¿Mecedoras a mí? ¡Ay no!
De Madrid a La Florida, las lecciones de vida de un psiquiatra dominicano
Hacía tiempo que no leía un libro de una sola sentada. Lo acabo de hacer con El trayecto de un loquero: de Madrid a la Florida (son 166 páginas), cuyo autor es el psiquiatra Segundo Imbert Brugal.
Al terminar de leerlo sucumbí a la tentación de escribirle por WhatsApp. Le expresé: “Estimado Segundo, no solo recibí el libro, sino que lo leí de un tirón. Sencillamente cautivador. Una gran experiencia de vida y de profesión. Repleto de enseñanzas, enmarcadas dentro del compendio de humanidad que es tu vida. Te felicito. Un gran logro”.
El asunto no termina ahí. Hace tiempo que no asistía a una puesta en circulación de un libro tan espontánea, vivaz, entretenida, en la que el autor dejara traslucir con tanta nitidez la estela de su alma. Estuve allí y salí pletórico de entusiasmo y de admiración por lo impecable de la puesta en escena y su hondo contenido.
A Segundo Imbert Brugal lo conocí en Madrid. Formaba parte de un notable grupo de estudiantes dominicanos que coincidieron allí; unos estudiaban medicina, otros economía u otras carreras. El transcurso del tiempo les ha permitido, a la mayoría, dejar huellas fecundas en el lar nativo. Él estudiaba medicina. Luego se haría psiquiatra en Canadá. Ejercería la profesión en Santo Domingo. Y, finalmente en La Florida, Estados Unidos.
Siempre fue (y sigue siéndolo) espontáneo, picaresco, entretenido, profundo, con mirada sostenida, a través de la cual se adivina que contiene penas profundas bien disimuladas y la decisión tenaz de vencer y triunfar en lo que se proponga. Se inclinó por ser médico y psiquiatra. Lo consiguió en base a sudar la gota gorda, estudios y práctica, sin desmayo, acompañado de un pelín de “suerte”, movida por las casualidades.
Sin perseguirlo ni soñarlo (tal vez sí), ha devenido en referencia para nuestra juventud. Él no lo dirá nunca, por modestia, pero es así.
Con esta obra traza el transcurrir de su vida profesional, con singular maestría. Pone el énfasis en lo esencial, al paso que describe los diversos tratamientos al alcance del psiquiatra en función de la escuela a la que pertenezca, desde el psicoanálisis, pasando por los choques eléctricos, hasta el uso de la farmacología.
Se trata de una memoria que en otros podría ocupar cientos de páginas, mientras él la comprime en un espacio breve, que aun siendo denso no deja tiempo para el cansancio y mantiene entretenido al lector.
¿Escritor? Pues sí. Lo es. Reúne destrezas y conocimientos que lo califican para ese título, aparte de una notable capacidad narrativa que nunca aburre, pues lo hace con sencillez, sin adornos, comprensible para todos, yendo a lo básico.
Para mí resultó refrescante leer la obra. El psiquiatra está inmerso en un mundo tan especial que a algunos nos cuesta trabajo abordarlo. Y es que puede llegar a creerse que tienen dominio sobre la psiquis ajena, adivinan pensamientos y deseos, y actúan como severos y desenfrenados correctores eclesiásticos: imponen castigos y señalan caminos.
En otras palabras, como si fueran inquisidores de vieja laya, con ropaje amable. Torquemadas de la modernidad.
¡Ah sorpresa! En la obra se lo percibe frágil, temeroso incluso de abordar la práctica de la profesión en determinadas circunstancias, como es el caso de las salas llenas de pacientes con síndromes diversos, a veces peligrosos. Y es que hasta un loquero puede llegar a temer las ocurrencias de un loco encabronado encerrado en una sala o temer contagiarse con su repentina lucidez, que cuestiona la suya propia.
El autor se pregunta si estas memorias serán útiles a alguien. Con modestia se refiere, quizás, a algún nieto con atisbos de curiosidad. Estoy convencido de que serán de utilidad a muchos. Quizás se conviertan en lectura complementaria para quienes estudian la carrera de psiquiatría. O para estudiantes de cualquier otra profesión que tengan que abandonar su lar para mejorar su bagaje cultural y profesional.
Pero también para aquellos necesitados de reforzar su creencia de que cualquier actividad profesional debe realizarse con apego a patrones éticos, pues el esfuerzo propio y el sacrificio siguen siendo las claves verdaderas del éxito.
Con esta obra Segundo empieza una nueva etapa de su ciclo vital, ahora al margen del ejercicio de su profesión. No se trata de un retiro o jubilación para dar paso a una vida desprovista de retos y fantasías. Al contrario. Exclama con voz poderosa y creíble: —¿Mecedoras a mí? ¡Ay no! —.
Seguirá activo, muy activo, solo que desde una perspectiva diferente en la que tendrá la oportunidad de seguir prestando valiosos servicios a sus compueblanos.
Congratulaciones, Segundo, por tan relevante obra.