Felipe Pirela: Únicamente tú

Felipe Pirela

La vida es un puñado de instantes fugaces, de lecciones enriquecedoras -y en el mejor de los casos- de recuerdos bellos. Uno de mis recuerdos bellos tiene que ver con Felipe Pirela, "Millonario del Zulia" para sus compatriotas venezolanos y "Bolerista de América" para el resto del mundo hispanoparlante.

Tuve un vis à vis con Felipe en mi Santo Domingo natal en la década del sesenta, contando doce o trece años de edad. Pero puedo evocar el momento con nitidez y con la misma nostalgia otrora alimentada por las ondas Hertzianas y el "Pídalo hoy y escúchelo mañana", programa de Radio Mil, la emisora de los éxitos. Yo era oyente fiel de aquel programa vespertino que en su fase eliminatoria me compelía a llamar por teléfono un promedio de treinta veces, procurando que Pirela obtuviera la puntuación máxima que lo proclamaría intérprete de preferencia entre otros cantantes y le abriría las puertas de los hogares capitaleños para deleitarnos con sus boleros desgarradores en la noche siguiente. En aquella época en que no existía la TV por cable, la radio era uno de los medios de distracción por excelencia y Pirela, mi príncipe de acetato.

Los locutores de Radio Mil exaltaban las dotes interpretativas de Felipe con alabanzas que, lejos de parecerme un exceso, me sabían a gloria. Ningún halago a mi ídolo era suficiente para mí, ningún encomio demasiado grande. La voz de Felipe removía las fibras más recónditas de mi alma y a él debía en parte mi tendencia al dramatismo y el acopio de palabras con las cuales crecía mi vocabulario por minuto. Porque las composiciones de ayer eran sumamente poéticas y el lenguaje del bolero, sofisticado y metafórico. En consecuencia, mis visitas al diccionario eran tan numerosas como mis viajes al teléfono fijo de discado que en mi euforia yo marcaba sin cesar, haciendo caso omiso a la advertencia monótona de mi madre: "Va a llamar tu tía en cualquier momento y no quiero que encuentre la línea ocupada". ¿Qué más daba que me mandaran a la cama temprano si algo semejante llegase a suceder? El fin justificaba los medios.

Una noche, al enterarme de que Felipe agotaría una serie de presentaciones en el país, me paré de mi mecedora de caoba como impelida por un resorte y con el radio de transistores todavía pegado de la oreja les pedí a mis padres que me compraran un boleto de admisión al paraíso. Mis padres accedieron divertidos y días más tarde me mandaron al Olimpia en compañía de una vecina mayorcita.

El Olimpia era un teatro pequeño destinado a la exhibición de películas y a presentaciones en vivo. Llegamos allí las primeras, Amnerys y yo. Ella quiso que nos sentáramos en la séptima u octava hileras y yo accedí por cortedad, no por convicción. En realidad, me habría gustado ocupar una butaca de primera fila donde acaso podría tocar al bolerista si llegaba a ponerse al alcance de mi mano. Resignada y calladita empecé a fantasear, a pedirle a mi suerte que me deparara un encuentro sui generis con Felipe, algo que me dejara un sabor más que casual de aquella noche de noches.

A este punto debo de aclarar que yo no estaba enamorada de Felipe, sino de su voz. Él no me atraía físicamente. En cambio su voz... Y más que su voz, su "feeling". Aquel dejo de tristeza que solía materializarse en un mohín. Aquel añoñaíto delicioso que aunado a un discurso musicalizado y cándido, confería a sus entregas un sello magistral. Lo digo hoy, tantísimo tiempo más tarde. Lo digo ahora, sin ambages y sin pena: A Pirela teníamos que haberle dado el Nobel de la sensibilidad interpretativa.

A los quince minutos de estar sentada en mi butaca del Olimpia y de notar que nadie más había hecho acto de presencia todavía, comprendí que Amnerys y yo habíamos llegado demasiado temprano. Mi vecina y amiga me recomendó ir al baño antes de que subiera el telón carmesí.

Sin ganas me paré de mi asiento y caminé por uno de los pasillos alfombrados hasta el fondo del teatro. Cuando giré hacia la izquierda me topé de bruces con Felipe, que estaba sentado en un sofá. Así, sin más ni más, me topé con Felipe Pirela. Sin previo aviso la vida me lo ofrecía en bandeja de plata. Enseguida regurgité el corazón y me lo volví a tragar. Respiré profundo. Aunque las rodillas me sonaban como maracas, me sobrepuse al susto del momento y abordé al morocho con la resolución y la certeza de que las oportunidades se pintan calvas.

Intercambiamos palabras muy cálidas, Pirela y yo. Me explicó que se había sentado allí para chequear que la ambientación estuviera acorde a sus deseos. Me trató con deferencia y prometió firmar mi autógrafo a la salida. Me pidió que regresara a mi lugar porque la presentación estaba a punto de iniciar. Creo que le preocupaba la idea de que en mi entusiasmo púber yo corriera al baño en medio de una de sus canciones y que el alboroto de mis pisadas rompiera el sortilegio del momento. Como si semejante cosa hubiese sido posible, Felipe. Como si al tú abrir la boca yo no me habría quedado pegada en mi luneta, con tal de no desperdiciar un solo segundo lejos de ti.

