En directo-Los mártires de Hacienda María y los antivalore
El pasado 18 de noviembre se cumplieron 49 años de la matanza ejecutada en Hacienda María, Nigua, en la que fueron asesinados los mártires y héroes Modesto Díaz Quezada, Huáscar Tejeda Pimentel, Salvador Estrella Sadhalá, Roberto Pastoriza Neret, Tunti Cáceres Michel, y Pedro Livio Cedeño.
Luego de satisfacerse y regocijarse con la aplicación de sádicas torturas, Ramfis Trujillo y su grupo procedieron a acribillar a cada uno de los mártires, con saña, alevosía y complacencia.
Lo increíble es que después de tanto tiempo transcurrido nunca haya aparecido uno solo de los restos de estos mártires, y de tantos otros, y que por los siglos de los siglos sus familiares tengan que resignarse a recordarlos en abstracto, sin poder arrodillarse ante una tumba, ni llorarlos ante un panteón o una simple lápida.
Era tan fuerte la armadura de complicidades creada al amparo de la enorme fortuna espúrea y poder absoluto, acumulados por el tirano, que resultó imposible, aún con la huida de la familia Trujillo y su derribo del poder, establecer responsabilidades y hacer cumplir sanciones, no importa que se supiera, como se supo, quiénes y cómo participaron en este y otros actos diabólicos similares.
Ese fue el último aleteo de la tiranía trujillista. A partir de ahí, la democracia que fue creciendo, se afincó en el olvido y la impunidad, por aquello de que el daño moral que sufrió la sociedad fue tan grande, que pareció preferible no escarbar más en la miseria humana.
Ahora, en esta época, con valores extraviados, se habla de museo, monumento, mausoleo, descanso de los restos en un lugar adecuado.
Cualquiera pudiera creer que se trata de erigir un monumento digno a la libertad, para que las generaciones jóvenes no olviden su elevado precio; o de construir un mausoleo, aun sea vacío, en memoria de los asesinados por aquella crápula gobernante; o de dedicar la Casa de Caoba a enaltecer las virtudes de la mujer dominicana, humillada y convertida en objeto sexual y de perversión en esa "propiedad" del tirano.
Pero no; la sangre derramada, el sacrificio de muchos, el ideal ofrendado, parece que no valen tanto en un país con corta memoria histórica.
Lo que aparenta que vale, es la cultura que se talla con dádivas y corrupción, que se ha adentrado profundamente en el alma de tantos. Así, el museo que se propone, el descanso en tierra patria que algunos demandan, es el de la bestia de sangre.
Hace tiempo que no se había visto tanto descaro.
Es lamentable el espectáculo que se escenifica en la Cámara de Diputados, desde donde se envían señales equivocadas a la sociedad, pues allí se celebran vistas públicas sobre si cabe o no glorificar al sátrapa, en vez de dedicarse a dar buen ejemplo y resaltar los valores humanos universales.
Es cierto que la democracia significa tolerancia y respeto a la libre expresión y difusión de las ideas y símbolos, pero también lo es que ningún país civilizado puede permitir que se impongan los antivalores, y mucho menos que se haga con apoyo público.
Así como el mejor museo que se puede erigir a Hitler es el del holocausto, que recuerde los crímenes de lesa humanidad cometidos, y no uno que recoja con frivolidad las medallas acumuladas y uniformes usados, de la misma manera, el museo más representativo de Trujillo no es el que sugiera imágenes de las orgías escenificadas en la Casa de Caoba, ni el de la colección de sombreros y medallas ostentosas, ni siquiera el del recuento de decisiones buenas o malas, pues de todo tuvo que haber en 30 largos años, sino aquel que muestre lo más determinante, las cámaras de torturas, el irrespeto a la vida y a la libertad, y el robo del patrimonio colectivo para enriquecimiento personal por medio del uso del poder político y militar.
Ese museo, no otro, merecería la pena que se levantara para educación permanente de las jóvenes generaciones.
