Cuando el agua escasea...

El cuidado y la preservación de las fuentes de agua debiera ser una prioridad (Fuente externa.)

Durante los últimos tiempos, la prensa nacional se ha hecho eco de la sequía que afecta al país, y se manifiesta en una reducción significativa del agua disponible en los embalses de las presas. Ante ese panorama, el presidente Danilo Medina ha solicitado a las entidades responsables de la gestión del agua un plan de contingencia que permita administrar la situación de tal modo que el abastecimiento se mantenga y no se convierta en una crisis de mayor envergadura.

A las propuestas que regularmente se vierten sobre este tema – racionar el agua que se utiliza para fines de riego, resolver el problema de las fugas y controlar a los lavadores de carros- se suman otras que conviene comentar porque, aparte de su novedad, muestran la gravedad e inminencia del problema. Así pues, se ha propuesto desalinizar las aguas del lago Enriquillo y canalizarlas para darle un uso agropecuario, rehabilitar 50 campos de pozos en el norte y este del Gran Santo Domingo, y controlar, almacenar y disponer las aguas de lluvias, subterráneas y de los ríos, en los meses de diciembre a mayo de cada año, para garantizar el suministro del líquido a millares de hogares durante el verano y el estío.

Entiendo que, dada la gravedad y la inminencia del problema, existen altas probabilidades de que sea preciso ejecutar estas propuestas u otras que surjan sobre la marcha. Pero debemos estar conscientes de que se trata de soluciones transitorias y de que ejecutarlas no libera de la responsabilidad de buscar respuesta definitiva.

Frente a la situación que estamos viviendo, que anticipamos hace más de 30 años y que aparece consignado en la obra La Reforestación, una Misión Impostergable, publicada en 1986, y en otras publicaciones como El desarrollo forestal en números, de 1987, la Fundación Progressio quiere reiterar su posición de que la reforestación es la única y verdadera solución para el problema del agua y para el otro cáncer que se llama la erosión, el cual, entre otras consecuencias, arranca la capa fértil de la tierra, reduce la capacidad de almacenamiento de agua de las presas y lesiona severamente la vida marina. Queremos sustentar de nuevo esta posición con un ejemplo concreto: el de la Reserva Científica Ébano Verde.

Al referirse a la zona en que se encuentra esta Reserva, el reconocido investigador francés doctor Alain Liogier expresó: “El Ébano Verde es un árbol de porte majestuoso que llega a alcanzar los 20 metros de altura o a veces más en árboles más viejos. En general, árboles de cierta edad ha desaparecido en la isla dominicana. La destrucción del Ébano Verde al cabo de unos cuantos años es completa. Lo que fue una región cubierta de tupidos bosques, con frondosos árboles, orquídeas, helechos y muchas plantas de interés económico, científico y ornamental, se ha transformado en una ladera rocosa sin vida. Las aves han emigrado a otras partes donde hallan árboles que les ofrecen abrigo y alimento; los insectos están casi totalmente ausentes y el poco suelo que queda está siendo arrastrado hacia lo que fueron arroyos de límpidas aguas, y ahora no son más que torrentes de un día de aguacero, que llevan en sus turbulentas aguas la tierra que el agua arranca a las laderas de las montañas. Allí donde crecía majestuosamente el Ébano Verde no queda ni rastro de bosque”.

Eso fue lo que Estado dominicano puso en manos de la Fundación Progressio hace 23 años. El presidente Joaquín Balaguer tomó la sabia decisión de convertir esta área en una Reserva Científica y, afortunadamente, podemos asegurar que el contenido del párrafo escrito por el doctor Liogier está totalmente cambiado por una situación en que predomina el árbol con su diversidad y su follaje. Hoy nuestro principal orgullo es el estado de recuperación en que se encuentra la Reserva y el servicio que viene brindando, especialmente en el suministro de agua.

Sólo dejando actuar a la naturaleza y repoblando los espacios que habían sido muy maltratados, durante estos años la producción de agua dentro de la Reserva ha crecido y se ha mantenido estable, como pueden atestiguar los beneficiarios de los ríos Camú, Jatubey y Jacayo, y los arroyos La Sal, Masipedro, El Arroyazo, La Palma, que la reciben absolutamente intocada. Para lograrlo no ha sido necesario represar, perforar o construir piscinas o estanques, sino darle a la lluvia un amplio colchón espumoso para que el mismo bosque la distribuya lentamente.

Es doloroso oír decir que el Yaque del Norte se está muriendo. Pero es peor cuando te aseguran que, en realidad, se ha muerto, pues su caudal se ha reducido de unos 37 metros cúbitos de agua por segundo a apenas 3, es decir, a menos del agua que en la actualidad produce la Reserva Científica Ébano Verde y corre por sus ríos y arroyos. Y lo más penoso de todo es que no lo ha fulminado un ataque al corazón o un derrame cerebral, sino un cáncer que ante nuestra mirada indiferente y a veces cómplice, lentamente se ha ido tragando las cuencas y microcuencas de los ríos durante los últimos 50 años.

Por más estanques, represa y reservoirs que se construyan, no habrá Yaque. Sólo lo habrá si se produce el milagro de una reforestación hercúlea durante 10 o 12 años, que de nuevo llene las cuendas hidrográficas de árboles. Estos son las que conservan el agua, nutren el subsuelo, cambian el aspecto de la agricultura y evitan que sigan vaciándose nuestros campos y montañas con migraciones a nuestras ciudades, que han sido incapaces de proveer empleos urbanos que sustituyan a los productivos empleos del campo.

La escasez de agua que estamos viviendo ha ido despertando conciencia sobre la peligrosidad de la situación, y ha estimulado la presentación de propuestas para enfrentarla. Una de ellas es la del director ejecutivo del Plan para el Desarrollo Sostenible de la Cuenca del Río Yaque del Norte (Plan Yaque), Humberto Checo, quien informó que la cobertura de árboles en esa cuenca es de apenas cuarenta por ciento, lo que indica su nivel de degradación, y que para incrementar esa cobertura al ochenta por ciento en cinco años y convertirla en una cuenta saludable se requiere una inversión anual de setenta millones de dólares, que es lo que cuesta sembrar ochenta millones de árboles por año en unas doscientas mil hectáreas de la indicada cuenca.

Nada hacemos gastando dinero en cemento, en reservoirs o en hoyos para sacar el agua de la capa freática porque, a fin de cuentas, son los árboles los que alimentan dicha capa y, cuando ésta se agota en las costas puede suceder lo peor, pues el agua salada la sustituye. La presa de Taveras se construyó para regular el caudaloso Yaque del Norte, nuestro Nilo, el río más poderoso de las Antillas, con el propósito de proveer agua para fines domésticos y para riego y no como un aljibe para almacenarla cuando llueve.

Si seguimos como el avestruz para no ver la situación y no nos sentimos moralmente comprometidos a reforestar el país, podríamos enfrentarnos con la realidad de que, en un futuro cercano, nuestras obligaciones de pago tendrán que incluir el costo de adquirir y mantener grandes y costosas instalaciones desalinizadoras junto al mar, teniendo siempre en cuenta que esta sería una solución muy parcial, porque en el corazón de nuestro país no hay mar. Si no atendemos adecuada y oportunamente este problema de la producción de agua, en esta isla pronto estaremos peleando por ella entre nosotros.

J. Enrique Armenteros Rius es presidente de la Fundación Progressio