En un mundo animal
LECTURAS A DECIR COSAS POR ANÍBAL DE CASTRO
Parece que un índice se escapó a quienes han encasillado el desarrollo en una serie de apartados que aspiran a describir con exactitud de cronómetro suizo cuáles sociedades marchan a la cabeza o a la zaga: el tratamiento de las mascotas. Perros y gatos, de toda jaez, tamaño y pelambre imaginables, amén de una diversidad inimaginable de otros ejemplares del mundo animal, comparten en condiciones privilegiadas millones de hogares en el primer mundo, y su manejo y cuidado ha llegado a influir otro mundo, el de la política.
Si algo distingue a los países más avanzados de los menos, es el amor, atención e importancia que dispensan a sus animales domésticos. Perros realengos, por ejemplo, no he visto. Si los hay por abandono de sus dueños, son recogidos y colocados en albergues especiales a la espera de que alguien los adopte. En el ínterin, la municipalidad corre a cargo del mantenimiento. Las redadas para exterminar a cuantos "viralatas" deambulan por calles, parques y barrios de la capital más vieja del Nuevo Mundo, serían inaceptables y un verdadero despropósito, por ejemplo, a ojos de un británico, alemán, norteamericano o canadiense. De la sorpresa de comprobar que en una ciudad de tan vieja data hay jaurías que constituyen un azote, pasarían al espanto al comprobar que una vez víctimas de una muerte atroz por envenenamiento, a esos perros callejeros se les deja en la vía pública más tiempo del prudente, a veces hasta pudrirse.
En el desarrollo, los animales tienen derechos consignados en leyes y reglamentaciones específicas, y para defenderlos están miríadas de organizaciones y sociedades protectoras, de militancia activa y métodos a veces inhumanos, como los que han puesto en práctica algunos colectivos opuestos a los experimentos científicos con animales vivos. Las autoridades no se hacen de la vista gorda ante el más mínimo maltrato, como lo acredita un jockey que, frustrado, aporreó a su caballo en la cabeza. Fue multado y debió pedir disculpas públicas.
En el caso de los humanos, derecho implica responsabilidad. Con las mascotas, el fardo se invierte: a ellas, el derecho; a los dueños, la responsabilidad. Aun así, millones de ciudadanos no tienen problema en tratar a sus cánidos mejor que a ellos mismos. El sedentarismo tal vez les roba vida, pero cada día, temprano en la mañana o al retornar a casa después de la jornada laboral, llueve, truene, ventee o con la temperatura desplomada, ejercitan a sus chuchos bolsa plástica en mano para recoger los detritos, tal como acuerdan las reglamentaciones urbanas para impedir que las calles sean un solo "vidrio inglés".
Y sí, tanto mimo y carantoña para un cuadrúpedo, observable en cualquier hogar o parque, conduce invariablemente a inquirir si la mascota importa más que el humano. En Japón, por ejemplo, la tasa de natalidad anda por los suelos, no así el número de perros en los hogares, que supera ya al de niños menores de 12 años: 13 millones. Como anfitriones, los japoneses carecen de parangón. Tal vez por eso han creado cafés, desfiles de moda, clases de yoga y de baile, reflexología y en esta época cibernética, hasta una especie de Facebook para sus amiguitos de cuatro patas. Tanto amor y tantos perros y gatos ofrecen una buena oportunidad de negocio, otra área en la que los japoneses se destacan: un billón de yenes, o sea, 11 mil 475 millones de dólares al año. Mil millones de dólares más que la cifra que se baraja para la reconstrucción de Haití.
Como los problemas fiscales están de moda en el mundo desarrollado, los recaudadores de impuestos han mirado hacia los animales en busca de fondos para restablecer las maltrechas arcas públicas. Japón se plantea una tasa a la venta de mascotas y Terminator, en su papel como Arnold Schwarzenegger, gobernador de California, ha propuesto sumarles un itebis a las prestaciones veterinarias. La desesperación fiscal es evidente ya que solamente otros tres estados de la Unión han osado gravar esos servicios. Sin embargo, otros animales, esta vez congresuales, acechan a Barack Obama para devorarlo y frustrar sus esfuerzos por lograr que todos los norteamericanos tengan acceso a los servicios de salud. Para humanos, por supuesto.
