Con la Biblia debajo del brazo
¡Oh mi Dios...! A mi casa se acercan cada sábado, a las 7 de la mañana, cuando yo todavía no me he levantado, pero al escuchar un taque-taque alborotado, corro abro la puerta pensando de que es alguien de mi familia que viene a darme una mala noticia, pero resulta que es un par de masculinos con una Biblia debajo del brazo y vienen a predicarme y contarme lo que hay en esa Palabra del Señor, pero a su modo y a su manera. Les he dicho que yo creo en Dios pero que no tengo filiación con ninguna religión. Me han oprimido tanto que la última vez les dije que no vuelvan y mucho menos a tocar tan temprano porque interrumpen mi sueño y mi bebida de café al levantarme, pues con ese cafecito converso con Dios y lo siento en mi alma. Pero esos “señores” no creen en eso y me gritaron “pecadora” y que al morir iría al infierno. Ja, ja, ja... Les tiré la puerta encima y casi les echo un cubo de agua fría, y si les dije una andanada de “malas palabras”.
No han vuelto en muchos días y espero que ya no lo hagan. Se lo conté a un amigo sacerdote y se rió y me aplaudió. Yo pensé que me iba a decir que estaba equivocada, pero sí me dijo que al abrir la Biblia te piden dinero dizque para los pobres, lo cual no tiene nada que ver con la creencia en Dios. Además que le ha dicho a esos “carajos” que no todos tenemos que actuar como ellos predicen.
Los respeto, pero no acepto que me digan cómo debo vivir o manejarme, y que de pecados, ni ellos, ni nadie, me hable. Si me arrepiento, debería hacerlo de haber trabajado desde muy joven, de cumplir con mis obligaciones, con la educación de mi hijo que hoy es un gran trabajador, de tomar a gusto las buenas situaciones que me ha dado la vida y de darle gracias a Dios por las bondades que me da. ¿De eso debo arrepentirme? Y algo más, así les dije, que si llego a la puerta del cielo (en lo cual no creo) sé que podré hablar con San Pedro y por supuesto me dejará pasar al paraíso. No temo al fuego del infierno porque creo que eso está presente en cada país, como ahora en Orlando, donde se ha matado a cientos de personas y en un país como el nuestro donde además de haber muertes, robos, atracos, violaciones, es donde poco funciona.
Pueblo como el mocano, donde el hospital no tiene agujas ni para poner inyecciones, es el infierno. Entonces, predicar, andar con la Biblia debajo del brazo, debe tener como aspiración que cada ciudadano viva bien. Me produce pique y ganas de reír lo que han hecho conmigo.
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