Pinares adentro
Lo que Archambault pinta es fiel reflejo de lo que viví, contemplé y ha ido desapareciendo absorbido por una cultura urbana que con glotonería deglute el armazón cultural, lo convierte en desecho y va quedando ingrávida, en peligro de extinción en cuanto se refiere al mantenimiento de una identidad.
Pinares adentro es el título de la novela de Pedro María Archambault, editada en 1929 con prólogo de Américo Lugo, y reeditada hace poco por el Archivo General de la Nación dentro de su Colección Juvenil, con lo que esta institución profundiza su importante labor que la caracteriza como valioso centro de consulta y cultura.
De acuerdo con Américo Lugo: “Leyendo Pinares adentro se oye romper el brote de las flores, y el paso menudito de la aurora que baja de la colina, y la rápida corriente de los ríos que pasan con el lomo tatuado de cielo y el vientre trozado por la pedriza fangosa”. Y agrega: “Archambault pinta el Cibao a fuer de novelista. Su pincel es impersonal, sobrio, magistral”.
Al leerla, hace poco, quedé preso de una profunda nostalgia. Soy del mismo Cibao que narra el autor, aunque no de tierra alta, de pinares, sino del llano lujurioso circundado por hermosas montañas. De niño llegué a conocer el encanto y belleza anonadante de aquellos pinares, bosques, riachuelos, pequeñas cascadas, manantiales, senderos de musgo, y me contagié del hablar, sentimientos y cultura de aquella gente buena, sana, dedicada sobre todo a sus labores agrícolas y empresariales.
Lo que Archambault pinta es fiel reflejo de lo que viví, contemplé y ha ido desapareciendo absorbido por una cultura urbana que con glotonería deglute el armazón cultural, lo convierte en desecho y va quedando ingrávida, en peligro de extinción en cuanto se refiere al mantenimiento de una identidad.
Desde mi perspectiva, en Pinares adentro Archambault juega con tres planos: el de la trama urdida para arrebatar al protagonista el amor de una mujer y llevarlo mediante argucias al matrimonio con la arpía que tiende la celada (novela propiamente dicha); el de la descripción minuciosa del habla, ambiente y geografía en que desarrollaban sus vidas las familias campesinas y urbanas de la época; y el de narrador de parte de la historia de nuestro pueblo desde la conquista.
Son tres planos mezclados con maestría en uno solo.
La obra discurre en un alto lugar desde donde se mira a lo lejos los picos de la Diferencia, el Gallo, la Loma del Café. Y muy cerca “al parecer, dominando como un gigante impasible, el pico del Yagua, la Pelada o la Rucilla”.
El autor exclama: “Llegaron los excursionistas a una altiplanicie. Principiaba la región inhabitada. El silencio de las selvas la llena de misterio. ¡Tan primorosa belleza, tan dulce clima y tanta soledad! El Eterno hizo tan bellas obras para su propio recreo; no precisamente para el hombre”.
Archambault relata con maestría la tumba de pinares para convertirlos en madera. Y menciona el “Derrumbadero”, lugar desde el cual se despeñaban pinos colosales hacia el fondo del río mediante el uso del “polín”, para conducirlos por vía fluvial a los aserraderos.
Vencido por la belleza de aquellos lares dice: “La gran catarata del Bao es un saltadero de 40 metros de alto, de donde se despeña el agua con una fuerza extraordinaria... El río Bao es un derroche lujoso de paisajes pintorescos, en el cual no se sabe qué admirar más”. Agrega: “Si el Bao no es el río mas poético del mundo no puede existir en ningún rincón de la tierra otro río que en belleza lo supere”.
En su vertiente de historiador refiere: “El Almirante (Colón) decidió fundar allí una casa fuerte de tapias y de madera de pinos; eligió para ello una curva del río Jánico... Hizo construir dos fosos en forma de V, y en el vértice del ángulo estaba la puerta defendida por un puente levadizo”. A ese fuerte se le llamó Santo Tomás.
Archambault, quizás en busca de una explicación al hilo que mueve nuestra historia argumenta: “El instinto de los dominadores de entonces era más salvaje que el de los sumisos indígenas. Parece que hay en esta tierra una predestinación a las grandes injusticias y a las ominosas esclavitudes, que luego son redimidas por los furores apocalípticos de las razas libertadas”.
El autor termina mencionando las joyas arquitectónicas del Santiago antiguo o de la ciudad de La Vega Real, arrasados por terremotos. Hoy nadie siquiera se entera dónde estaban situados esos establecimientos, ni el del Fuerte Santo Tomás. La ignorancia y la molicie van cubriéndolos con una fuerte capa de olvido.
Gracias Archambault por recordarnos lo que debería ser activo sagrado del patrimonio cultural y al Archivo General de la Nación por traerlo a nuestra memoria.
Magnífica novela y acertada decisión la de publicarla.
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