El funeral de la Mamá Grande
Escuché relatar más de una vez a Enriquillo Sánchez con lujo de detalles los esfuerzos que hizo a inicios de los setenta para ser recibido por Carmen Balcells en su coto literario de Barcelona, con resultados infructuosos. La dama de hierro que construyó el boom era de trato difícil, y encumbrada en el Olimpo de la gloria que bosquejó para sus pupilos probablemente no tenía tiempo ni temperamento para bregar con autores desconocidos que tocaban a sus puertas con frecuencia.
En 1960 fundó Carmen Balcells su agencia literaria, alentada por un editor amigo, Joaquím Sabriá. El primero en su catálogo fue Luis Goytisolo. Pero, dos años después, en 1962, inscribía a Gabriel García Márquez y a Mario Vargas Llosa que se convertirían muy pronto en sus puntales, una medida a partes iguales: los hizo ricos y ella a su vez obtuvo cuantiosos ingresos de ambos. Antes de todo, los escritores españoles (los latinoamericanos no habían entrado al ruedo aún) eran, de alguna manera, extorsionados por los editores. Sobrevivían en medio de una especie de semiesclavitud, como alguien definiese entonces el tratamiento contractual. El porcentaje que recibía el autor estaba muy por debajo de las ganancias que obtenían los editores. Balcells cambió el esquema y dignificó el oficio del escritor. No solo los beneficiaba ampliamente con las proporciones debidas, sino que les facilitaba beneficios por traducciones, por reimpresiones y por venta de derechos en otros países, a más de que se ocupaba de sus asuntos personales. Fue de ese modo que Vargas Llosa, García Márquez y otros tantos pudieron instalarse en Barcelona solamente para escribir. La cumbre catalana se convirtió en los sesentas en la capital mundial de la literatura latinoamericana, un título que perdió cuando partieron de allí a mediados de los setentas el Gabo y Vargas Llosa. Cuenta Xavi Ayén, en la mejor historia que se ha escrito sobre el boom, que cuestionada Carmen Balcells de por qué no hizo esfuerzos para que ambos escritores se fuesen de Barcelona, ella, con su natural franqueza exclamaría: “¿Yo convencerles de que se quedaran? ¡Al contrario, deseaba que se fueran! ¡Vaya trabajo me daban!...Médicos, colegios, facturas...Me traían de cabeza, iba escopeteada”.
Fue dura, implacable en el negocio (“fuerte, ambiciosa y visionaria”, manipuladora, decía Jaime Salinas), pero afirman que también tierna, afable. Enfrentó al editor Carlos Barral por sus contratos leoninos con los escritores y defendió con uñas y dientes el derecho de éstos a recibir un pago justo. Les dio dignidad, independencia y libertad a los escritores. Vendía autores franceses e italianos a Seix Barral y con dificultad, como ha sucedido siempre, lograba colocar uno que otro autor español en Europa, pero cuando aparecieron en el ambiente los escritores latinoamericanos no los vendió a nadie, se quedó con ellos y esa actitud en muy corto plazo constituyó su mayor conquista. “Balcells tenía a todos los autores del boom antes de que fueran del boom. Cuando eran desconocidos, ella decidió representarlos. Y ahí radica la clave de su éxito”, según apunta Gonzalo García Barcha, hijo del Gabo.
Era, al decir de Manuel Vázquez Montalbán, una “superagente con licencia para matar”. Con “una maravillosa cabeza” y “energía indómita”, la recuerda Vargas Llosa por estos días, asegurando que “ella indujo y hasta obligó a los editores de España y de América Latina a volverse modernos y ambiciosos, a operar en el amplio marco de toda la lengua y a sacudirse la visión pequeña y provinciana que tenían”. Balcells afirmaba que la relación con sus autores era de “complicidad” y no de “intimidad”. No quería que la malinterpretaran y por eso tenía a la entrada de su oficina un cartel, escrito en catalán, que advertía: “Jamás con los clientes”. Ella afirmaría una vez que solo se enamoró de uno de sus escritores, Graham Greene.
