¡Déjennos en paz!

Los efectos nocivos del proselitismo prematuro en la inversión y la cohesión social

Confieso que odio las campañas electorales. Son un festín de todo lo indeseable: ruido, teatro, ocio y demagogia. Pero cuando estas se imponen de forma anticipada resultan aún más indigestas. En mi caso, casi siempre justifican un buen motivo para salir del país, así me libero de su contaminación tóxica.

En sistemas tan politizados los gobiernos solo disfrutan de los primeros dos años del cuatrienio sin las perturbaciones del ambiente preelectoral; los otros dos son infernales.  En algo más de tres meses este gobierno cumplirá su medio término y ya asoman las asonadas de lo que promete ser una cruzada feroz.  

La reciente publicación de la encuesta Gallup/Diario Libre parece encender los reflectores del largo espectáculo.  Los proyectos de precandidaturas no demorarán en movilizarse, desatando así una ventolera que terminará en las elecciones

La Junta Central Electoral ha sido probadamente débil en ese control, haciéndose la “caprina demente” ante un camuflado proselitismo que suele activarse prematuramente.  Ojalá que en esta ocasión haga respetar su mandato y autoridad como hemos deseado. La Ley núm. 33-18 de Partidos, Agrupaciones y Movimientos Políticos regula la precampaña (dirigida a los procesos internos de los partidos), así como el tipo de propaganda permitida y prohibida en ese periodo (artículos 43 y 44); por su parte, su reglamento de aplicación establece que el inicio de la precampaña electoral arranca el primer domingo del mes de julio del año anterior a las elecciones. ¡No ahora!

Pero lo que no puede controlar el órgano elector es el incorregible discurso de los aspirantes: una retórica hueca que se hace más bufona cuando procura réditos electorales.   Lo que nos espera no es cómodo.

Debemos prepararnos para tolerar la dispepsia de los aspirantes y con ella la excreción de toda suerte de desatinos, sin considerar las decenas de encuestas que en el curso del año saldrán a confirmar o invalidar a la Gallup según las conveniencias en juego.  Nada nuevo bajo el sol.

Quiérase o no, una pre- o campaña electoral extemporánea afecta la gobernabilidad, la inversión y la cohesión social. Genera confrontaciones innecesarias, condiciona la toma de decisiones y posterga, por su sensibilidad política, las reformas estructurales; obvio, sin considerar el excesivo gasto público y privado que podría destinarse a la inversión social o infraestructural.

Si las campañas fueran competencias de ideas y planes originales, serían ejercicios deseados, pero se han reducido a construir o deconstruir imágenes, vender estereotipos, descalificar con base en subjetividades o repetir clichés.  Son guerras emocionales cargadas de prejuicios y descalificaciones. La escritora chilena Carolina Vásquez Araya, refriéndose a la levedad del discurso político, afirma: "No genera razón colectiva, sino trincheras emocionales". La oposición se descarga imputándole todo lo malo al gobierno de turno y este reacciona invocando, como defensa, sus logros. Que alguien me mencione una sola propuesta orgánica o plan relevante de nación salido de una campaña electoral.

El problema es que, aunque no haya formalmente una campaña, los políticos piensan y actúan como si la hubiese. Sus posiciones pasan a ser impugnativas, y sus poses efectistas. Así, abandonan la racionalidad por la subjetividad; la proposición por la diatriba y la facilitación por la obstrucción, con tal de no reconocer créditos ajenos. Entraremos a un trance de inútil confrontación en un momento en que reformas como la tributaria, la energética y la de seguridad social ya agotaron la espera.  Urgencias que reclaman un entendimiento racional, sereno y básico.

Sin embargo, el daño más severo de la anticipación preelectoral es perturbar la concentración nacional, sobre todo en un momento tan frágil como el que vive el país: condicionado por la incertidumbre de una crisis global incierta, urgido de reformas pendientes y desafiado por retos inaplazables. Precisamos de la concentración que nos roba la precampaña y así ocuparnos de tareas productivas. No hay tiempo para distracciones ociosas.  Un ruego visceral a los aspirantes, políticos, gobierno y partidos: ¡Déjennos en paz!

Abogado, ensayista, académico, editor.