La educación, en el camino de la desigualdad

Más recientemente, sin embargo, el sistema educativo ha sido criticado como una de las mayores instituciones mediante las cuales la desigualdad ha sido perpetuada. Hay dos importantes maneras en las que educación e ingreso están interconectadas. Primero, el punto de vista tradicional ha enfatizado que la educación es un proceso que envuelve la adquisición de habilidades o la inculcación de mejores hábitos de trabajo, los cuales incrementan la productividad de los individuos (...). Segundo, la educación sirve como mecanismo de selección para colocar diferentes individuos en trabajos diferentes... Joseph Stiglitz, 1973

Mucho antes de convertirse en una celebridad mundial por su premio Nobel de Economía y por sus posiciones ante la globalización y el capitalismo, Joseph Stiglitz escribió en 1973 un extraordinario artículo sobre la educación y su vinculación con la desigualdad de ingreso. Partió de la idea prevaleciente entonces de que el sistema educativo -lo mismo que en la actualidad- era percibido como un mecanismo para promover la movilidad social. Al momento de seleccionar sus empleados, las empresas -plantea Stiglitz- tienen que recurrir a criterios que le permitan anticipar cuáles candidatos serían buenos empleados. Uno de ellos es la cantidad de educación que cada individuo lleva al mercado de trabajo. Se asume que una mayor cantidad de educación se traduce en una mayor productividad laboral y, por lo tanto, en un mejor empleado. Pero no siempre es así; las empresas podrían tener otras razones para seleccionar un empleado (amiguismo, raza, etc.), aunque en un mercado competitivo es razonable suponer que una empresa corre un riesgo mayor si no recluta a sus empleados en base a los indicadores potenciales de productividad. No es redundante aclarar que una mayor cantidad de educación no necesariamente está asociada con una mayor calidad.

El punto aquí es que la vinculación entre educación y desigualdad de ingresos pudiera ser espuria, a pesar de la gran cantidad de estudios -enfatiza Stiglitz- que muestran que en promedio los individuos que reciben una mayor escolaridad ganan un mayor ingreso. Sin embargo, critica Stiglitz, la mayoría de esos estudios no evalúan los mecanismos a través de los cuales la educación y los ingresos pudieran estar relacionados de manera directa. De hecho, al Stiglitz examinar la literatura no le resulta sorprendente la gran disparidad de opiniones acerca de las reformas que debieran implementarse en el sistema educativo; y concluye que no veía ningún buen argumento para reformar dicho sistema.

Recientemente, el economista Roland Fryer, profesor en Harvard y ganador el año pasado del premio John Bates Clark, que reconoce al economista norteamericano más destacado con menos de 40 años de edad, ha hecho contribuciones importantes para un mejor entendimiento de la relación entre educación y desigualdad de ingresos. La propia historia personal del profesor Fryer es un referente de gran valor. Proveniente de una familia completamente disfuncional, abandonado por su madre y abusado por su padre, Fryer se convirtió a los 30 años en el más joven afro americano en lograr que la Universidad de Harvard le concediera la condición permanente (tenure) de Profesor.

Para Fryer (2015) es importante distinguir entre una situación en la que el mercado paga salarios diferentes a individuos con las mismas habilidades -lo cual debe considerarse discriminatorio- y otra situación en la que individuos con habilidades diferentes reciben salarios diferentes. En este último caso, el mercado laboral pudiera estar pagando eficientemente de acuerdo a los niveles de escolaridad. Como ejemplo, Fryer utiliza las diferencias salariales que para determinados grupos raciales alcanzan el 28% en Estados Unidos. Es decir, una desigualdad que pudiera ser atribuida a diferencias raciales; sin embargo, cuando en el análisis se incluye el nivel de escolaridad el resultado es completamente distinto: prácticamente desaparece la desigualdad entre unos y otros.

La relevancia de los planteamientos de Fryer para nuestra realidad es que pudiéramos estar tratando de reducir la desigualdad en el lugar equivocado. No es posible tener un sistema educativo que promueve la desigualdad y luego pretender corregir el problema imponiendo controles en el mercado laboral.

Aún reconociendo que en términos generales la educación dominicana es muy deficiente, coexisten en el país dos sistemas educativos con diferencias abismales en la calidad. Ambos convergen en el mercado laboral, cuando sus estudiantes, técnicos o profesionales, deciden emplearse. Las diferencias socioeconómicas que obligaron a cada uno a educarse en uno u otro sistema quedan reflejadas en las condiciones laborales bajo las cuales son contratados. Es decir, la desigualdad persiste.

Las políticas públicas juegan un rol fundamental para promover una educación de mayor calidad y más ajustada a los estándares internacionales; pero, asimismo, debe promover mejores expectativas de que el retorno esperado de la educación es superior a sus costos, mediante subsidios para que los jóvenes no abandonen los estudios y puedan tener la oportunidad de elegir la escuela o universidad de su preferencia, independientemente de si es pública o privada. Ese sería un movimiento en la dirección correcta para reducir la desigualdad.

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