Qué penoso sería que el derrotero de descomposición que asoma nos llevara a una situación en que todo estuviere perdido, porque los antivalores se hubiesen impuesto. En esas circunstancias, de las fibras más sanas de la sociedad tendría que surgir otro 30 de Mayo; y si ocurriese, puede tenerse por seguro que, entonces sí, las impunidades y complicidades quedarán ahogadas en un charco muy hondo, como escarmiento bíblico para que nunca se repita una historia tan larga de envilecimiento.
Era tan fuerte la armadura de complicidades creada al amparo de la enorme fortuna espúrea y poder absoluto, acumulados por el tirano, que resultó imposible, aún con la huida de la familia Trujillo y su derribo del poder, establecer responsabilidades y hacer cumplir sanciones, no importa que se supiera, como se supo, quiénes y cómo participaron en este y otros actos diabólicos similares.
Ese fue el último aleteo de la tiranía trujillista. A partir de ahí, la democracia que fue creciendo, se afincó en el olvido y la impunidad, por aquello de que el daño moral que sufrió la sociedad fue tan grande, que pareció preferible no escarbar más en la miseria humana.
Ahora, en esta época, con valores extraviados, se habla de museo, monumento, mausoleo, descanso de los restos en un lugar adecuado.
Cualquiera pudiera creer que se trata de erigir un monumento digno a la libertad, para que las generaciones jóvenes no olviden su elevado precio; o de construir un mausoleo, aun sea vacío, en memoria de los asesinados por aquella crápula gobernante; o de dedicar la Casa de Caoba a enaltecer las virtudes de la mujer dominicana, humillada y convertida en objeto sexual y de perversión en esa "propiedad" del tirano.
Pero no; la sangre derramada, el sacrificio de muchos, el ideal ofrendado, parece que no valen tanto en un país con corta memoria histórica.
Lo que aparenta que vale, es la cultura que se talla con dádivas y corrupción, que se ha adentrado profundamente en el alma de tantos. Así, el museo que se propone, el descanso en tierra patria que algunos demandan, es el de la bestia de sangre.
Hace tiempo que no se había visto tanto descaro.
Es lamentable el espectáculo que se escenifica en la Cámara de Diputados, desde donde se envían señales equivocadas a la sociedad, pues allí se celebran vistas públicas sobre si cabe o no glorificar al sátrapa, en vez de dedicarse a dar buen ejemplo y resaltar los valores humanos universales.
Es cierto que la democracia significa tolerancia y respeto a la libre expresión y difusión de las ideas y símbolos, pero también lo es que ningún país civilizado puede permitir que se impongan los antivalores, y mucho menos que se haga con apoyo público.
Así como el mejor museo que se puede erigir a Hitler es el del holocausto, que recuerde los crímenes de lesa humanidad cometidos, y no uno que recoja con frivolidad las medallas acumuladas y uniformes usados, de la misma manera, el museo más representativo de Trujillo no es el que sugiera imágenes de las orgías escenificadas en la Casa de Caoba, ni el de la colección de sombreros y medallas ostentosas, ni siquiera el del recuento de decisiones buenas o malas, pues de todo tuvo que haber en 30 largos años, sino aquel que muestre lo más determinante, las cámaras de torturas, el irrespeto a la vida y a la libertad, y el robo del patrimonio colectivo para enriquecimiento personal por medio del uso del poder político y militar.
Ese museo, no otro, merecería la pena que se levantara para educación permanente de las jóvenes generaciones.
Qué penoso sería que el derrotero de descomposición que asoma nos llevara a una situación en que todo estuviere perdido, porque los antivalores se hubiesen impuesto. En esas circunstancias, de las fibras más sanas de la sociedad tendría que surgir otro 30 de Mayo; y si ocurriese, puede tenerse por seguro que, entonces sí, las impunidades y complicidades quedarán ahogadas en un charco muy hondo, como escarmiento bíblico para que nunca se repita una historia tan larga de envilecimiento.
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