Migrantes

El drama invisible de la migración global y su impacto económico

Viven fuera de su lugar de nacimiento. A muchos los empuja la pobreza, los conflictos bélicos, la violencia o la persecución política. A otros, las profundas desigualdades económicas, las tendencias demográficas o la furia creciente de los fenómenos asociados al cambio climático, que han estado modificando de manera dramática las condiciones de sobrevivencia en regiones cada vez más extensas y expuestas.

Forman parte de la población más vulnerable del planeta. Los anima, como siempre, la idea de mejorar sus condiciones de vida y la de sus familias que, en la mayoría de los casos, quedan atrapadas en una cotidianidad de espejismos privaciones.

Con ese sueño de mejoría material padecen el delirio de los desiertos que atraviesan, la inclemencia del sol o el espanto de las tormentas que con frecuencia vuelcan las frágiles embarcaciones en las que surcan la inmensidad de los océanos. Buscando una vida más amable, decenas de miles la pierden cada año, ya por fenómenos naturales, ya a manos de inescrupulosos comerciantes de la miseria.

A veces, cuando tienen la suerte de aproximarse a la tierra que nadie jamás les prometió, padecen la brutalidad de organismos de control entrenados para hacerles saber, por medio de la violencia, que no son bienvenidos.

Forman parte de la población más vulnerable del planeta. Víctimas de primer orden de un modelo económico transnacional que combina los mayores niveles de producción de riqueza jamás conocidos, con unos estándares de inequidad que permiten que un 1 % de la población mundial posea más riqueza que la suma total que posee el 90 % más pobre (Informe Mundial sobre la Desigualdad 2026). Mientras tanto, el Banco Mundial informa que la proporción de personas que viven en pobreza extrema está creciendo a nivel mundial, pasando del 10.0 % al 10.3 %.

Los migrantes buscan sobrevivir. Son en gran medida víctimas. Sin embargo, una poderosa construcción discursiva, animada por consignas vacías de contenido verificable, los ha convertido en la fuente de todos los peligros que acechan a las sociedades de recepción. No importa lo que digan los estudios empíricos sobre el aporte económico de la mano de obra migrante a la producción de riqueza: ese discurso los señala como un peligroso enemigo que hay que mantener a raya. Es un discurso que alimenta el odio, genera brotes de violencia muchas veces criminal y, hoy por hoy, domina la conversación política en cada vez más países del mundo.

Pese a todo, cada año son más, alrededor del mundo, quienes siguen atravesando los mares y los desiertos, saltando muros intimidantes grises, desafiando a la muerte en un incierto afán por mejorar su vida. Los dictados de la sobrevivencia no tiene traducción al lenguaje del peligro y de la autoridad. Siempre fue así.

En las últimas décadas, el número de migrantes internacionales no ha dejado de aumentar, tal como muestra el Informe sobre las Migraciones en el Mundo: 2026, de la agencia para las migraciones de las Naciones Unidas. Según las estimaciones actuales, hay alrededor de 304 millones de migrantes internacionales en todo el mundo. Esto equivale, sigue diciendo el informe, al 3.7 % de la población mundial. La cifra actual representa un aumento con respecto a los aproximadamente 250 millones que se estimaban en 2015 (el 3.3 % de la población mundial) y unos 111 millones más que en 2005, cuando la cantidad de migrantes se situaba en torno a los 193 millones de personas.

En este punto conviene que, como país, nos miremos en el espejo de nuestra propia realidad. Según el Quinto Informe Sociodemográfico de los Dominicanos en el Exterior, elaborado por la oficina de investigación del Instituto de Dominicanos y Dominicanas en el Exterior (Index): “el total estimado de dominicanos residentes en el exterior asciende actualmente a 3,030,647”. Esta cifra representa un incremento de 156,523 personas respecto al informe anterior, lo que es equivalente a un crecimiento aproximado de 5.4 %.

