El Napolitano del Malecón
La Pizzería Cesare fue una amable terraza que se convirtió en refugio dominical alternativo de los jóvenes que abrazamos la causa constitucionalista en 1965 en medio del fragor del conflicto bélico cuando éste entró en fase de negociación con la comisión ad hoc de la OEA. Su simpático dueño italiano trataba de normalizar la operación del negocio en medio de una situación anómala. Situada de cara al mar en el Malecón, a una cuadra hacia el oeste del parquecito Rubén Darío, entre la desembocadura de las calles Cambronal y El Número. Allí los legendarios hombres ranas de Montes Arache, con Diego Guerra, Alfonsito y Leo Pedemonte, Ilio Capozzi y André Riviere en traje de combate, acudían a liberar tensiones, como también lo hacían de ordinario en el ambiente del night club del hotel Europa ubicado frente al parque Independencia, regenteado por mi primo Felo Haza del Castillo.
Con un área cerrada dotada de aire acondicionado y otra abierta a la ventilación natural, este local experimentó mutaciones en el tiempo. Fue llamado Los Violines en un cambio de nomenclatura que no viví por hallarme en Chile. Luego evolucionó en 1969 hacia el Piano Bar El Napolitano, un centro fundamental de la bohemia capitalina que contó con la animación del joven pianista y agraciado compositor Danny León, emplazado sobre una plataforma giratoria cual carrusel musical para darle ángulo visual a todos los parroquianos. Alternando con el ángel vocal del trovador Alejandro Dandrades, un veterano surgido en la matriz prodigiosa de La Voz Dominicana, donde integró como voz prima el trío Radhamés (rebautizado Los Juglares) y fue solista de la súper orquesta San José dirigida por Papa Molina. En casa de Fabio Herrera Roa degustamos sus temas en viejas grabaciones guardadas con celo de coleccionista, de este hoy retirado juglar de bien ganada fama.
El Napolitano tuvo el privilegio de disfrutar la presencia mágica del irrepetible Manuel Sánchez Acosta, consagrado autor de temas antológicos de la bolerística latinoamericana como Paraíso soñado y Ven y de la ritmática afroantillana (Papá Bocó, Ají Caribe). Pianista exquisito, jazzómano y fanático maniático de la percusión que llevaba incesante en sus zapatos de mulato y en sus dedos melódicos de músico culto. Auspiciador de nuevas voces del canto dominicano que hallaron en este espacio un ámbito de expresión, como fuera Rhina Ramírez -ganadora del primer lugar en el tercer festival de la canción en 1970 con Peregrina de Jesús Troncoso-, la talentosa multifacética Cecilia García y Angelita Carrasco, la hija de Blas el maestro guitarrista, que hizo carrera internacional desde Madrid. Allí exhibieron sus dotes artísticas Charytín Goico, la versátil diva que nos robó el productor boricua Elin Ortiz cuando irradiaba todo su esplendor de hembra en flor. Iluminada Jiménez, desposada con el cantautor y pianista Aníbal de Peña. Llegada desde la Isla del Encanto y del Coquí, Ednita Nazario desplegó en este rincón del Malecón su encanto lírico y sensual. Cuánta mujer bella y talentosa en un solo pequeño cuadrante.
La veteranísima Julita del Río introdujo ante Danny León a un joven moreno de voz de seda que muy pronto habría de conquistar y romper corazones. Para cubrir la vacante dejada momentáneamente por Alejandro Dandrades, llegado desde el Este, se incorporó al Napolitano Fausto Rey (Fausto Ramón Sepúlveda), quien se acompañaba a sí mismo en la guitarra durante el set de descanso del pianista. El muchacho gustó al auditorio. Produjo un efecto cautivante. Dandrades, recargado, retornó por sus fueros. Restablecido Dandrades en su condición alterna, Fausto fue acomodado por Danny como parte de su trío de piano, pailas y bajo eléctrico, en esta última posición. Hasta que llegó Johnny Ventura y lo reclutó para su combo show. El Niche brillaría en festivales, como fuera el tercero de la canción dominicana, en el cual presentó Eclipse, un tema de Danny León que obtuvo el tercer lugar del certamen organizado por AMUCABA (antes, en 1969, en la segunda edición de este festival motorizado por Almanzor González Canahuate con apoyo de La Tabacalera, Danny había triunfado con Habrá un nuevo mundo, en la voz revelación de July Morales). El humilde vocalista higüeyano haría carrera internacional, acumulando una envidiable historia de grabaciones discográficas con sellos de renombre, incluido Fania Records y la orquesta de Larry Harlow, uno de los íconos de la salsa newyorquina. Anthony Ríos sería otra de las nuevas voces asociadas al lugar.
