con su colaboración activa.
Pedro Livio estaba desangrándose. Bienvenido buscó en las cercanías un médico amigo y de confianza, que resultó ser Marcelino Vélez Santana. Le contó lo sucedido. Entre ambos evaluaron al herido y constataron que la herida era grave y que no había otra salida que llevarlo a una clínica o dejarlo morir desangrado.
En esas circunstancias, muerto Trujillo y con el plan político a punto de ser puesto en ejecución, Bienvenido tomó una decisión tal vez cuestionable, pero profundamente humana: llevó a Pedro Livio a la Clínica Internacional, lo dejó ahí en manos del entonces médico practicante José Joaquín Puello, y regresó, junto a Marcelino, a la casa de Juan Tomás.
Allí en el patio encontraron a Antonio de la Maza, quién les pidió que se acercaran al carro. Abrió el baúl y les mostró el cuerpo de Trujillo que allí yacía. Entonces preguntó a Marcelino si podía estar vivo, y al contestarle que no, exclamó, señalando la quijada: ya lo sabía, pues ese tiro que tiene en la barbilla se lo di yo mismo. De la Maza contó ahí algunos detalles de cómo se consumó el tiranicidio, que ayudan de vez en cuando a contrastarlos con versiones posteriores diferentes ofrecidas por otros.
Posteriormente, al fracasar la ejecución del plan político, Bienvenido fue apresado, junto a algunos de los integrantes del 30 de Mayo, a su padre y hermanos. Allí en la cárcel pudo escuchar de labios de otros participantes la versión de los hechos de la avenida, con lo que se convirtió en testigo de excepción de la forma como se ejecutó el tiranicidio. Por eso, la explicación que dio en algunas entrevistas y publicaciones constituye quizás la versión más completa y creíble de lo que en realidad sucedió.
Ese hombre humano, gentil, solidario, suave de trato, correcto, jovial, incapaz de hacerle daño a nadie, fue torturado salvajemente en la prisión, hasta quedar con la piel hecha jirones, puesto que los esbirros de la época consideraban que al ser yerno de Juan Tomás y concuñado de Antonio de la Maza era imposible que no fuera miembro integrante y destacado del grupo.
Esa prueba de sufrir en carne propia el terror bestial en las cárceles nefastas, la pasó con notas altas. Mientras más intenso era el castigo y la tortura que recibía, su espíritu indómito más se llenaba de soberbia e indignación por el abuso cometido contra gente indefensa, lo que lo llevaba a despreciar y retar a los esbirros, en alarde de una condición que su trato cordial mantenía oculta. Fue un valiente en toda la extensión de la palabra, de una fortaleza de carácter que nadie podía nunca imaginar que poseyera, salvo remontándose a unas raíces que conservan en el tiempo su autenticidad.
Después del horror vivido, al sobrevivir el trauma del acontecimiento histórico, volvió a ser el hombre que fue, monumento vivo a la amistad, íntegro, decente, honesto, simple, sencillo, o sea, humano. Para él la familia tenía que ser y fue el centro y justificación de su propia vida.
Ahora acaba de irse para siempre jamás. Se fue discretamente, como no queriendo molestar, sabiendo a plenitud que estaba condenado, disimulando con temple y hasta con alegría un dolor que estoy seguro que llevaba muy dentro, pero que se guardó para sí con su estoicismo de siempre.
¡Qué ejemplo, mi querido tío! Hasta luego.