La economía en la Era de Trujillo (2 de 2)

La deuda dominicana y la competencia con Haití y Argentina

Se vive en un mundo virtual. Las decisiones se toman en función de preservar la imagen: espectáculo escenificado para embobar a la gente.

En su libro La política económica en la Era de Trujillo, Eduardo Tejera afirma que “durante los meses finales de 1933 y 1934 se empezó a negociar una prórroga a la ley de Emergencia que vencía el 31 de diciembre de 1933. Hubo un acuerdo para reprogramar las amortizaciones… La renegociación tuvo un costo para el país. Se mantuvo la misma tasa de interés de 5.5 % anual cuando en el mercado de la región eran más bajas; no se logró efectuar recompras con descuento de hasta 60 % como hicieron otros países de América Latina. Peor fue la extensión del control de la Receptoría de Aduanas hasta 1962 y 1970”.

Es decir, Trujillo accedió a permitir que el control de las aduanas por parte de los Estados Unidos estuviera vigente hasta 1970. Esto nunca se dijo, ni se permitió que se supiera.

No deja de causar asombro que, aunque no existieran sondeos de opinión ni nadie se atreviera a arrojar sombras sobre las ejecutorias del tirano, persistiera la idea de envolver las decisiones en un paño de ilusiones para impresionar a la colectividad.

Eso sí, tan pronto la Segunda Guerra Mundial produjo una bonanza económica parecida a la de la danza de los millones de 1921, el ególatra se percató del cambio favorable de coyuntura y se decidió a negociar con los Estados Unidos

El resultado fue el tratado Hull-Trujillo, mediante el cual se “eliminó la Convención de 1905... Todas las operaciones aduanales pasaron a ser controladas por la administración dominicana…”.

Sin embargo, no se dijo que se sustituyó por un mecanismo de pago administrativo de la deuda a través del National City Bank y luego del Banco de Reservas, con cuentas especializadas manejadas por el estadounidense Oliver Newman, quien actuaba como agente para asegurar los pagos mensuales del servicio de la deuda.

Tampoco se puso en conocimiento público que “En Hispanoamérica ya no quedaba ningún país con las aduanas controladas por el gobierno norteamericano, excepto Haití que en 1935 logró negociar la eliminación del control financiero de sus aduanas, mediante un mecanismo de administración a través del recién adquirido Banque Nationale de Haití. El banco recibiría en fideicomiso todos los recursos arancelarios recaudados y luego serían distribuidos por un funcionario estadounidense que realizaría los pagos mensuales del servicio de la deuda. Los dominicanos vieron este precedente y encaminaron su propuesta de manera similar”.

Según el autor, “Trujillo quería pagar primero la deuda por competencia con Haití (US$5 millones), quien la pagó el 12 de julio de 1947, y con Argentina (Perón) que lo hizo en febrero de 1947. Se autorizó una emisión de bonos del Estado a ser adquirida por el Banco de Reservas. El 21 de julio Trujillo entregó a Oliver Newman, representante de los acreedores, un cheque por US$9.3 millones que canceló la deuda total. A los pocos meses se realizó la reforma bancaria y se creó el Banco Central”.

La ocasión no podía ser desaprovechada en términos mediáticos. Mediante ley le fue conferido al tirano el título de Restaurador de la Independencia Financiera, sin importar que fuésemos de los últimos países del hemisferio en lograrlo.

Para no dejar dudas de la naturaleza de su régimen, en abril de 1960 se obligó a “que el Banco Central garantizara con sus reservas de divisas y oro un préstamo de US$22.5 millones que el Banco de Nova Scotia le concedía al Banco de Reservas para que, a su vez, se lo prestara al ingenio Río Haina, propiedad de Trujillo. El Scotia exigió que se pagara un préstamo previo por US$18. 0 millones. Como avalista, el Banco Central se vio obligado a pagar el crédito vigente con sus reservas de oro y divisas para pagar una deuda del dictador. Dolosa operación, sin precedentes”.

El pudor había naufragado, como lo demuestra la instalación en el propio Palacio Nacional de la Oficina Privada del Generalísimo.

En otro orden, y desde mi perspectiva, la reforma más profunda que se ejecutó en aquella época fue la monetaria (creación del Banco Central, del peso dominicano y de las leyes monetarias y bancarias). Cuando se hizo, en 1947, los países de América Latina ya la tenían establecida. Fue un acierto encargar su diseño a mentes preclaras como las de los economistas Robert Triffin y Henri Wallich, de la Reserva Federal de Nueva York, y Raúl Prebisch, bajo la coordinación de Jesús María Troncoso, quien devino en el primer gobernador del Banco Central.

Eduardo García Michel, mocano. Economista. Laboró en el BNV, Banco Central, Relaciones Exteriores. Fue miembro titular de la Junta Monetaria y profesor de la UASD. Socio fundador de Ecocaribe y Fundación Siglo 21. Autor de varios libros. Articulista.