Stefan Zweig, víctima colateral del nazismo

El exilio y la muerte de Stefan Zweig en Brasil han dado origen a una suerte de mito que consiste en hacer de él un escritor relacionado con América Latina, pero su obra es profundamente europea.

En 1939, luego de que Alemania invadiera y anexara Austria al Reich que debía durar, según proclamaba Hitler, mil años, la princesa de Grecia Marie Bonaparte, descendiente colateral de Napoleón Bonaparte y difusora del sicoanálisis en Francia y Europa, pagó a la Alemania hitleriana el rescate exigido por los nazis para dejar salir del país a ciertos intelectuales y científicos; entre esas personalidades figuraba el padre del psicoanálisis Sigmund Freud y otros doscientos intelectuales cuya falta era ser judíos. Fue cuando el padre del sicoanálisis resumió el advenimiento del nazismo con estas palabras refiriéndose a Alemania y Austria, dos de los países intelectualmente más desarrollados de Europa: “La inteligencia tiene necesidad de la barbarie.”

Stefan Zweig había podido salir de su país en 1933 bajo el pretexto de buscar información en Londres para su biografía de Marie Stuart. La llegada de su gran amigo Sigmund Freud a Londres, según parece, proporcionó un cierto aliento al escritor más famoso de su tiempo. A la llegada del eminente neurólogo a Londres, ya hacía seis años que Zweig se había exilado en la capital del Reino Unido, pero la muerte de su amigo Sigmund Freud en septiembre de 1939, la entrada en guerra de la Austria ocupada y ser declarado enemigo extranjero por Inglaterra y otros acontecimientos colaterales de la situación mundial, obligaron al reconocido escritor a emprender de nuevo el camino del exilio.

El exilio y la muerte de Stefan Zweig en Brasil han dado origen a una suerte de mito que consiste en hacer de él un escritor relacionado con América Latina, pero su obra es profundamente europea. Hubiera podido esperarse que América Latina apareciera en su último relato, El jugador de ajedrez, escrito en Brasil y publicado después de su muerte, en 1943. Pero ni siquiera los acontecimientos de ese relato suceden en un país latinoamericano, sino en un barco. Es la última etapa del viaje hacia el exilio de algunos europeos quienes, huyéndole al nazismo, se van a refugiar en Brasil y Argentina, pensando que tal vez la esperanza se encuentra en esos países...

Por otra parte, la amistad de Zweig con intelectuales y escritores brasileños y del Nuevo Mundo, su deseo de aprender el español y el portugués, no eran nuevos en él: siempre había mantenido relaciones personales con intelectuales y artistas, y le gustaba aprender otros idiomas. De muy joven, dicho sea al pasar, había traducido a Rimbaud al alemán.

Sería exagerado decir que Stefan Zweig no se interesó en la vida cotidiana de Brasil. Lo hizo, pero estaba tan agradecido de la acogida que recibió que lo idealizaba. Su obra, Brasil país do futuro, era un elogio, un agradecimiento, mucho más que un verdadero análisis del país, en el que buscaba un sustituto de Europa. Esa idea le obsesionaba desde su viaje de 1936: “Si había pensado que Europa estaba perdida desde esa última mirada sobre la guerra inminente, allá, bajo la Cruz del Sur, he comenzado a esperar y a creer” (El mundo de ayer). Sin embargo, los intelectuales y escritores brasileños no entendieron que a través de ese libro se dibujaba una crítica a la Europa devastada por los nazis, y le reprocharon su falta de objetividad.

Stefan Zweig estaba con los ojos puestos en Europa. En su autobiografía, El mundo de ayer, que había terminado en New York a principios de 1941, no hace ni siquiera alusión a los meses que llevaba residiendo en Brasil, menos aún a la vida intelectual ni a sus relaciones con los poetas Claudio de Souza, Guilherme de Almeida, y el crítico y novelista Afranio Peixoto, entre otros. El relato de su viaje de 1936 tiene un valor iterativo. No da cuenta de sus conferencias en Uruguay y Argentina a finales de 1940, y se limita a lamentar el mundo que la barbarie nazi le había arrancado.

Hay un evento que parece haber jugado un papel importante en el suicidio de Stefan Zweig: el accidente aéreo que costó la vida al escritor cubano Alfonso Hernández Catá. El escritor cubano había sido invitado por Zweig a un congreso de escritores en Río de Janeiro y cuando tomó el avión de regreso a Cuba la aeronave se estrelló en el mar. Para el escritor austríaco ese acontecimiento le afectó sobremanera pues sentía que daba mala suerte a todo cuanto tocaba o hacía.

A ese acontecimiento se sumaban la situación mundial, los límites que la lengua le establecía para integrarse a la vida intelectual y cultural de Brasil y de América Latina. Su exilio sudamericano fue corto: del mes de julio de 1940 al 23 de febrero de 1942 —día en que se suicida junto a su mujer. Quizás en otras circunstancias su actitud hubiera sido diferente, como él deja entender en su carta de suicidio: “Siento el deseo de realizar un último deber: dirigir un profundo agradecimiento al Brasil, ese maravilloso país que me ha proporcionado, así que a mi trabajo, un reposo amical y hospitalario. Cada día he aprendido a quererlo más, y en ningún otro lugar hubiera querido construir una nueva existencia, ahora que el mundo de mi lenguaje ha desaparecido para mí y que mi patria espiritual, Europa, se ha destruido ella misma”.

Diplomático. Escritor; ensayista. Academia Dominicana de la Lengua, de número. Premio Feria del Libro 2019.