EL CRASH DE 1929
EL AÑO QUE TODOS QUIEREN OLVIDAR, PERO SE RECUERDA TODOS LOS DíAS
En estos días se cumplen 82 años del mayor colapso bursátil que recuerde la historia económica mundial. Todos los historiadores se refieren a ese fatídico jueves del 24 de octubre del 1929, como el inicio de la pérdida más vertiginosa del valor de las acciones cotizadas en la Bolsa de Valores de New York, y que dio comienzo a la época de mayor desempleo, pobreza en los Estados Unidos, y que tuvo una repercusión en el resto del mundo. Ese evento se conoce como "la Gran Depresión". Pero ¿cuáles fueron las causas? ¿Cómo sucedieron los hechos que culminaron con la mayor pesadilla para el pueblo norteamericano y de paso para el mundo entero? Este escrito tratará de aportar, de manera resumida por razones de espacio, algunos de los varios factores que se conjugaron para permitir que se produjera esa desgracia económica.
Lo primero que debemos entender es que la doctrina del mercado libre es la base que rige la Bolsa de Valores de New York, y sus precios están fundamentados en la ley básica de la oferta y la demanda. Durante los años veinte se quiso vender la idea del "capitalismo del pueblo", en el que todo el mundo podía comprar acciones y, por tanto, votar a favor de los intereses de los propietarios. Los norteamericanos aspiraban a convertirse en ricos con el menor esfuerzo. Líderes llegaron a plantear la utopía de que "todos los norteamericanos deberían ser ricos".
Una de las causas principales que se crearon para desencadenar la burbuja inflacionaria de los precios de las acciones, fue sin duda el apalancamiento financiero, que le facilitaba a cualquier ciudadano adquirir acciones de empresas en la Bolsa de Valores. Todo esto trajo, por lógica, un incremento alocado del endeudamiento y con ello la especulación, debido a la abundancia de beneficios fáciles, producidos por un aumento constante del precio de las acciones Para que se tenga una idea de las "locuras del endeudamiento", una persona podía comprar $10,000.00 en acciones y pagar con sólo $2,500.00 o menos. El resto se lo facilitaba un banco como préstamo con la garantía de las acciones recién compradas y/o con bienes personales (casas, fincas, empresas).
Había que pagar una comisión la cual oscilaba entre un 6%; 10% y hasta un 15% al corredor por la "gestión del préstamo", pero para los ciudadanos comunes esto no importaba ya que las ganancias de las acciones que se obtenían cubrían esos costos.
Lo más maravilloso de una manía especulativa es que crea sus propias esperanzas. Como se aprendería más tarde la primera regla de los valores de la propiedad: "Una cosa vale lo que la gente cree que vale".
Más adelante, las "facilidades de financiamiento" dieron lugar a la creación de los Trusts de inversión. La idea de los trusts era vieja cuando llegó a los Estados Unidos, ya que desde el siglo XVIII existían en Inglaterra y en Escocia. La forma de operar un trust era obtener fondos de los inversionistas a cambio de acciones preferentes del trust. Con el dinero, el trust compraba acciones de otras empresas.
Para que se tenga una idea de la manera que se expandió este tipo de organización financiera especulativa, para el año 1928 existían más de180 trusts de inversión organizados. Para 1929 se crearon 265 nuevos trusts, casi uno diario por cada día hábil. En 1927 los trusts vendieron al público cerca de 400 millones de dólares. Para el 1929, se vendieron aproximadamente 3,000 millones. En el otoño del 1929 los trust de inversión tenían sobre 8,000 millones en activos, se estima que era unas once veces lo que tenían en el 1927. Estos activos crecían porque las acciones ordinarias de las empresas aumentaban de valor y esto se reflejaba en los estados financieros del trust, no así en el del inversionista preferente del trust, ya que esas acciones tenían un valor fijo. En algunos trusts para darle más seguridad y fortalecer su imagen ante el público, los jerarcas de Wall Street y los personajes del gobierno, contrataron a reputados economistas.
