¡Tú no sirves!

Somos diversos. Dejamos de ser aquella comarca domada por viejos patrones. Cada día nos distanciamos de lo que fuimos. El cambio nos ha cambiado. De aquella sociedad rústica apenas quedan parcas añoranzas. La ciudad se mudó al campo con sus bancas, motoconchos, minimarket, recargas, moteles y delivery. Las campesinas también ponen a vibrar sus chapas y ya no huelen a jabón de cuaba ni huyen como jíbaras despavoridas por la visita. Ahora salen en Instagram en ropa menuda, mordiendo los labios como cualquier “bendecida” del mundo urbano.

Sí, hemos cambiado. Para bien o mal somos otros. Empezamos a convivir en la diversidad y nos cuesta acostumbrarnos. Ya la tradición, el poder o la cultura no nos igualan. Apenas nos preparamos para aceptar las diferencias y coexistir en la pluralidad. Nos queda mucho por andar. Entramos así a una nueva convivencia agrietada por los choques. No sabemos qué somos y nos aterra vivir sin resortes.

La transición promete que será difícil. Lo primero es derrotar el concepto de que la razón tiene dueños y luego entender que “mi razón” no es la de todos. Asumir esas premisas es un reto para una sociedad de trazos autoritarios. La mejor señal de habernos formados en una cultura democrática es pensar autocríticamente. La diversidad nos da vértigo. Es difícil aceptar que haya otras crónicas de la realidad distintas a las que nos enseñaron como única verdad.

Antes, el abordaje era muy básico, donde se reconocían los valores públicos y privados en una relación de gobernantes y gobernados. Esos mundos estancos están hoy dominados por tendencias cruzadas de varios intereses. El mapa social se fragmenta en grupos más diversos que demandan atenciones, derechos y espacios. Las llamadas minorías se centuplican y la verdad se quiebra en miles de trozos. Los centros de autoridad controlados por las mismas mentalidades perdieron vigencia. No solo somos más, sino distintos, haciendo más complejas las decisiones colectivas. La construcción de consensos es, en ese contexto, una carrera muy empinada.

Ya los grupos no solo nacen de las típicas segregaciones (como las fundadas en el color, el grado social, el sexo o la religión) sino de concepciones ideológicas vinculadas a otros valores: ciudadanía, identidad, género y generaciones. En tanto más abiertas y vulnerables sean las sociedades a la cultura global, más heterogéneas y conflictivas serán sus perspectivas. Ahora nos cuesta educarnos en nuestras diferencias, que son muchas y profundas. Obvio, ya sentimos tempranamente las tensiones de los desacuerdos. Pero debemos encontrar puntos que nos afecten indistintamente, y hay muchos en una sociedad de tantas carencias y desatenciones. Es un buen punto para comenzar...

La tendencia defensiva de las sociedades ante la diversidad es recogerse en sus razones y empuñar la intolerancia. La historia confirma esa verdad, que ha tenido en el tiempo distintos nombres y pretextos: cristianismo, herejía, brujería, protestantismo, negrismo, comunismo, judaísmo, populismo y otros “ismos” que fueron perseguidos o aniquilados de distintas maneras; la misma marca en el negro relato de la intolerancia.

Las sociedades reaccionan inmunológicamente con dos potentes antivirus: los estereotipos y la descalificación. Los primeros son percepciones o creencias simples y prejuiciosas sin base comprobada sobre gente o ideas. La segunda es la forma de restar valor, mérito o crédito a una persona a través de los estereotipos. La descalificación es la manera más rápida de sacar ideas del debate por temor, incapacidad o indisposición a confrontarlas. Los estereotipos son herramientas anticipadas de descalificación. Cuando una sociedad no tiene recursos de discusión apela a los prejuicios para decapitar razones. Entonces lo que debiera ser un cotejo provechoso de ideas se vuelve un duelo de baratas anulaciones. Es difícil así sustraer la ofensa de la opinión.

La libre expresión en un medio tan atrincherado se enrarece. Y es que es incómodo encasillar a quien tiene la libertad como vocación o decisión de vida. La creencia corriente es aceptar el discurso de la mayoría (vox populis vox deus). Pensar con criterios propios desafía la predecible imaginación de los que viven de las anulaciones; los confunde, los inquieta. Es como dar con una pieza contrahecha en un rompecabezas.

Escribí una vez esta anécdota: nací y crecí en una comarca de granjeros. Mis tíos fueron pioneros de la avicultura en el país. Una de las faenas más pesarosas era la vacunación de los pollitos bebés. El proceso era inhumano; suponía tomar manualmente diez mil pollitos y someterlos a tres operaciones seguidas: quemar sus piquitos en una barra incandescente; echarles, con precisión quirúrgica, una vacuna antiviruela en los ojitos; y, finalmente, inyectarles un antibiótico debajo de una de sus alitas. La vacunación tomaba tres días con descansos muy constreñidos. La fatiga era tal que en ocasiones uno percibía el entorno como a través de un filtro amarillento. La ilusión visual duraba días. Para quebrar el tedio de la faena, mis primos tomaban algunos de los pollitos “desechables” (enfermizos, accidentados o no viables) y los tintaban de betún con un cepillo dental. Cuando ya estaban totalmente marrones o negros, los soltaban en la granja. La reacción impetuosa de los demás era picarlos hasta el linchamiento. Esa sádica travesura dejó en mi conciencia una perdurable lección de vida: ¡el precio de ser diferente! La gente te quiere “normal” hasta el punto de imponerte lo que debes ser o hacer dentro de las líneas, marcos y expresiones convencionales. Nadie perdona el libre ejercicio de la libertad.

Para ser alguien en una sociedad diversa hay que abanderarse o dejarse etiquetar, so pena de perderse en el ostracismo. Cualquier resistencia es sospechosa, ya que una sociedad acostumbrada al blanco y negro pierde la vista con el color. Por eso el juicio público es severamente dicotómico: estás de un lado o del otro. El problema asoma cuando no se está en ninguno, entonces se sufre el ataque de los dos lados. Los negros te ven como un blanco y los blancos como un maldito negro. Lo más cómodo para algunos es jugar al péndulo según soplen las conveniencias.

Las ideas son raptadas por los prejuicios y el debate se hace anodino. Escuchar radio, ver televisión o entrar a las redes es sofocante. El discurso más pomposo es el del insulto, expresión que hoy se tiene como derecho. Hay una violencia verbal atosigante que nos divide ociosamente. He leído diatribas hasta por el color de una bandera. Defender una posición con argumentos no significa que estemos abdicando o transando con “el enemigo”. Es la manera racional de construir entendimientos. Creo que nos llegó el momento de callar para poder escuchar: quizás nos demos cuenta de que eso era lo único que nos separaba. El estorbo puede ser nuestra propia voz. A veces callados hablamos más alto.

Abogado, ensayista, académico, editor.