Manuel María Pimentel y Joaquín Jiménez Maxwell fueron artífices empresariales de este rincón nocturno que acogió a contertulios incansables como Pedritín Delgado Malagón, Andresito Avelino, Tico Tolentino Dipp, Guayaba Estévez Weber, Miñín Soto, el solmeño Nandy Rivas, el poeta y publicista René del Risco, a cuyo grupo habitué se sumaba ocasional el médico pianista y compositor Nelson Lugo, de exquisita sensibilidad musical. Era la época de oro de los festivales, Cecilia García había obtenido un quinto lugar en el segundo encuentro, con una balada de su inspiración. Ese mismo año, 1969, participó en el Primer Festival de la Canción Latina en México. Desde las mesas del Piano Bar El Napolitano se fraguaban temas, se redactaban letras y combinaban compases, seleccionándose a quienes habrían de defender las piezas en las competencias nacionales e internacionales. El país vivía en ebullición artística y se conectaba con el mundo, que avizoraba mejor. Por eso, muchos compositores plasmaron expectativas de un cambio bonancible, dejando atrás la pólvora fratricida que estalló en el 65 y que amenazaba reeditarse, domeñados sus conatos por el puño autoritario de los 12 años.
Cuenta Danny León que Manuel Sánchez Acosta solía subirse a la plataforma giratoria para tocar el piano, a condición de que apagaran el mecanismo a fin de dejarla estacionaria, ya que el movimiento le mareaba e impedía focalizarse en la actuación de la artista que acompañaba. En cierta ocasión en que el médico compositor daba apoyo pianístico en el show, algún malicioso activó el dispositivo rotatorio provocando el malestar de Manuel, quien se enfogonó con justa razón ante la travesura del "gracioso". Yo alcancé la última etapa de Danny, ya que retorné al país a inicios del 71 y éste se movería en 1972 hacia El Embassy en el hotel Embajador, un recinto del máximo prestigio en las noches capitalinas que gozó de la presencia de Agustín Mercier, Rafael Solano, Guillo Carías, Jorge Taveras, entre otros, y la anfitrionía de Francisco Grullón Cordero, Ellis Pérez y el inmenso Freddy Beras Goico.
Pero nuevos capítulos se escribirían en El Napolitano. La Boite amplió la oferta de servicios con el respaldo musical del conjunto liderado por el pianista y autor Panchito Martín Mena -con quien había hecho buena amistad en La Pipa de la Feria. Allí se formó una atmósfera seductora, caliente, que atraía como un imán a la juventud sedienta de diversión gratificante, especialmente los sábados en la noche y los domingos en la tarde. Los temas movidos sonaban bien, Panchito manejaba el swing, el tumbao acubaneado en el teclado, los contrapuntos de trompeta. Contaba con vocalistas como Willy Contreras y Yoyito Cabrera. Salve merecumbé, Déjame solo, Si no hay razón, Yo no sé mentir, Qué hago aquí y Sin tu amor -este último de la autoría de Panchito quien lo interpretaba con sentimiento: "Solo y sin tu amor/ me será todo imposible en la vida". Décadas después me reencontré con Panchito laborando en calidad de entertainer en el hotel Hamaca, en Boca Chica. Un microbús lo recogía en la zona oriental de Santo Domingo para llevarlo al hotel y lo devolvía a las 12 de la noche junto a otros empleados. Cada vez que me alojaba en ese hospedaje los fines de semana compartía horas con el viejo amigo, en compañía de Sonia, ligada entonces a la cadena que operaba el Hamaca. Un complaciente Panchito correspondía a mis pedidos.
Las mutaciones de El Napolitano dieron paso a un moderno hotel habilitado con una amplia terraza en la segunda planta, fresca, con atractivos happy hours que hacían de las tardes en el Malecón una delicia desde ese feliz emplazamiento. Mejor bien acompañado o en solicitud de ello, ante la generosa presencia de hermosas damas. En un Santo Domingo más calmo y seguro, menos explosionado demográficamente, más modesto y austero, gustador de las cosas sencillas de la vida. Un poco de poesía, atardeceres de encanto con el mar de frente sugiriendo sus misterios, algún barco saliendo o entrando al puerto por la ría del Ozama. El rompeolas haciendo su trabajo sedentario ante el bramar del mar. Unos pescadores recogiendo cordeles, anzuelos, plomadas. Los paseantes en animada charla o sentados mirando el jugueteo de las olas, el vuelo de las aves en procura de alimento. El cielo encarnándose, enrojeciéndose, con ese sol casabe grande apagándose por Haina.