El American Founders Group, importante familia de trusts de inversión contrató como director al famoso experto de Princeton en cuestiones monetarias, el profesor Edwin W. Kemmerer y al doctor Rufus Tucker, figura de reconocida fama. Al principio de 1929 las acciones de la United Founders, la compañía más importante del grupo, se cotizaban a 75 dólares por acción, pero para antes del cierre del año su cotización era de menos de 75 centavos. Aquel otoño el destacado profesor Irving Fisher, de Yale, planteó su inmortal estimación: "Los precios de los valores han alcanzado lo que parece ser un nivel permanentemente alto". Una declaración que lo marcaría como la más lamentable e ingenua para un profesor de economía del prestigio de Fisher. Él mismo perdió millones de dólares. Fuera de esa mortal declaración, al profesor Fisher se le recuerda por sus aportes al estudio de los números índices; teoría económica y teoría monetaria. Todos estos trusts no lograron sobrevivir a la debacle del 1929, con todo y los renombrados economistas. Tres años después, en 1932, la gran mayoría de los trusts de inversión habían desaparecido.
Esto enseñaría, años más tarde, que "las crisis se dan por una prosperidad falsa en la que al principio las ganancias en acciones son muy rápidas pero no sobre bases reales".
Otra institución que tuvo un penoso análisis sobre la situación de los precios de las acciones del mercado de valores fue la Harvard Economic Society, un instituto extremadamente conservador, dirigido por profesores de ciencias económicas de la afamada Universidad de Harvard. Su trabajo era ayudar a hombres de negocios a predecir el futuro, y en ocasiones, servían al público sobre sus científicos pronósticos. Si bien durante el primer semestre del 1929, la Sociedad mantuvo una posición de pesimismo y pronosticó una recesión. Al llegar el verano y viendo que sus pronósticos no se habían producido, optó por abandonar su pesimismo y confesar que se habían equivocado, y que los negocios marchaban viento en popa. En noviembre ya con la gran depresión en marcha, afirmaron con toda su elocuencia, que era absolutamente improbable que sobreviniese una depresión tan severa como la del 1920. La Sociedad se mantuvo en esa posición hasta que la depresión comenzó a hacer sus estragos, lo que condujo a que al año siguiente fue vergonzosamente disuelta.
Pero hubo excepciones, una de las más inquisidoras era la de Paul M. Warbug, del International Acceptance Bank, en marzo del 1929 conminó a la Reserva Federal para que estableciera una política monetaria más severa, y llegó a señalar que si no se ponía fin a la orgía de "irrefrenada especulación" se terminaría en un hundimiento del mercado. Y que este hecho haría "que todo el país se vería envuelto en una depresión general." Algunos portavoces de Wall Street se molestaron en contestarle y entre los calificativos usados fueron que Warburg era atrofiado y retrógrado, y que sus opiniones sin sentido, "estaban saboteando la prosperidad Americana."
Pero fue el New York Times y su presidente Alexander Dana Noyes quienes mantuvieron una firme postura ante la especulación. Y en más de una ocasión pidieron la vuelta a la "cordura y a la realidad. Es de suponer que el día 24 de octubre, el Times disfrutó configurar el enorme titular en el encabezado de la página principal informando la caída extraordinaria del valor de las acciones.
El verano del 1929 mantuvo a la gente efervescente, tanto por el calor, como porque los precios de las acciones subían día a día, casi sin retroceso. Para que se tenga una idea, en junio, el índice industrial del Times ganó 52 puntos; en julio ganó otros 25 puntos; en agosto un salto de 33 puntos. En tres meses tuvo una subida de 110 puntos; y en general el total de la bolsa brincó de 339 a finales de mayo a 449 a finales de agosto. El índice del Times eran los índices aritméticos no ponderados de veinticinco títulos que se consideraban valores buenos y firmes con regulares cambios de precio y mercado generalmente dinámico.
El jueves 24 de octubre el desplome del precio de las acciones fue intenso, alcanzó tintes de pánico dramáticos, con multitudes de personas en confusión.
Gran número de inversionistas vieron cómo su dinero, en muchos casos tomado a crédito, se evaporaba en cuestión de días. A las doce y treinta los directivos de la Bolsa de New York cerraron las puertas al público. Una de las personas que salían demostró su increíble predestinación para ser testigo en diversos eventos históricos. Este personaje era el exministro de Hacienda Winston Churchill, que había restaurado en 1925 el patrón oro como medida de referencia de la Libra Esterlina, y con esa decisión se revalorizó fuertemente esa moneda y con ello un aumento de la tasa de interés en Inglaterra.
