Francisco y Cirilo: una difícil tarea pendiente

El líder de la Iglesia ortodoxa rusa, el patriarca Cirilo (Kirill), izquierda, y el papa Francisco. (AP)

En la historia de los cristianos hay dos aspectos que signan su trayectoria: la dispersión y la persecución. Desde los inicios de la cristiandad, la indisciplina, las disidencias y los afanes cismáticos han bordeado su historia de forma constante.

Desde la traición de Judas y la negación de Pedro, este grave dilema quedó instalado en su devenir. La autoridad apostólica de Pedro, como jefe de la ekklesia, tuvo que manifestarse con frecuencia mediante la imposición de castigos a los que desobedecían las normas, muy a pesar de que el propio Pedro era de naturaleza tozuda y cambiante que más de una vez llevó a Pablo a verse obligado a amonestarlo. Las cartas de Pablo están llenas de recriminaciones sobre las inconductas de los primeros cristianos, así como de orientaciones férreas y a la vez piadosas para afirmar la fidelidad en medio de las dificultades múltiples que se presentaban a diario en la organización eclesial.

La misiva jugó un papel importante en el sostenimiento de la fe cristiana en las primeras fases de su existencia. Las comunidades estaban dispersas por distintas partes del mundo mediterráneo y las cartas que se cruzaban los apóstoles con los conversos organizados contribuían a mantener el relacionamiento fraterno y a practicar las normas de convivencia establecidas. Los gálatas, los corintios, los filipenses, entre otras comunidades, mantenían su unidad como iglesia gracias a las misivas constantes que recibían. Fue en ese ámbito fundador que surgió por primera vez la palabra “católico”, se cree que asumido por Ignacio, líder de la Iglesia de Antioquía. No surge como un término congregacional, sino como un adjetivo que servía para identificar a toda la comunidad de creyentes. Fue a finales del siglo II cuando Ireneo de Lyon, obispo de esa ciudad francesa, asignó el término a la iglesia que lo lleva actualmente, a causa de los grupos disidentes del cristianismo que, para entonces, comenzaban a ocasionar divisiones. Ireneo quería distinguir a la Iglesia, como ente universal, frente a las iglesias que comenzaban desde ya a disgregarse bajo distintos y casi siempre contrapuestos liderazgos. La palabra “católico” surge como sinónimo de “ortodoxo”, de modo que decir uno o lo otro era afirmar lo mismo: fe verdadera y culto correcto. Católico y ortodoxo era la Iglesia en su totalidad (se le llamó entonces Gran Iglesia), enfrentada a las sectas heréticas o cismáticas que se llamaban cristianas. Como nos enseña el teólogo de la Universidad de Notre Dame, Lawrence S. Cunningham “en las fases tempranas de la historia del cristianismo, catolicismo significaba dos cosas: la unidad de las iglesias locales, y una fe común profesada a través del culto, las creencias y otras formas de articulación de la tradición antigua”.

No son pocos, incluso entre los católicos, los que identifican a la Iglesia católica exclusivamente con lo que se denomina la tradición romana. Pero, sucede que hay otras muchas iglesias con ritos, liturgias, ordenamientos canónicos y administrativos distintos que, en su diversidad, están unidos a la dirección del obispo de Roma, o sea del Papa. Algunos mantienen esa relación de forma permanente y otros de forma ocasional. Existen 21 iglesias particulares que están en comunión con el Papa. En occidente y en nuestra América latina conocemos el rito romano, pero existe el rito bizantino (Ucrania, Rutenia), el etíope, el maronita libanés, el sirio oriental, el caldeo, el siro-malabar, el sirio occidental y el siro-malankar, en el sur de la India. Los coptos y los armenios, que siguen la misma fe católica, solo están en comunión con el Papa en casos específicos. Todas ellas son conocidas como Iglesias de rito católico oriental. Estas iglesias, junto a la católica per se fundamentan su existencia y práctica en tres columnas fundamentales: la enseñanza de la fe conforme la tradición apostólica, la liturgia sacramental, y la comunión o contacto permanente con el Papa. La unidad en la diversidad como modelo ideal del catolicismo, según Cunningham. La iglesia romana, que es la que conocemos y a la que muchos entre nosotros pertenecemos, es la mayor de todas, pero existe un decreto eclesial que establece que “estas Iglesias son iguales en rango, de manera que ninguna está por encima de las demás a causa de su rito. Tienen los mismos derechos y obligaciones, incluido el deber de predicar los Evangelios por todo el mundo”. Particularmente creo que en esta diversidad se concentra la grandeza y permanencia del catolicismo, como fuente de la Revelación y depositaria fundamental de la fe cristiana.