Ahí sigue El Napolitano, ahora con casino. Nuevos propietarios y administradores se han sucedido. La última vez que acudí a una actividad fue a invitación de un querido amigo, el doctor Miguel Jacobo, quien ya no está entre nosotros. El motivo, un show de Anthony Ríos. Impecable. Repleto de memorables canciones, anécdotas, humor. En sus años postreros Manuel Sánchez Acosta solía pernoctar ocasionalmente en este hotel, a fin de evitar molestar a altas horas de la noche a la pariente que le daba albergue. Yo le llevaba en mi vehículo, tras recorrer los meandros bohemios de la noche de Santo Domingo. El acompañado del pastillero como único equipaje. Creo que Manuel evocaba en sueños sus momentos de gloria, cuando Chino Almonte le confiara la contratación de artistas de renombre como Lucho Gatica y Marco Antonio Muñiz, por cuenta de La Tabacalera. Y él alentaba la carrera ascendente de "sus muchachas", como gustaba decir al referirse a Rhina, Cecilia, Angelita. Cuando Solano, Troncoso, Babín, Lugo, Danny, levantaban junto a él el estandarte de la buena canción. En una sociedad que también soñaba sueños.
La veteranísima Julita del Río introdujo ante Danny León a un joven moreno de voz de seda que muy pronto habría de conquistar y romper corazones. Para cubrir la vacante dejada momentáneamente por Alejandro Dandrades, llegado desde el Este, se incorporó al Napolitano Fausto Rey (Fausto Ramón Sepúlveda), quien se acompañaba a sí mismo en la guitarra durante el set de descanso del pianista. El muchacho gustó al auditorio. Produjo un efecto cautivante. Dandrades, recargado, retornó por sus fueros. Restablecido Dandrades en su condición alterna, Fausto fue acomodado por Danny como parte de su trío de piano, pailas y bajo eléctrico, en esta última posición. Hasta que llegó Johnny Ventura y lo reclutó para su combo show. El Niche brillaría en festivales, como fuera el tercero de la canción dominicana, en el cual presentó Eclipse, un tema de Danny León que obtuvo el tercer lugar del certamen organizado por AMUCABA (antes, en 1969, en la segunda edición de este festival motorizado por Almanzor González Canahuate con apoyo de La Tabacalera, Danny había triunfado con Habrá un nuevo mundo, en la voz revelación de July Morales). El humilde vocalista higüeyano haría carrera internacional, acumulando una envidiable historia de grabaciones discográficas con sellos de renombre, incluido Fania Records y la orquesta de Larry Harlow, uno de los íconos de la salsa newyorquina. Anthony Ríos sería otra de las nuevas voces asociadas al lugar.
Manuel María Pimentel y Joaquín Jiménez Maxwell fueron artífices empresariales de este rincón nocturno que acogió a contertulios incansables como Pedritín Delgado Malagón, Andresito Avelino, Tico Tolentino Dipp, Guayaba Estévez Weber, Miñín Soto, el solmeño Nandy Rivas, el poeta y publicista René del Risco, a cuyo grupo habitué se sumaba ocasional el médico pianista y compositor Nelson Lugo, de exquisita sensibilidad musical. Era la época de oro de los festivales, Cecilia García había obtenido un quinto lugar en el segundo encuentro, con una balada de su inspiración. Ese mismo año, 1969, participó en el Primer Festival de la Canción Latina en México. Desde las mesas del Piano Bar El Napolitano se fraguaban temas, se redactaban letras y combinaban compases, seleccionándose a quienes habrían de defender las piezas en las competencias nacionales e internacionales. El país vivía en ebullición artística y se conectaba con el mundo, que avizoraba mejor. Por eso, muchos compositores plasmaron expectativas de un cambio bonancible, dejando atrás la pólvora fratricida que estalló en el 65 y que amenazaba reeditarse, domeñados sus conatos por el puño autoritario de los 12 años.