Para algunos historiadores económicos esa decisión fue una de las causas del auge de la expansión del crédito y la especulación, al llegar muchos ingleses en busca de dinero barato. Para la tarde se convocó una reunión urgente de banqueros en las oficinas de J.P. Morgan y se diseñó el plan de ofertar recursos para detener el pánico. Y lo lograron durante el viernes. El fin de semana hubo hasta misas con sus sermones incluidos en que se recordaba que lo que había pasado era castigo de Dios, porque se habían olvidado de los valores espirituales, atentos sólo a la ambición de hacerse ricos.
Por el lado gubernamental, las medidas económicas tomadas por el gobierno republicano del presidente Herbert Hoover agrandaron notoriamente la depresión. Hoover, un partidario del laissez faire, se negó a emplear el poder del gobierno para intervenir en la economía y como resultado las condiciones empeoraron. Su aporte fue solo de palabras, llegó a señalar que "los elementos más importantes de la economía de la nación, la producción y distribución de bienes de consumo se asientan sobre bases firmes y sólidas". Lo mismo le pasó a la Reserva Federal, que se opuso a intervenir el mercado inyectándole recursos.
Por el contrario, disminuyó la oferta monetaria y aumentó la tasa de interés. Con esta decisión le echó más leña al fuego.
La semana comenzó nerviosa y agitada, pero la pesadilla más tenebrosa llegó el martes 29 de octubre, algunos historiadores consideran ese día como el más devastador en la historia de la Bolsa de New York y en la historia financiera en todos los mercados.
Todo el mundo entró en pánico y decidió vender. El problema era que no había quién hiciera frente a la extraordinaria multitud que se congregaba en las puertas de la Bolsa de Valores. El 'crash' bursátil motivó una reacción en cadena en el sistema financiero, con numerosos bancos que empezaron a tener problemas de solvencia y de liquidez al acentuarse la desconfianza en su capacidad de reembolsar a los depositantes. Todos los resortes que sostenían el andamiaje financiero de la Bolsa de Valores de New York se dispararon. Y entonces comenzó el llanto y el crujir de dientes. Para muchos había llegado el día del juicio final. Para el cierre de ese día se habían perdido 14 mil millones en valores, con esto se completaron 30 mil millones en la semana.
Aquí debieron aplicar la segunda regla de los valores, la cual es tan difícil de seguir como colgar un cascabel a un gato: "No seas el primo que cargue con el muerto."
La bomba de la especulación había explotado. Cuando el crash tocó fondo en 1932, el índice Dow Jones llegó al miserable nivel de 41.22 el 8 de Julio, el más bajo desde el siglo XIX. Se habían perdido el 90% del valor de las acciones, y tomó 25 años para que recuperara el valor del 1929. En los primeros seis meses quebraron 346 bancos en todo el país, con un total neto de depósitos de 115 millones de dólares. En 1933 en los EE.UU., había casi 13 millones de trabajadores sin trabajo, deambulando de un estado a otro de la Unión, huyendo de la miseria y en pos de la supervivencia. Es decir, uno de cada cuatro norteamericanos. Para que se tenga una idea, debido a la quiebra de muchas industrias y negocios, en 1933 el Producto Bruto Interno fue aproximadamente una tercera parte inferior al 1929.
El gobierno de Hoover estableció el control de numerosos precios con un intervencionismo en el sector agrícola y con el establecimiento del arancel Smoot-Hawley en 1930, que condujo a una carrera mundial hacia el proteccionismo y el nacionalismo económico. El resultado no pudo ser más devastador. Las importaciones estadounidenses descendieron de 4.400 millones de dólares en 1929 a 1.500 en 1932, mientras que las exportaciones cayeron de 5.400 millones de dólares en 1929 a 2.100 en 1932. El comercio mundial y el PIB de los Estados Unidos se redujeron a un 66% y un 68%, respectivamente, entre 1929 y 1934. Esta y otras torpes decisiones profundizaron la crisis. Y Hoover, de ser un abanderado del laissez faire, pasó a tomar medidas de corte fascista.