El carácter legendario de su agencia se estableció en 1967 con la publicación de “Cien años de soledad”. De ahí en adelante ella fue, junto con Casa de las Américas de La Habana, el asiento del boom. Ese mismo año, “La casa verde” recibe el premio Rómulo Gallegos en su primera edición. Comenzaba la gloria que tanto ambicionó siempre Carmen Balcells. Más adelante, García Márquez, Vargas Llosa e Isabel Allende facturaban casi el 70% de los ingresos de su negocio, en un catálogo que llegó a tener cientos de representados. Parte de esta lista incluye a los españoles Camilo José Cela, Gonzalo Torrente Ballester, Juan Benet, Terenci Moix, Juan Marsé, Vázquez Montalbán, Ana María Matute, Rafael Alberti, Jaime Gil de Biedma, Eduardo Mendoza, Miguel Delibes, Antonio Gamoneda, y entre los de este tiempo Rosa Montero y Javier Cercas, y de Latinoamérica, junto a los tres grandes mencionados, Rulfo, Neruda, Onetti, Carpentier, Fuentes, Bioy Casares, Cortázar, Cabrera Infante, Mutis, Roa Bastos, Nélida Piñón, Lezama Lima, Skármeta. Hace dieciséis años, visitando la Feria de Frankfurt me detuve en la caseta de la agencia de Carmen Balcells y comprobé que Juan Bosch era parte también de su catálogo. Gracias a su labor, la papisa del mundo editorial de habla hispana visitó tres veces Estocolmo para celebrar los Nobel de sus “cómplices”: García Márquez en 1982, Camilo José Cela, en 1991 y Mario Vargas Llosa en 2010. Naturalmente, disfrutó otros Nobel en gente de su catálogo: Neruda, Vicente Aleixandre, Miguel Angel Asturias y el australiano J. M. Coetzee. Se hizo famosa por las lujosas recepciones que ofrecía, la atención esmerada a sus invitados, sus detalles. Cuando Vargas Llosa recibió el Nobel, Balcells ordenó cajas de chocolates de la famosa pastelería Foix de Sarriá para cada uno de los miembros de la Academia Sueca, pero una vez en Estocolmo preguntó cuántos empleados trabajaban en la institución y días después secretarias y conserjes recibieron el mismo regalo que los académicos. Cuando García Márquez fue el recipiendario del premio, ordenó a decenas de floristerías suecas que llenaran de flores amarillas las salas de la fiesta del Nobel. Cuando Juan Marsé cumplió sesenta años de edad, le organizó una fiesta al estilo Gatsby. Cuando a Vázquez Montalbán le sorprendió la muerte en Bangkok ella fue quien se encargó de traer su cadáver. Era la agente literaria más poderosa del mundo y supo demostrarlo.
A una triunfadora como ella le llovieron, como siempre sucede, toda clase de injurias. “Cuando tienes –declaró una vez- a un autor como Gabriel García Márquez, puedes montar un partido político, instituir una religión y organizar una revolución. Yo opté por esto último”. Admirada y odiada por el mundo editorial que ella transformó, Vargas Llosa recuerda que la calificaron de “traidora, materialista, pesetera, innoble saboteadora del gay saber, literaturicida y mil lindezas más...Le montaron innumerables conspiraciones para ponerla de su lado o asustarla; la amenazaron con apandillarse contra ella y no publicar más a sus representados; le metieron juicios; la adularon y trataron de sobornarla; quisieron quitarle a los autores, ofreciendo a estos mejores condiciones si prescindían de su ofídico agente”. Empero, nadie pudo contra ella. Se mantuvo firme contra viento y marea, y terminó imponiendo sus condiciones y ampliando sus metas. Llegó tan lejos en su propósito de beneficiar a los escritores, que hoy en día en algunas universidades de Estados Unidos se analiza su operación para cancelar los derechos de autor de William Faulkner y James Joyce, entre otros, que eran indefinidos y que solo favorecían a los editores. O como los de Rudyard Kipling que solo recibió 75 libras por una de sus obras. “Gracias a esta transformación radical - lo recordaba la propia Balcells- los herederos de Neruda todavía hoy cobran una cantidad de la que se pueda vivir. Con el sistema anterior, Neruda habría cobrado una sola vez por cada uno de sus libros”.
Vargas Llosa afirma que en los años sesenta y setenta el despacho de Balcells era el epicentro de todo: “El nido de todas las conspiraciones, el refugio de los afligidos y la caja sin fondo de los insolventes. A condición de aceptar su imperio benevolente, de ser dócil y sumiso, uno era feliz. Ella pagaba las cuentas, alquilaba los pisos y resolvía los problemas de electricidad, de transporte, de teléfono, de clandestinidad, y aprobaba o fulminaba los amoríos pecaminosos, asistía a los partos, consolaba a los cónyuges e indemnizaba a las ama ntes”. Profesionalizó el oficio de escritor y exigía a sus autores que, a cambio de mantenerlos de todo, se dedicaran exclusivamente a escribir. Por eso, Cortázar no perteneció en vida a su catálogo, porque el gran escritor argentino se consideraba un escritor amateur y mantenía otros empleos.
Fue Vargas Llosa quien la hizo llamar la Mamá Grande, como la matrona del relato de García Márquez. El funeral de Carmen Balcells se ha realizado a inicios de la semana que termina, a los 85 años de edad. Se cierra un ciclo fundamental en la historia de la literatura de nuestra lengua. El boom que ayudó a crear en los sesentas favoreció a españoles, colombianos, peruanos, mexicanos, uruguayos, chilenos, cubanos y hasta puertorriqueños (la proyección internacional, aunque limitada, de Luis Rafael Sánchez, algo le debe). Lamentablemente, Enriquillo Sánchez no logró contactarla. Tanto nuestro admirado narrador y poeta, como Pedro Peix, Andrés L. Mateo y, a la cabeza, Marcio Veloz Maggiolo, podrían haber hecho el crossover dedicándose exclusivamente a la literatura si alguien los hubiese introducido a Carmen Balcells, la mujer que “cambió la vida de los escritores y fue también su alegría”, como al morir el lunes pasado la definió Juan Cruz.
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