En el Reino Unido, la historia fiscal perruna es otra, amén de que como país, la familia real incluida, no tiene rival en la enorme afección que dispensa a las mascotas, sobre todo a los perros. La Reina Isabel II tiene una marcada debilidad por los "corgis", --al menos posee cuatro-- una raza de perros galeses que se distingue por su fina estampa y una resistencia a las enfermedades que contrasta con lo diminuto de sus cuerpos. Bastó una semana de críticas y consecuente peligro electoral -habrá visita a las urnas probablemente en mayo-para que el gobierno desistiera de obligar a los seis millones de dueños de perros a colocarles un microchip de identificación, proveerse de un seguro de protección por daños a tercero y pagar un impuesto.
A la intención fiscal, empujada por un faltante en las cuentas públicas que monta doble dígito, se suma la seguridad ciudadana. Con mayor frecuencia y por la dificultad para agenciarse otro tipo de armas, los delincuentes se valen de agresivos caninos para cometer sus crímenes. Una ley de 1991 regula la propiedad de canes peligrosos, pero los incidentes de personas atacadas y muertas a dentelladas aumentan por lo que se advierte como una necesidad de revisar a fondo el marco legal. Un reporte reciente de las secretarías del Interior y del Ambiente da cuenta de que unas cien personas reciben atención médica semanalmente como consecuencia de ataques de perros, un aumento de un 50% en un año. Ni hablar de los pobres carteros, que aportan mensualmente 400 víctimas a las estadísticas de los incisivos caninos. El número de perros sospechosos de ser violentos retenidos por la Policía metropolitana aumentó un 60% en el 2009, mientras que los casos judiciales relacionados sobrepasaron el 50% en un año, amén de que los internamientos hospitalarios por mordidas del mejor amigo del hombre han subido en Londres un 79%, muy por encima del 43% nacional.
Algunas crianzas son reconocidas por su fiereza, como los pit bull terriers, el dogo argentino o el tosa japonés, cuya tenencia, crianza o comercio están prohibidos en Gran Bretaña. El año pasado, Paul Massey, un niño de cuatro años oriundo de Liverpool, fue literalmente destrozado por un pitbull terrier que su familia criaba ilegalmente. La propia naturaleza provee el terreno para convertir animales usualmente apacibles en instrumentos de violencia mediante el entrenamiento adecuado. Pavlov, el científico ruso, usó perros para probar su teoría sobre los reflejos condicionados.
Stockwell es uno de esos barrios indistinguibles del sur de Londres, habitado en gran parte por inmigrantes pobres que atestan los multifamiliares construidos por el gobierno y en los que las pandillas juveniles se han erigido en un reto a la autoridad. Es en esos reductos urbanos, signados por la exclusión social, donde la posesión de un perro fiero se ha convertido en un símbolo de estatus. Y de medio de terror. A Chrisdian Johnson y a Christopher Ogunyemi los perdió uno. Al primero como victimario, al segundo como víctima. Un bull terrier fue el factor decisivo en abril pasado en un hecho de sangre que terminó con seis puñaladas al chico de 16 años, dos de las cuales le interesaron la aorta. Ogunyemi trató de escalar una cerca y escapar a la suerte que le esperaba al ser atacado junto a sus amigos por la pandilla de Johnson. Bajo las órdenes de su amo, el bull terrier persiguió al jovencito de menos de 100 libras y lo arrastró al suelo cuando se trepaba al muro. Abajo lo esperaba Johnson, con el cuchillo mortal en la mano.
El nombre del ejemplar, herido accidentalmente en la trifulca, es simbólico: Tyson. Desde el año pasado, un científico de la Universidad de Edimburgo ha establecido un banco de data con DNA canino. Tyson, con un microchip insertado por orden judicial en el 2007, dejó un rastro sanguíneo del cual la Policía tomó muestras. Una comprobación forense posterior confirmó que la misma sangre cubría parte del cuerpo de Johnson cuando lo detuvo la Policía, prueba de que amo y perro estuvieron en la escena del crimen. Convicto del asesinato de Ogunyemi y de atentar contra la vida de un amigo de éste, Hurui Hiyabu, el joven pandillero fue condenado ayer a prisión perpetua. Tyson, a muerte.
La mascota como objeto y reemplazo de afectos, quizás restados a congéneres con los cuales debería identificarnos la humanidad. La mascota como canal de violencia aterradora dirigida contra nuestros semejantes con el propósito expreso de privarlos, de manera animal, de sus propiedades o de su integridad física. En uno y otro caso, el protagonista es el mismo. Y no precisamente cuadrúpedo.