La unidad de la Gran Iglesia o de la Iglesia católica se fracciona, irremediablemente, por causas muy complejas para analizarlas ahora, cuando en plena Edad Media se separan las Iglesias de Oriente y Occidente. Desde entonces, la cristiandad occidental es católica y la oriental ortodoxa. Todo esto a pesar de que ambas se consideraban católicas (universal) y ortodoxas (porque defendían la verdadera fe y el culto auténtico). La dispersión que se produce con los ortodoxos seguiría su curso en el siglo XVI cuando muchos católicos se separan y se origina la Reforma Protestante. Es a partir de entonces que la Iglesia católica se ve obligada a añadir su título “romano”, aunque algunos especialistas estiman que debe llamarse Iglesia católica de Roma. Se fija así la llamada “teoría de las ramas”: una iglesia católica con tres ramas, la anglicana, la ortodoxa y la romana.

Cuando hace una semana, el papa católico Francisco se reunió con el patriarca ortodoxo ruso Cirilo en el aeropuerto de Rancho Boyeros, en Cuba, buscando la unidad en la diversidad, el motivo central viene dado por las nuevas persecuciones que están sufriendo los cristianos en distintas partes del mundo, sin importar que sean católicos, ortodoxos griegos o rusos, bautistas, adventistas o evangélicos. Pero, al mismo tiempo, obedece este encuentro a una dinámica establecida desde el concilio Vaticano II de promover la unidad de los cristianos, con intentos muy concretos en el pontificado de Juan Pablo II, tanteos fracasados de Benedicto XVI y planes en dirección directa al objetivo, de Francisco, quien ya ha conquistado al patriarca ortodoxo Bartolomé de Constantinopla, quien asistiera a su ordenación papal. Se están fusilando, masacrando y llevando a la horca a miles de cristianos en Oriente Medio y Africa, como si estuviéramos en el medioevo o en tiempos posteriores que muchos creían superados. Francisco no busca por ahora a los anglicanos que obedecen las directrices de la Reina de Inglaterra, y que es otra historia de la dispersión ya señalada, sino a los ortodoxos que desde 1054 están separados del Obispo de Roma. No busca Francisco que Cirilo plante genuflexión ante él, sino que en la unidad de objetivos, ambas iglesias se mantengan en comunión constante para enfrentar los desafíos de este milenio de asombros. Las dos tienen la misma fe, los mismos evangelios, los mismos sacramentos, rezan el Padrenuestro (el Credo original nace en la ortodoxia), comparten la administración de lugares santos en Jerusalén. La dispersión intrínseca del cristianismo desde sus orígenes, los ha mantenido desunidos durante 962 años. Ahora están llamados a unirse para salvar a los cristianos perseguidos con saña en diversas partes del mundo. Francisco lo llamó “hermano”. Eso es lo que son desde los tiempos iniciales del cristianismo, depositarios de una misma fe y de un culto auténtico. Cirilo al saludarle le llamo “Su Santidad”, reconociendo así el tratamiento que se le debe al obispo de Roma. “Los dos queríamos reunirnos y caminar hacia delante”, dijo Francisco.

Cuba –¿quién podría haberlo vaticinado?- 58 años después de que la Revolución incluyera en su rutero la exclusión del catolicismo en la nueva realidad ideológica y política que se iniciaba entonces, se constituye en el espacio seleccionado para el encuentro de unidad entre ortodoxos y católicos. Europa no podía ser, porque el patriarca ruso dejó bien claro cuando el encuentro se planificaba que todavía están muy vivos los acontecimientos que en ese continente provocaron la trágica división de los cristianos de Oriente y Occidente. “Yo voy a donde tú quieras; tú me llamas y yo voy”, le habría dicho por teléfono Francisco a Cirilo en 2014. Católicos y ortodoxos tienen por delante una difícil tarea: cerrar las puertas de la dispersión para enfrentar las mancuernas de la persecución, signos terribles que dos mil años después siguen sacudiendo los cimientos de la Iglesia de Jesucristo.