Este incremento interanual resulta llamativo si se considera que en el informe de 2025, que cortaba en diciembre de 2024, el incremento estimado respecto del 2023 fue de apenas 27,408 personas.

Si se toma en cuenta que en el país tenemos, según las estimaciones más recientes, alrededor de once millones de habitantes, los 3,030,147 dominicanos residiendo fuera del país representan cerca de un 30 % de ese total. Significa que, en término porcentuales, los dominicanos que viven fuera multiplican casi por 9 el 3.7 % de migrantes existentes en todo el mundo, según se indicó más arriba.

El dato sobre el porcentaje es relevante: somos una sociedad con un muy elevado nivel de producción de migrantes. Y esa realidad, paradójicamente, ha resultado crucial para mantener los niveles de estabilidad económica con que cuenta el país. Si hace la relación entre la migración y el fenómeno de las remesas que regresan a los países de origen, hay que concluir, con el Informe sobre las Migraciones en el Mundo: 2026, las mismas se han convertido en “un potente motor de desarrollo”.

A nivel mundial, “las remesas alcanzaron un volumen estimado de 905,000 millones de dólares”, en 2025. El informe indica que de ese monto total, 685,000 millones “se destinaron a países de ingreso bajo y mediano, y constituyeron un apoyo vital para hogares y comunidades, a menudo como colchón de protección en tiempos de crisis. Los flujos de remesas hacia los países de ingreso bajo y mediano superan ahora la asistencia oficial para el desarrollo y la inversión extranjera directa combinadas, un dato que ilustra con claridad la contribución estratégica de la migración al desarrollo”.

¿Cuál es el impacto actual de las remesas provenientes de los más de tres millones de dominicanos que viven en otros países? Según el informe de Política Monetaria del Banco Central de la República Dominicana, cortado a mayo de este año, en lo relativo al sector externo: “las principales actividades generadoras de divisas exhibieron una evolución positiva en los primeros meses de 2026, a pesar del entorno internacional complejo. En particular, los ingresos por turismo se incrementaron en 20.2 % en el primer trimestre del año. En tanto, las remesas familiares aumentaron en 10.6 % interanual en mayo, principalmente por los flujos provenientes de EUA, para un crecimiento acumulado de 5.4 % interanual, en enero-mayo. Además, la inversión extranjera directa (IED) registró un incremento interanual de 6.4 % al cierre de marzo pasado, impulsada por inversiones en los sectores de turismo, energía y minería”.

En términos absolutos, para el período analizado por el informe del Banco Central, las remesas familiares representaron en total, para los meses de enero-mayo, US$5,170.1 millones, un monto considerablemente superior a los US$3,909.7 millones provenientes del turismo. Y muy por encima de los US$1,536.7 millones asociados a la inversión extranjera directa.

De mantenerse esta tendencia, las remesas aportarán una cifra holgadamente superior a los US$10,000 millones, para finales de 2026. Esto, con un elemento insuficientemente resaltado en los estudios sobre esos temas en el país: las remesas, en una inmensa proporción, van directamente a los hogares en que viven los familiares de quienes las envían, convirtiéndose en un estímulo directo del gasto personal.

Somos una sociedad receptora y emisora de migración. Como país emisor, no debemos perder de vista el significativo impacto que para nuestra estabilidad económica y política tiene el aporte diario de nuestros conciudadanos en el exterior. Esto nos obliga, como país receptor, a tomar en serio la política migratoria. Lo empieza por definirla, en los términos técnico-científicos en que se elabora una política pública. Y luego, en serio, implementarla.

En esto no se vale los atajos. Y mucho menos la permisividad con las iniciativas, cada vez más estridentes, de replicar las prácticas de la estigmatización del inmigrante como “el” enemigo, reduciendo la política a una pugna entre propios y extraños, mientras todos los demás problemas campean por sus fueros. Ese es un camino sin retorno al caos y la confrontación, en el que solo puede haber perdedores.