¿Merecemos esta pandemia?
Nos creíamos dominantes y absolutos, pero bastó que una “gripecita extraña”, al decir de algunos, mostrara lo que no debía. El COVID-19 nos regresó a lo que siempre fuimos: una existencia global sensiblemente frágil. Era tan cómodo presumir fuerza en medio de la ostentación del consumo y la vanagloria de la tecnología; ahora nos damos cuenta de que muchas cosas nos sobraban o pocas nos servían. De súbito, el futuro que aireaba el mundo se evaporó dejándonos ausentes y sin aliento. Hemos perdido las coordenadas de la “normalidad”, esa costumbre de siempre “entender” las cosas a nuestra necesaria manera.
Ahora vemos tan de cerca lo que antes nos confundía: naciones con la sobrada potencia para estallar el planeta en infinitas partículas atómicas han vacilado para salvar “una” vida; sistemas calificados como de “primer mundo” no respondieron en tiempo ni en resultados; economías pujantes y promisorias cayeron como rocas de sus pináculos; en fin, millonarias “inversiones” con tan pobres dividendos humanos. Todo en un abrir y cerrar de ojos.
De pronto, el mundo se nos mostró en su verdadero tamaño, sin el camuflaje de las apariencias ni la presunción de que las cosas estarían “bajo control”. Así, una roncha epidérmica levantó la piel profunda, desvistiendo nuestras frías inconciencias. Hoy, encerrados y espantados, descubrimos nuestra indefensión en la tarda comprensión de que ser pobres o ricos es apenas una ilusión cuando la tragedia no distingue estirpe ni cuenta rangos. Ahora en el norte y en el sur soplan idénticas incertidumbres; de este a oeste se baten las mismas preguntas. Al fin y al cabo, asustados, todos miramos el futuro con parecida sospecha.
Este trance ha puesto la vida en su justa perspectiva, separando lo que tiene y no valor, colocando en el centro de nuestras visiones tantos apremios marginados. De sus apuros han emergido los verdaderos héroes, esos que apenas reconocemos a pesar de estar siempre donde han estado, zurciendo con la rutina una proeza de sigiloso murmullo.
Cuántos médicos, enfermeras y personal de salud libran a diario la batalla con el temor de ser contados entre las próximas cifras; qué decir de los camioneros que al filo del amanecer inician la ruta hacia los centros de abastos; o esos agentes del orden extraídos de la misma violencia que controlan; cómo olvidar ese ejército de seres anulados, contados como sobrevivientes por las tiránicas estadísticas del subdesarrollo, en cuyo credo primero falta el día que su decisión por vivir; basta encontrarlos por sus cansados pertrechos: la mesita de venta, la estufa, la greca, el aceite precocido, las cacerolas, los estantes deformados, los bidones tiznados, la tira de billetes, las jugadas, la motocicleta, el san, el machete, las frutas ajadas, la escopeta trasnochada. Nos no hacen faltan los héroes plásticos, esos manufacturados en los laboratorios del marketing. De nada nos sirven las figurillas de la ilusión digital ni las pasarelas del espectáculo rosa ni las grandes celebridades del éxito financiero. Este es el mundo real desafiado por retos de sangre, carne y hueso.
Esta pandemia es una denuncia vigorosa a un sistema de inequidad global indefendible. Ha expuesto sus desatinos, ha probado su inutilidad y ha revelado su inhumanidad. Un mundo que destina 1,800 billones de dólares en armamentos se da el lujo de tener a 1,600 millones de personas sin acceso a servicios básicos de salud; esa “humanidad” que gasta 390 mil millones de dólares en productos cosméticos es la que ve morir 8,500 niños diarios por desnutrición, la que ignora que 793 millones de personas no saben leer ni escribir y que apenas el 1 % de los ricos acumula el 82 % de la riqueza global. ¿No será esa nuestra verdadera tragedia? Recuerdo al escritor español Fernando Gamboa González: “¿Acaso hay malaria en los países ricos? –Ya sabes que no. –Entonces, ¿por qué crees que se gasta mil veces más dinero en investigación contra la obesidad, las arrugas o el acné que para encontrar una vacuna o un tratamiento efectivo contra la malaria?” La respuesta la da el Papa Francisco: “Hoy tenemos que decir no a una economía de la exclusión y la inequidad. Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad.”
El COVID-19 ha trastornado nuestros patrones de vida, nuestra percepción de la realidad, nuestra valoración de las cosas y nuestra visión del futuro. Es una parada forzosa, un punto de inflexión, una señal de advertencia en una ruta torcida. Desde esa perspectiva es una tragedia constructiva porque cuestiona, desde sus bases y en su realidad operativa, un sistema global fallido; expone en sus hondos calados una estructura económica trágicamente concentrada y desigual; pone en evidencia la ineficiencia burocrática de gobiernos e instituciones humanitarias; pero también convoca a los mejores esfuerzos para coordinar una nueva cooperación mundial.
Creo que lejos de alentar el distanciamiento con el cierre de fronteras, las tensiones geopolíticas, las guerras comerciales y el rebrote de los nacionalismos, esta pandemia será un nuevo motivo para que el mundo procure integraciones multilaterales con otras bases humanitarias. Obvio, sobran las barreras y faltan los liderazgos mundiales comprometidos, pero como apuntó recientemente el Secretario General de la ONU, Antonio Gutierres: “Es obvio que nos falta el liderazgo que solo puede ser posible si (...) las potencias mundiales claves son capaces de aproximarse, adoptar una estrategia común y luego reunir a toda la comunidad internacional.”
Es posible que cuando se tenga el control global de la pandemia volvamos a nuestras burbujas para ocuparnos de nuestra “normalidad”, pero nada ni nadie podrá desdibujar su marca. Esa que deja en una sociedad occidental abstraída por utopías plásticas, sueños de éxito y afanes de vana grandeza. El COVID-19 no podrá olvidarse: dejará una estela imborrable de muertes y soledades. Será la sombra de una era, de un siglo, de varias generaciones. Pesará en nuestro futuro como un trauma, una sentencia o una lección imperecedera.
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