Regresé junto a Amnerys hecha una gelatina poco antes de que apagaran las luces. Apenas tuve tiempo de contarle a grandes rasgos. Creo que mi recuento atropellado quedó trunco cuando Felipe salió al escenario: "Quisiera abrir lentamente mis venas, mi sangre toda verterla a tus pies para poderte demostrar que más no puedo amar y entonces, morir después...". Sombras nada más empezaba a cantar Felipe entre aplausos ensordecedores. Y nada menos que sombras veía yo en derredor, pues la concurrencia me importaba un rábano, Amnerys incluida. Las candilejas lo enfocaban a él y mis ojos ya no podían mirar a un punto que no contuviera siquiera un ápice de su persona.

Felipe Pirela era bajo de estatura y con tendencia a la obesidad. Pero en su cara de niño bueno cargaba todo el sex appeal que tanto apelaba al instinto maternal de sus seguidoras. Cantó mucho aquella noche, y tuvo que despedirse varias veces, pues la sala, repleta, le exigía otro numerito. Y luego otro más.

"Yo no me puedo resignar, yo no puedo vivir sin ella. ¿Por qué vivir en vez de amar por culpa de mi mala estrella? Pensando yo la esperaré, soñando que vendrá algún día. Que será de vuelta para siempre mía, como ayer lo fue..." Hermosas canciones. Comunión total de fondo y forma. Boleros nacidos del sentimiento más sublime, más complejo, más íntimo. Los compositores Mario de Jesús, Nino Segarra y Rafael Hernández, entre otros, eran unos poetas consumados que se inspiraban alternativamente en el amor y en el despecho: "Sigue de frente, no te detengas en mi puerta que allí dejaste casi muerta toda mi felicidad.. Sigue de frente, con tu cadena de fracasos, que si hoy te vencen los ocasos, fue por tu perversidad."

A la salida del Olimpia la aglomeración de las fans era increíble. ¿De dónde rayos había surgido tanta mujer histérica?. Amnerys se mantenía ecuánime y me agarraba por el brazo, pero a mí igual casi me aplasta la horda de seguidoras que se le abalanzó a Felipe encima y le dejó la camisa hecha jirones. Todas esas féminas me llevaban horas de vuelo y me ganaban en estatura y peso. Por eso quedé incrustada en una pared mientras que indefensa y adolorida veía a Felipe pasar por mi lado, levantado en vilo por la muchedumbre. Mi vocecita que repetía su nombre como un mantra se perdió en la batahola y con resignación empecé a caminar hacia la puerta cuando la turba me hizo espacio. Más, de repente, un rayo de luz iluminó mi ámbito. De alguna manera, no sé cómo, Felipe se había devuelto a cumplir su promesa y a estamparme el autógrafo en una página azul celeste: "Para Sonia con afecto, Felipe Pirela". Su gesto más que amable, su sonrisa franca y su firma recargada habrían de acompañarme siempre. Cinco o seis años más tarde, el bolerista de América moría de un balazo en el pecho y yo lo lloraba entre los nardos y las azucenas.

¿Qué significó Pirela para mí? Bastante. Felipe me validó en una época crucial de mi crecimiento en la cual estaba asqueada de que me trataran como a una mocosa presumida. Al devolverse para firmar mi autógrafo, él me supo más adulta de lo que otros me suponían. Además, it takes one to know one. Al margen de sus posibles razones, Felipe Pirela fue un ser tan melancólico como yo. Quizás por eso me identifiqué enseguida con su emotividad. Su dolor era el mío. Mi dolor era el suyo. Y nuestro dolor no podía ser acallado con una cucharadita de Exilir Paregórico disuelto en agua porque emanaba de un recoveco del corazón. La nuestra era tal vez una pena existencial, la pesadumbre de la vida consciente de la que habló Rubén Darío. Aunque influenciada por las canciones de la época, yo atribuyera mi estado anímico a la falta de mi media naranja, de mi otra mitad.

Yo formo parte de una generación privilegiada en un sentido y sentenciada en el otro. Por un lado, supimos lo que era enamorarse; degustar y exprimir nuestras emociones hasta la última gota. Por el otro, nos dejamos engañar con falsas premisas y verdades a medio cocer. ¿Quién dijo que el estado ideal del ser humano es la vida en pareja? ¿Quién dijo que la gente no puede ser feliz si no encuentra su propia razón en otro ser? La juventud de hoy es mucho más individualista, más tajante y no pierde el tiempo formulando utopías. La juventud de hoy no se muere de amor y por tanto, ya nadie escribe boleros.

La vida pasa y las cosas cambian. Para bien o para mal, volver a sentir como antes es prácticamente imposible. Por eso digo que únicamente tú y que únicamente entonces pudiste intoxicar mi alma con la melodía de la tuya, Felipe.