La lección que esto enseña es que "no se puede confiar en el capitalismo, y que el gobierno necesita tomar un activo rol en la economía a los efectos de salvarnos de una catástrofe".
Franklin Delano Roosvelt fue electo Presidente de los Estados Unidos en 1932 y, montado sobre el caballo de la intervención gubernamental, estableció un paquete de medidas económicas y sociales como el New Deal o el "Pacto Nuevo", a menudo considerado como la salvación de la Gran Depresión. Para muchos historiadores económicos, esto tampoco reactivó la economía, aunque gozara de una gran popularidad.
Por desgracia la solución a la "tragedia de la gran depresión" se resolvió, irónicamente, con "otra tragedia". La Segunda Guerra Mundial. Este acontecimiento obligó a todas las empresas de Estados Unidos a incorporarse a la producción inmensa de todos los bienes que se requirieron para la guerra. Al acabar la guerra en 1945, se había solucionado el problema del empleo y había finalizado la Gran Depresión. Pero con una tragedia que costó cerca de 60 millones de muertos.
aespinp@gmail.com
Había que pagar una comisión la cual oscilaba entre un 6%; 10% y hasta un 15% al corredor por la "gestión del préstamo", pero para los ciudadanos comunes esto no importaba ya que las ganancias de las acciones que se obtenían cubrían esos costos.
Lo más maravilloso de una manía especulativa es que crea sus propias esperanzas. Como se aprendería más tarde la primera regla de los valores de la propiedad: "Una cosa vale lo que la gente cree que vale".
Más adelante, las "facilidades de financiamiento" dieron lugar a la creación de los Trusts de inversión. La idea de los trusts era vieja cuando llegó a los Estados Unidos, ya que desde el siglo XVIII existían en Inglaterra y en Escocia. La forma de operar un trust era obtener fondos de los inversionistas a cambio de acciones preferentes del trust. Con el dinero, el trust compraba acciones de otras empresas.
Para que se tenga una idea de la manera que se expandió este tipo de organización financiera especulativa, para el año 1928 existían más de180 trusts de inversión organizados. Para 1929 se crearon 265 nuevos trusts, casi uno diario por cada día hábil. En 1927 los trusts vendieron al público cerca de 400 millones de dólares. Para el 1929, se vendieron aproximadamente 3,000 millones. En el otoño del 1929 los trust de inversión tenían sobre 8,000 millones en activos, se estima que era unas once veces lo que tenían en el 1927. Estos activos crecían porque las acciones ordinarias de las empresas aumentaban de valor y esto se reflejaba en los estados financieros del trust, no así en el del inversionista preferente del trust, ya que esas acciones tenían un valor fijo. En algunos trusts para darle más seguridad y fortalecer su imagen ante el público, los jerarcas de Wall Street y los personajes del gobierno, contrataron a reputados economistas.
El American Founders Group, importante familia de trusts de inversión contrató como director al famoso experto de Princeton en cuestiones monetarias, el profesor Edwin W. Kemmerer y al doctor Rufus Tucker, figura de reconocida fama. Al principio de 1929 las acciones de la United Founders, la compañía más importante del grupo, se cotizaban a 75 dólares por acción, pero para antes del cierre del año su cotización era de menos de 75 centavos. Aquel otoño el destacado profesor Irving Fisher, de Yale, planteó su inmortal estimación: "Los precios de los valores han alcanzado lo que parece ser un nivel permanentemente alto". Una declaración que lo marcaría como la más lamentable e ingenua para un profesor de economía del prestigio de Fisher. Él mismo perdió millones de dólares. Fuera de esa mortal declaración, al profesor Fisher se le recuerda por sus aportes al estudio de los números índices; teoría económica y teoría monetaria. Todos estos trusts no lograron sobrevivir a la debacle del 1929, con todo y los renombrados economistas. Tres años después, en 1932, la gran mayoría de los trusts de inversión habían desaparecido.
Esto enseñaría, años más tarde, que "las crisis se dan por una prosperidad falsa en la que al principio las ganancias en acciones son muy rápidas pero no sobre bases reales".
