La dicha de sembrar

Un día cualquiera, hace cerca de 13 años, escuché hablar a Frank Moya Pons (entonces Secretario de Estado de Medio Ambiente), sobre el proyecto de promoción de la siembra de caobas hondureñas y africanas para incrementar la cobertura forestal y disminuir la importación de maderas.

La Secretaría de Medio Ambiente regalaba las matas a los interesados y les proveía de asistencia. Los técnicos aseguraban que podía conseguirse una rentabilidad atractiva, a cambio de esperar entre 15 a 20 años para recuperar la inversión.

Sintiéndome permanentemente joven, sembré pues caobas. Antes de eso había sembrado naranjas y limones persas, que fueron afectados por una enfermedad que los aniquiló. Y mucho antes, arroz, que tuve que dejarlo porque los precios políticos de venta, establecidos casi siempre en contra del productor, no alcanzaban para pagar los costos.

Todavía no se qué resultado tendrá la producción de caobas, pero si que tuve que postergar cualquier ingreso para un futuro lejano, con la incertidumbre de si las condiciones o reglas serían las mismas o distintas, ¿quién lo sabe en este país?

La gente que desde hace muchos años trabaja conmigo en esta producción de ilusiones y en esta terapia profunda, cuenta que los agricultores vecinos llegaron a creer que me había vuelto loco por sembrar lo que posiblemente nunca llegaré a cosechar por mi mismo.

Ahora, después de 13 años, al ver el desarrollo de los primeros árboles sembrados, el vecindario ha empezado a cambiar de opinión y a pensar que no estaba tan de remate como presumían.

Reconozco que es probable que nunca vea un rendimiento monetario.

Me reconforta reconocer que cuando nací existían muchos árboles sembrados por otros. De manera que bien pudiera yo contribuir a que los niños que nacieran en el futuro pudieran disfrutar del beneficio ambiental que les proporcionaría algunos de los árboles sembrados por mí.

Confieso que cuando veo a orillas del río la hermosa plantación en que se ha convertido, me imagino en lo que podría llegar a ser este país si recuperara la consciencia ambiental.

Me siento a la sombra debajo de las copas de los árboles y comparto momentos inolvidables con los trabajadores, y con los amigos que a veces me acompañan; conversamos sobre cosas intranscendentes pero profundamente humanas. Y esa es una desconexión absoluta de la urbe, del asfalto, cemento, tapones y ruido.

Es una recompensa enorme, solo disminuida por el pesar que me embarga, y es mi queja permanente, de que en esa zona no se construyan caminos para apoyar la actividad agropecuaria. Queja permanente de los agricultores que contemplan impávidos como las inversiones públicas se concentran en las urbes y las migajas en el campo.

¡Qué contraste con los países desarrollados que protegen a sus agricultores y les garantizan rentabilidad e infraestructura de calidad!

Hace cerca de tres años, perseverando en comportarme como lo que mis amigos mas íntimos me acusan (dicen que soy un soñador), estuve escuchando a varias personas argumentar sobre el futuro halagüeño de las plantaciones de cacao.

Volví a sentir el gusanillo de experimentar. Y sembré cacao, también en pequeña escala, en esta ocasión con la perspectiva de plazo más corto para obtener la primera cosecha, de entre tres a cuatro años.

¡Qué hermosa es una plantación de cacao! Las matitas que sembré ya tienen un año, y algunas están debajo de las caobas aunque no es la sombra más recomendable, pero ahí están. Observo con embeleso la ternura con que son amamantadas por sus madres las pequeñas mazorcas que asoman en los ramos a sabiendas de que nunca podrán cuajar, porque todavía no es su tiempo de fructificar.

Imagino ya el pequeño bosque de cacao y me angustia tener consciencia de que todavía no se cómo manejarlo, pero lo aprenderé. Solo me intriga, porque lo ignoro, cómo controlar las plagas, entre ellas los ratones y los pájaros carpinteros, aparte de los que roban lo que otros siembran. Y, ¿de las enfermedades qué?

Me da ánimo saber que si se es capaz de entender las razones de cómo se financia, por qué y para qué un presupuesto del Estado, tal vez la complejidad de la producción del cacao no sea mucho mayor. Y quién sabe si hasta su manejo resulte más racional.

Como siempre se vuelve a tropezar en la misma piedra, de dos años para acá he sentido el gusanillo de innovar. ¿Será acaso que estoy envejeciendo? Oí a Homero González argumentar sobre las plantas de plátanos in vitro de la variedad FHIA 20. Y he estado sembrándolas, a pesar de que se muy bien de su fragilidad ante la brisa y del alto riesgo implícito.

Estoy comprobando que para sembrar matitas de plátanos utilizando irrigación hay que herir la tierra con surcos profundos para que sienta la fuerza del conjuro y desagüe el liquido sobrante. Da gusto verlas recién sembradas, tan indefensas e incapaces de sostenerse sin ayuda humana.

Algunos dicen que el futuro de la agropecuaria está en la innovación, en más tecnología, en elevar la productividad. Y que la meta debe ser alcanzar la seguridad alimentaria.

Yo lo comparto, pero dudo que estemos preparados para lograrlo. Son tantos los inconvenientes y las trabas y tan pocas las satisfacciones, que cualquiera se rinde.

Ahora espero que me perdonen si les dijera, como les digo ahora, que nada de lo que he dicho aquí es cierto. Es pura fantasía, producto de la imaginación del escritor, quien por parcela lo único que tiene es un escritorio de madera, feo y ya viejo.

Pero, ¿y si en realidad fuera cierto? Si lo fuera, como tal vez lo es, me conformaría con sentir orgullo de formar parte del grupo de ilusos que todavía siembra por estar convencido de que así se integra a la mano venturosa de Dios. ¡Oh dicha, la de sembrar!