El salario (1 de 2)
El salario es mucho más que un precio.
Entre los autores clásicos del pensamiento económico, en los tiempos en que la economía política tenía significado, se llegó a concebir que el trabajo era la medida del valor de todas las cosas, que luego fue derivando a su consideración como un coste de producción, al que se agrega el de los demás factores e insumos que, sumados, constituyen el coste total de un bien producido, cuyo precio de mercado termina fijándolo la interacción entre la oferta y la demanda.
De modo que el coste de un bien no es necesariamente igual a su precio; podría ser igual, más bajo o más alto. Lo mismo aplica al salario.
En el país, puede constatarse que el salario real ha disminuido, tanto en el sector formal como en el informal.
Tal comportamiento decadente del salario real contrasta con la información estadística de que en ese mismo período el producto interno bruto ha estado creciendo con dinamismo, salvo el breve período de crisis cambiaria y bancaria. La lógica indicaría que a mayor expansión del producto, mayor habría de ser la demanda de toda clase de bienes y servicios, y consecuentemente de trabajo, lo que debería haber creado una presión al alza de los salarios, en vez de una disminución.
En contraste, países como Chile, Costa Rica, Méjico o Nicaragua, por citar algunos, experimentaron un expansión de su producto y también del salario real, que creció en vez de disminuir.
¿Cómo explicar esa falta de congruencia entre la expansión dinámica del PIB y la declinación del salario real en la República Dominicana?
Algunos, aposentados en un extremo, entienden que en realidad el producto interno bruto no ha estado creciendo como se ha publicado que ha crecido. Si fuere así, y tuvieren razón, esa línea argumental sería coherente con el comportamiento insatisfactorio del salario.
Aducen, por ejemplo, que como consecuencia del cambio de base en la elaboración de las cuentas nacionales, 2007 en vez de 1991, se puso de relieve que la bonanza económica tan publicitada del período de gobierno anterior, 2008-2012, no era tal o no tuvo la dimensión que se creía.
De ahí presuponen que podría ocurrir lo mismo con el crecimiento económico atribuido al período actual de gobierno, 2012-2016, cuando en el futuro no tan lejano se cambie la base 2007, ya que los errores hacia atrás se corrigen a la baja. Y basan esa presunción en que lo importante para quienes politizan la función pública es que el período político que estuviere en curso mostrara buenas cifras, aunque se enmendaran posteriormente, pues a la consciencia colectiva no le inquieta el pasado y en cambio le motiva el presente.
El autor de este artículo cree fervientemente en la probidad y alta calidad profesional del equipo que elabora las cuentas nacionales. Y también entiende conveniente que se deje atrás cualquier tipo de suspicacia, salvo que estuviere sólidamente fundamentada.
Otros, atrincherados en el extremo contrario, atribuyen el pobre desempeño de los salarios reales a fuerzas empresariales malignas y voraces, de corta visión, que han urdido una conspiración maquiavélica para incautarse de los activos que pertenecen a la clase trabajadora. Y claman por un incremento del salario real en el corto plazo que tal vez no han tenido tiempo de evaluar si sería compatible con las políticas de precios que se mantienen, ni con la situación de las finanzas públicas y privadas.
Y esta visión no es que deje de tener algún tipo de asidero, pues de todo hay en la viña del señor, pero simplifica el asunto a una confrontación entre malos y buenos y olvida la existencia de elementos fundamentales que poseen gran fuerza explicativa de lo que ha estado ocurriendo con el salario real.
Pero lo peor de tal concepción es que introduce la cizaña en la sociedad, es decir la contamina al sacar a la superficie elementos de lucha y confrontación social estériles y destructivos, que nadie en su sano juicio quisiera alentar puesto que es bien conocido que una vez se sueltan los demonios es muy difícil volverlos a controlar.
Este es un tema, pues, que conviene tratarlo con serenidad, prudencia, pues, por un lado, existe la posibilidad de que las especulaciones bien pudieran resultar infundadas, y, por el otro, sin acusaciones llenas de pasión que olvidan la complejidad del asunto y puede que se aniden en prejuicios.
Lo apropiado, pues, es ir a los factores explicativos fundamentales, que es lo que intentaremos hacer en la próxima entrega.
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