Otra institución que tuvo un penoso análisis sobre la situación de los precios de las acciones del mercado de valores fue la Harvard Economic Society, un instituto extremadamente conservador, dirigido por profesores de ciencias económicas de la afamada Universidad de Harvard. Su trabajo era ayudar a hombres de negocios a predecir el futuro, y en ocasiones, servían al público sobre sus científicos pronósticos. Si bien durante el primer semestre del 1929, la Sociedad mantuvo una posición de pesimismo y pronosticó una recesión. Al llegar el verano y viendo que sus pronósticos no se habían producido, optó por abandonar su pesimismo y confesar que se habían equivocado, y que los negocios marchaban viento en popa. En noviembre ya con la gran depresión en marcha, afirmaron con toda su elocuencia, que era absolutamente improbable que sobreviniese una depresión tan severa como la del 1920. La Sociedad se mantuvo en esa posición hasta que la depresión comenzó a hacer sus estragos, lo que condujo a que al año siguiente fue vergonzosamente disuelta.
Pero hubo excepciones, una de las más inquisidoras era la de Paul M. Warbug, del International Acceptance Bank, en marzo del 1929 conminó a la Reserva Federal para que estableciera una política monetaria más severa, y llegó a señalar que si no se ponía fin a la orgía de "irrefrenada especulación" se terminaría en un hundimiento del mercado. Y que este hecho haría "que todo el país se vería envuelto en una depresión general." Algunos portavoces de Wall Street se molestaron en contestarle y entre los calificativos usados fueron que Warburg era atrofiado y retrógrado, y que sus opiniones sin sentido, "estaban saboteando la prosperidad Americana."
Pero fue el New York Times y su presidente Alexander Dana Noyes quienes mantuvieron una firme postura ante la especulación. Y en más de una ocasión pidieron la vuelta a la "cordura y a la realidad. Es de suponer que el día 24 de octubre, el Times disfrutó configurar el enorme titular en el encabezado de la página principal informando la caída extraordinaria del valor de las acciones.
El verano del 1929 mantuvo a la gente efervescente, tanto por el calor, como porque los precios de las acciones subían día a día, casi sin retroceso. Para que se tenga una idea, en junio, el índice industrial del Times ganó 52 puntos; en julio ganó otros 25 puntos; en agosto un salto de 33 puntos. En tres meses tuvo una subida de 110 puntos; y en general el total de la bolsa brincó de 339 a finales de mayo a 449 a finales de agosto. El índice del Times eran los índices aritméticos no ponderados de veinticinco títulos que se consideraban valores buenos y firmes con regulares cambios de precio y mercado generalmente dinámico.
El jueves 24 de octubre el desplome del precio de las acciones fue intenso, alcanzó tintes de pánico dramáticos, con multitudes de personas en confusión.
Gran número de inversionistas vieron cómo su dinero, en muchos casos tomado a crédito, se evaporaba en cuestión de días. A las doce y treinta los directivos de la Bolsa de New York cerraron las puertas al público. Una de las personas que salían demostró su increíble predestinación para ser testigo en diversos eventos históricos. Este personaje era el exministro de Hacienda Winston Churchill, que había restaurado en 1925 el patrón oro como medida de referencia de la Libra Esterlina, y con esa decisión se revalorizó fuertemente esa moneda y con ello un aumento de la tasa de interés en Inglaterra.
Para algunos historiadores económicos esa decisión fue una de las causas del auge de la expansión del crédito y la especulación, al llegar muchos ingleses en busca de dinero barato. Para la tarde se convocó una reunión urgente de banqueros en las oficinas de J.P. Morgan y se diseñó el plan de ofertar recursos para detener el pánico. Y lo lograron durante el viernes. El fin de semana hubo hasta misas con sus sermones incluidos en que se recordaba que lo que había pasado era castigo de Dios, porque se habían olvidado de los valores espirituales, atentos sólo a la ambición de hacerse ricos.
Por el lado gubernamental, las medidas económicas tomadas por el gobierno republicano del presidente Herbert Hoover agrandaron notoriamente la depresión. Hoover, un partidario del laissez faire, se negó a emplear el poder del gobierno para intervenir en la economía y como resultado las condiciones empeoraron. Su aporte fue solo de palabras, llegó a señalar que "los elementos más importantes de la economía de la nación, la producción y distribución de bienes de consumo se asientan sobre bases firmes y sólidas". Lo mismo le pasó a la Reserva Federal, que se opuso a intervenir el mercado inyectándole recursos.
