En las calles de París con los “Chalecos Amarillos”

Cuando llegamos a principios de enero a París para nuestro tradicional viaje familiar, estábamos renuentes a consentir las desordenadas movilizaciones de los “chalecos amarillos” que desfilan desde fines de noviembre, todos los sábados, en varias ciudades de Francia. Sin embargo, discusiones con nuestros hijos, una apreciación ponderada de las virtudes democráticas de un movimiento descentralizado y abierto, y los 94 heridos de gravedad, entre ellos 11 mujeres, sin hablar de mil apresados, surtieron en nosotros un efecto de gran simpatía hacia los manifestantes. Antes de sumarnos a la manifestación del sábado 19 de enero, hicimos acopio de informaciones económicas, sobre todo en torno a la composición social del movimiento y sus objetivos.

El movimiento posee un telón de fondo marcado por el endeudamiento de muchos hogares de la Francia denominada periférica (suburbios y provincias), el empleo precario ( tipo Uber), las pensiones paupérrimas de amplios sectores y un legítimo temor de que los gobernantes actuales, presidido por el presidente Macron, desmonten el modelo francés de distribución social, a fin de alinearlo con el empobrecedor sistema anglosajón. Después de las sorpresivas tres primeras manifestaciones, violentas y caóticas, el presidente anunció el otorgamiento de miles de millones de euros para revalorizar el salario mínimo, las pensiones insuficientes, y el pago de las horas suplementarias a los asalariados. Esta inyección masiva de dinero a los sectores populares no desmovilizó a los chalecos amarillos, que piden el restablecimiento del impuesto sobre las grandes fortunas, y un referéndum de iniciativa ciudadana. Es de advertir que todo comenzó con la instauración de un impuesto a los carburantes. Es decir, el movimiento comenzó como una revuelta fiscal. Algunos analistas perspicaces no omitieron comparar la impetuosa irrupción de la protesta contra este impuesto, al levantamiento contra el alza de los precios del pan a la víspera de la revolución francesa en 1789. Las primeras apreciaciones sociológicas muestran que efectivamente ese impuesto empobrecería a los estratos más bajos de las capas medias y a los trabajadores que viven en los suburbios o afueras, pues se desplazan en su vehículo hacia los lugares de trabajos situados en las ciudades o lejos de su residencia, reduciéndose así su poder adquisitivo, causa profunda del descontento.

Este movimiento refuerza la idea crítica sobre una democracia representativa ritualista e inoperante para responder a problemas complejos que atañen el vivir cotidiano de millones de personas. Muchos manifestantes votaron blanco en las diferentes elecciones. Demostraron además esas movilizaciones el abismo existente entre las elites administrativas enzarzadas en estadísticas y retruécanos jurídicos, y la intrincada y dura vida padecida por los sectores de bajos ingresos, mayoritarios en el país.

Vacilamos en dirigirnos a la movilización sabatina, temiendo un apresamiento arbitrario como ha acontecido, o perder un ojo durante un tiroteo de Flash ball. Sopesando los inconvenientes nos internamos con la precavida cautela en el cortejo, deseando ver, mas allá de los comentarios y análisis, quiénes manifestaban. No nos causó sorpresa constatar que un ochenta por ciento de manifestantes poseían los mismos rostros a los cuales me acostumbré cuando era militante del partido comunista francés hace ya muchos años de eso. Rostros de ciudadanos que beben vinos mediocres o malos, compran quesos que van a periclitar y son rematados a precios reducidos, cenan papas con carne de hamburguesas cuatro veces a la semana, habitantes de hablar tosco, pensionados modestos, y alguno que otro joven turbulento, listo para pelear con la policía, protegidos a veces con lentes de bucear a fin de protegerse los ojos. Flotaba una amplia bandera francesa. Hubo una suerte de tácita reconciliación con la prensa, agredida durante las primeras manifestaciones por turbas furiosas de chalecos amarillos, indignadas por la tergiversación de los hechos. Me acerqué al equipo de televisión de la Rai italiana, intercambiamos palabras durante nuestra caminata por el Boulevard Saint Michel. Sonrían y de manera lacónica me hicieron saber que simpatizaban con el movimiento.

El 14 de enero el presidente Enmanuel Macron, hombre brillante, de gran agudeza de análisis, lanza hábilmente un debate nacional en el cual participa con inusitado entusiasmo. Discute con alcaldes impotentes para dar soluciones a las exigencias de sus administrados, agobiados por presupuestos cada vez más esmirriados. Sin embargo, el presidente hace caso omiso, con su acostumbrada petulancia, de los chalecos amarillos; pese a que cedió a varios reclamos de los tumultuosos manifestantes, finge que no existen. Con la apertura de ese amplio diálogo nacional, surgieron reivindicaciones variopintas, casi todas centradas en problemas de infraestructuras (escuelas deterioradas o cerradas), ecología, y evidentemente el descenso del poder adquisitivo. Todos los comentaristas subrayan que sin el movimiento de los chalecos amarillos, la presidencia y la ciudadanía no estarían dialogando. Es otra de las victorias del movimiento; sirvió de acicate a un vasto diálogo nacional fuera de las palestras oficiales.

En el mes de mayo del presente año tendrán lugar las elecciones europeas. Algunos chalecos amarillos desearían presentar candidaturas. Recibieron una salva de rechazos e improperios. En efecto en el movimiento no hay líderes, solo voceros, personalidades emergentes mantenidas a raya, pues se trata de hacer política fuera de aparatos partidista y figuras que brillen, política en la calle y en recintos institucionales u otros, para discutir y pedir soluciones a candentes problemas que nublan la vida cotidiana.

Las redes sociales son los vasos comunicantes de los debates de chalecos amarillos; ahora recurren también a asambleas provinciales. Es difícil disertar sobre la evolución del movimiento; es obvio que, dentro de la nueva cultura política participativa creada, proseguirá. En la manifestación del sábado 26 de enero, pacífica, resultó gravemente herido en un ojo, el popular vocero Jerome Rodríguez. Una investigación policial ha sido abierta para ver el por qué de este comportamiento indebido contra un líder que pregona manifestaciones pacíficas. Nada será como antes. Los debates nacionales han arrojado luces sobre la desconfianza de los franceses en instituciones juzgadas como distantes. La democracia representativa cuestionada por los chalecos amarillos, deberá en adelante, abrir sus postigos a esta llegada de aire fresco, traduciendo las palabras del ciudadano común en hechos y darle así un nuevo respiro a sus instituciones.