Cuenta Danny León que Manuel Sánchez Acosta solía subirse a la plataforma giratoria para tocar el piano, a condición de que apagaran el mecanismo a fin de dejarla estacionaria, ya que el movimiento le mareaba e impedía focalizarse en la actuación de la artista que acompañaba. En cierta ocasión en que el médico compositor daba apoyo pianístico en el show, algún malicioso activó el dispositivo rotatorio provocando el malestar de Manuel, quien se enfogonó con justa razón ante la travesura del "gracioso". Yo alcancé la última etapa de Danny, ya que retorné al país a inicios del 71 y éste se movería en 1972 hacia El Embassy en el hotel Embajador, un recinto del máximo prestigio en las noches capitalinas que gozó de la presencia de Agustín Mercier, Rafael Solano, Guillo Carías, Jorge Taveras, entre otros, y la anfitrionía de Francisco Grullón Cordero, Ellis Pérez y el inmenso Freddy Beras Goico.
Pero nuevos capítulos se escribirían en El Napolitano. La Boite amplió la oferta de servicios con el respaldo musical del conjunto liderado por el pianista y autor Panchito Martín Mena -con quien había hecho buena amistad en La Pipa de la Feria. Allí se formó una atmósfera seductora, caliente, que atraía como un imán a la juventud sedienta de diversión gratificante, especialmente los sábados en la noche y los domingos en la tarde. Los temas movidos sonaban bien, Panchito manejaba el swing, el tumbao acubaneado en el teclado, los contrapuntos de trompeta. Contaba con vocalistas como Willy Contreras y Yoyito Cabrera. Salve merecumbé, Déjame solo, Si no hay razón, Yo no sé mentir, Qué hago aquí y Sin tu amor -este último de la autoría de Panchito quien lo interpretaba con sentimiento: "Solo y sin tu amor/ me será todo imposible en la vida". Décadas después me reencontré con Panchito laborando en calidad de entertainer en el hotel Hamaca, en Boca Chica. Un microbús lo recogía en la zona oriental de Santo Domingo para llevarlo al hotel y lo devolvía a las 12 de la noche junto a otros empleados. Cada vez que me alojaba en ese hospedaje los fines de semana compartía horas con el viejo amigo, en compañía de Sonia, ligada entonces a la cadena que operaba el Hamaca. Un complaciente Panchito correspondía a mis pedidos.
Las mutaciones de El Napolitano dieron paso a un moderno hotel habilitado con una amplia terraza en la segunda planta, fresca, con atractivos happy hours que hacían de las tardes en el Malecón una delicia desde ese feliz emplazamiento. Mejor bien acompañado o en solicitud de ello, ante la generosa presencia de hermosas damas. En un Santo Domingo más calmo y seguro, menos explosionado demográficamente, más modesto y austero, gustador de las cosas sencillas de la vida. Un poco de poesía, atardeceres de encanto con el mar de frente sugiriendo sus misterios, algún barco saliendo o entrando al puerto por la ría del Ozama. El rompeolas haciendo su trabajo sedentario ante el bramar del mar. Unos pescadores recogiendo cordeles, anzuelos, plomadas. Los paseantes en animada charla o sentados mirando el jugueteo de las olas, el vuelo de las aves en procura de alimento. El cielo encarnándose, enrojeciéndose, con ese sol casabe grande apagándose por Haina.
Ahí sigue El Napolitano, ahora con casino. Nuevos propietarios y administradores se han sucedido. La última vez que acudí a una actividad fue a invitación de un querido amigo, el doctor Miguel Jacobo, quien ya no está entre nosotros. El motivo, un show de Anthony Ríos. Impecable. Repleto de memorables canciones, anécdotas, humor. En sus años postreros Manuel Sánchez Acosta solía pernoctar ocasionalmente en este hotel, a fin de evitar molestar a altas horas de la noche a la pariente que le daba albergue. Yo le llevaba en mi vehículo, tras recorrer los meandros bohemios de la noche de Santo Domingo. El acompañado del pastillero como único equipaje. Creo que Manuel evocaba en sueños sus momentos de gloria, cuando Chino Almonte le confiara la contratación de artistas de renombre como Lucho Gatica y Marco Antonio Muñiz, por cuenta de La Tabacalera. Y él alentaba la carrera ascendente de "sus muchachas", como gustaba decir al referirse a Rhina, Cecilia, Angelita. Cuando Solano, Troncoso, Babín, Lugo, Danny, levantaban junto a él el estandarte de la buena canción. En una sociedad que también soñaba sueños.
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