Por el contrario, disminuyó la oferta monetaria y aumentó la tasa de interés. Con esta decisión le echó más leña al fuego.
La semana comenzó nerviosa y agitada, pero la pesadilla más tenebrosa llegó el martes 29 de octubre, algunos historiadores consideran ese día como el más devastador en la historia de la Bolsa de New York y en la historia financiera en todos los mercados.
Todo el mundo entró en pánico y decidió vender. El problema era que no había quién hiciera frente a la extraordinaria multitud que se congregaba en las puertas de la Bolsa de Valores. El 'crash' bursátil motivó una reacción en cadena en el sistema financiero, con numerosos bancos que empezaron a tener problemas de solvencia y de liquidez al acentuarse la desconfianza en su capacidad de reembolsar a los depositantes. Todos los resortes que sostenían el andamiaje financiero de la Bolsa de Valores de New York se dispararon. Y entonces comenzó el llanto y el crujir de dientes. Para muchos había llegado el día del juicio final. Para el cierre de ese día se habían perdido 14 mil millones en valores, con esto se completaron 30 mil millones en la semana.
Aquí debieron aplicar la segunda regla de los valores, la cual es tan difícil de seguir como colgar un cascabel a un gato: "No seas el primo que cargue con el muerto."
La bomba de la especulación había explotado. Cuando el crash tocó fondo en 1932, el índice Dow Jones llegó al miserable nivel de 41.22 el 8 de Julio, el más bajo desde el siglo XIX. Se habían perdido el 90% del valor de las acciones, y tomó 25 años para que recuperara el valor del 1929. En los primeros seis meses quebraron 346 bancos en todo el país, con un total neto de depósitos de 115 millones de dólares. En 1933 en los EE.UU., había casi 13 millones de trabajadores sin trabajo, deambulando de un estado a otro de la Unión, huyendo de la miseria y en pos de la supervivencia. Es decir, uno de cada cuatro norteamericanos. Para que se tenga una idea, debido a la quiebra de muchas industrias y negocios, en 1933 el Producto Bruto Interno fue aproximadamente una tercera parte inferior al 1929.
El gobierno de Hoover estableció el control de numerosos precios con un intervencionismo en el sector agrícola y con el establecimiento del arancel Smoot-Hawley en 1930, que condujo a una carrera mundial hacia el proteccionismo y el nacionalismo económico. El resultado no pudo ser más devastador. Las importaciones estadounidenses descendieron de 4.400 millones de dólares en 1929 a 1.500 en 1932, mientras que las exportaciones cayeron de 5.400 millones de dólares en 1929 a 2.100 en 1932. El comercio mundial y el PIB de los Estados Unidos se redujeron a un 66% y un 68%, respectivamente, entre 1929 y 1934. Esta y otras torpes decisiones profundizaron la crisis. Y Hoover, de ser un abanderado del laissez faire, pasó a tomar medidas de corte fascista.
La lección que esto enseña es que "no se puede confiar en el capitalismo, y que el gobierno necesita tomar un activo rol en la economía a los efectos de salvarnos de una catástrofe".
Franklin Delano Roosvelt fue electo Presidente de los Estados Unidos en 1932 y, montado sobre el caballo de la intervención gubernamental, estableció un paquete de medidas económicas y sociales como el New Deal o el "Pacto Nuevo", a menudo considerado como la salvación de la Gran Depresión. Para muchos historiadores económicos, esto tampoco reactivó la economía, aunque gozara de una gran popularidad.
Por desgracia la solución a la "tragedia de la gran depresión" se resolvió, irónicamente, con "otra tragedia". La Segunda Guerra Mundial. Este acontecimiento obligó a todas las empresas de Estados Unidos a incorporarse a la producción inmensa de todos los bienes que se requirieron para la guerra. Al acabar la guerra en 1945, se había solucionado el problema del empleo y había finalizado la Gran Depresión. Pero con una tragedia que costó cerca de 60 millones de muertos.
aespinp@gmail.com
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