Diálogo de fusiles

La paz siempre se ha cimentado sobre los muertos. Las voces silenciadas por la barbarie de las confrontaciones bélicas, no importa el motivo que las haya originado, han sido por siglos el asentamiento sobre el que se ha construido la concordia. La sangre abdica para que se levante un nuevo devenir y los sobrevivientes puedan gerenciar un nuevo destino. Extender la racha del odio, del desgarro y de la muerte nunca ha servido para levantar la esperanza y el bienestar de un pueblo.

El siglo XIX no comenzó para Europa hasta que las fuerzas aliadas comandadas por el duque de Wellington con soldados británicos, alemanes, belgas y holandeses, pusieron freno a las ambiciones imperialistas de Napoleón Bonaparte y Waterloo se convirtió en el dique que detuvo la sangre y la muerte de millares de hombres de aquel continente desgarrado. ¿Quién respondió por esos muertos? El porvenir de la Europa renacida.

¿Quién respondió por el millón de muertos, de que habló Gironella en su polémica novela, de la guerra civil española? La represión franquista fue interminable y la confrontación parió desolación, ferocidad y duelo. Los muertos, los desaparecidos y los desplazados los reemplazó la memoria, el duro exilio y las nuevas patrias. Todavía, de tarde en tarde, algún grupo pequeño de republicanos reclama en La Puerta del Sol con sus banderas y pancartas la justicia que nunca llegó. A los maquis, que huyeron a los montes para plantar resistencia al avance franquista desde una guerrilla que fue uniendo en la desgracia a idealistas y a no pocos aventureros, los detuvo no solo Franco, sino también Carrillo y hasta Stalin. La España que se desplazó por el mundo y aportó cultura y progreso en muchos países, como en el nuestro, y la España invertebrada que asumió la realidad desde el formato que hoy la erige, fue la respuesta a la cruel efigie de la violencia, a la nómina de huesos, a la imagen española de la muerte que retrató Vallejo con sus códigos terribles, sin órbitas ni cánticos de dicha.

¿Quién respondió por los muertos de Vietnam? En Estados Unidos, los monumentos, las solemnes inscripciones que se erigen impresionantes en el memorial de Washington; en Vietnam, la reconstrucción sobre las ruinas de una nueva patria. Atrás quedaron –con versos de Whitman- los resplandores de los campos en llamas, las brasas de los escombros humeantes y la negra luz del corazón humano.

El Acuerdo de Viernes Santo (“Good Friday Agreement”) puso fin a los añejos antagonismos sangrientos entre católicos y protestantes en Irlanda del Norte. Millares de muertos sobre las roturas de una ciudad, Belfast, que todavía muestra la devastación de aquellos años horribles. La paz fue buscada por ambos bandos en largo diálogo que nunca parecía tener fin. La sangre fue detenida pero aún persiste el muro –una ancha y larga tapia que casi nadie menciona– que divide a los contendientes de una misma tierra quienes durante el día intercambian sin inconvenientes negocios y necesidades, y a partir de las seis de la tarde se encierran en sus casas, tras la muralla que los divide, pues salir a la calle fuera de esa hora constituye un peligro de muerte. En Irlanda del Norte, los muertos se enterraron y la paz fluye entre claroscuros. Lo he visto con mis propios ojos hace cuatro años cuando visité las dos Irlandas y pude ver la diferencia entre el bienestar de Dublín y la pobreza que la guerra sembró, como si fuese para siempre, en Belfast.

Nelson Mandela mandó a enterrar el odio que sobre él se ensañó como con ningún otro, y sobre la sangre de los muertos y los mutilados y las sangrantes heridas de la segregación racial, levantó el nuevo espíritu de armonía y esperanza de Sudáfrica.

Shimon Peres, a quien la tierra acoge por estos días, junto a Isaac Rabin y Yaser Arafat, contrariando el parecer de integrantes de uno y otro sector, sentó las bases de la paz entre israelíes y palestinos, en medio de los ardores de una guerra que no ha podido aún ser contenida, dejando que la sangre siga fluyendo cada vez con más fiereza. Pero, los tres pensaron que era posible construir la paz sobre la sangre de sus muertos.

¿Quién respondió por los millones de hombres, mujeres y niños inmolados del holocausto? Las cabezas de aquella hecatombe, sin dudas. Israel planificó la venganza y Núremberg aplicó los correctivos de la justicia. Pero, sobre los muros del silencio y la complicidad de los contribuyentes, convencidos u obligados, de aquel sacrificio se levantó una nueva Alemania y se construyó la nueva patria judía. ¿Quién ha respondido por los gulags de Stalin, por la sangrienta conmoción producida por la Revolución Cultural de Mao Zedong, donde salvo la Banda de los Cuatro, todo lo demás fue olvidado para dar paso al socialismo con economía de mercado capitalista? ¿Alguien responderá algún día por los centenares de muertos que día tras día acumulan los bombardeos en Alepo y en Siria? ¿Cuántos miles más habrá que sepultar y olvidar para que la paz llegue a esos espacios ensangrentados del mundo de hoy?

En 1964, hace cincuenta y dos años, cansados de que se les violaran sus derechos, con la represión permanente a cuestas, y muertos por doquier, Pedro Antonio Marín Tirofijo, se alzó con la membresía campesina de su Partido Liberal y entre las llanuras, los valles y los espesos bosques colombianos libró la guerra. Veinte años más tarde, el gobierno de Belisario Betancur hizo el primer intento de paz y los rebeldes se acogieron al plan propuesto y terciaron en política bajo el nombre de Unión Patriótica. Se inició una curda de sangre y duelo, y los asesinatos de los miembros del nuevo partido fueron comida diaria. Volvieron a la manigua. En 1992, el presidente César Gaviria intenta de nuevo buscar la paz, y luego el presidente Andrés Pastrana en 1998, pero las FARC no ceden. Temen a que la engañen de nuevo. Catorce años después, el presidente Juan Manuel Santos negocia de nuevo la paz. El pasado lunes 26, luego de cuatro años de conversaciones, Santos y Rodrigo Londoño Timochenko, firman la paz en Cartagena de Indias. Santos se tuvo que auxiliar de un británico del gobierno de Tony Blair, de un ex comandante guerrillero salvadoreño, de un norteamericano que es catedrático de Harvard, asesor de la Casa Blanca, y de un ex canciller israelí para asesorarle en el proceso. El británico, Jonathan Powell, fue el principal negociador en el Acuerdo de Viernes Santo en Irlanda del Norte, en 1998. Las FARC tuvieron en Enrique Santiago, un eurocomunista español, a su principal voz negociadora en las sombras. Ninguno cobró por sus servicios. Detrás quedan 220 mil muertos, 45 mil desaparecidos (que son muertos no registrados), 30 mil secuestrados, casi siete millones de desplazados de sus tierras de origen. La paz siempre se ha cimentado sobre los muertos. El diálogo de fusiles produce agravios y sorderas. Colombia debe abandonar el lenguaje de la guerra para ser el país grande que merece ser, el país de ilimitados valores que siempre ha sido. El objeto de toda guerra es la paz. Decía Cicerón que cualquier clase de paz entre los ciudadanos es preferible a una guerra. Mañana, los colombianos decidirán.

www.jrlantigua.com