La magia numérica de los aniversarios

Ignoro las razones que confieren un significado especial a los aniversarios cuando el número de años es divisible por cinco. Como si un lustro fuese la linterna mágica para escudriñar mejor el pasado, descubrir sus secretos o, simplemente, replantearlo de acuerdo a las nuevas circunstancias.

También para el futuro. Los planes de organización social y económica suelen ser quinquenales, indicación de que, nuevamente, el cinco es el número considerado indispensable para que los proyectos cuajen. ¿Por qué no seis, ocho o nueve, guarismos contenedores de energía positiva y de suerte para los orientales que pliegan su fortuna al azar, en las mesas de juego o en apuestas inverosímiles? Si bien todo lo que termina en cuatro es señal de mal agüero para los chinos, que no han logrado librarse de la numerología pese a la Revolución Cultural y décadas de comunismo, hay una razón entendible, válida aunque sea por mera fonética: cuatro y muerte suenan igual en mandarín. Pero cinco...

Ya en otra categoría, con un mensaje potente que sobrepasa la cantidad numérica, adviene el decenio o década. Infame, en el caso de la Argentina en la primera mitad del siglo pasado, cuando los golpes de estado eran tan populares como el asado. O perdida, para registrar el fracaso latinoamericano con el estatismo a ultranza y un mal concebido "desarrollo hacia dentro". Involución total cuyas consecuencias aún reverberan en una mentalidad que no se acostumbra a la competencia y a los vientos globalizadores.

Atrás en el tiempo, la Europa del siglo XVII vivió una conflagración sin precedentes, un choque de los titanes de la época: Portugal, Cataluña, Saboya y el Piamonte, con Alemania el principal escenario de batalla. Por detrás, como siempre, las demás potencias. No fue exactamente éste su tiempo de duración, pero el bautizo para la posteridad observa rigurosamente la regla del cinco: La guerra de los 30 años.

Medidos en cuatrienio, lustros, décadas o lo que sea, los aniversarios tienen más de una lectura, aunque ignoro si cinco. La importancia viene dada por la frescura que el hecho celebrado haya conservado con el paso de los años. Y, por supuesto, qué tanto camino ha abierto, las consecuencias, qué impronta ha marcado o qué tan revolucionario ha sido y significado un nuevo punto de partida, una referencia para el porvenir.

El tiempo, por lo visto, no lo borra todo si hay voluintad para impedirlo. Las fechas se recuerdan aunque muchas queden relegadas con los años a los libros de historia o al cesto de desperdicio de experiencias. En oportunidades devienen en celebraciones intrascendentes, excepto porque son días de asueto colectivo.

La vida es un cambio constante, y mañana habrá otras ocurrencias que concitarán la atención o competirán con éxito por un espacio en el inventario de vivencias. Necesitamos un antídoto contra el olvido, contra la ausencia de un pasado en nuestras vidas y conciencias que nosotros mismos, en nuestra individualidad o gregarismo, hemos catalogado como imborrable. Y esa carga de emociones, recuerdos, esa resurrección de hechos, tal vez con luces diferentes y cuerpo nuevo, volvemos a retomarla cuando los años que la separan de nuestro presente pueden dividirse exactamente entre cinco. Sigo sin saber por qué.

Son también, las conmemoraciones, momento estelar para reescribir el pasado y acomodarlo al presente con pretensiones de futuro. Lo vivimos en estos prolegómenos del 70 aniversario del inicio de la II Guerra Mundial. La televisión oficial rusa difunde con frecuencia inusual un documental en que Polonia aparece aliada de los nazis y responsable de la agresión contra la entonces Unión Soviética de Stalin. La historia que conocemos es otra, también escrita por vencedores, y asegura con pruebas aparentemente irrefutables que los tanques soviéticos por un costado y los alemanes por el otro, ejecutaron a sangre y fuego el Pacto Ribbentrop-Molotov, los cancilleres de Hitler y Stalin, en la Polonia del reparto.

Interesa saber cuál version prevalecerá, si alguna, cuando Vladimir Putin y Angela Merkel se encuentren en Polonia para los actos de recordación, este primero de septiembre.

Puede que mi estulticia numérica tenga reparación. En los aniversarios, la única coincidencia cierta de los celebrantes se remite a la suma de años. El concierto es matemático, y dada la exactitud requerida en consecuencia, cinco es la clave perfecta para descifrar por lo menos uno de los códigos de las celebraciones, fechas, aniversarios. Acuerdo total en la suma y en cuándo celebrar, mas no así qué y, por supuesto, por qué ni para qué.

El punto, digamos, es otro, y tal vez no tan simple como aparenta: ¿70 años, siete décadas ó 14 lustros cambian las verdaderas consecuencias de un hecho que afectó a toda la humanidad y estampó errores indescriptibles en la historia de una Europa supuestamente ilustrada? ¿No serán igualmente de doloroso el 71 aniversario, y de trágica la historia, el año próximo, cuando no habrá conmemoración rimbombante ni menciones en los medios?

Debimos esperar que se cumpliesen cinco siglos del descubrimiento de América para que un torrente de reinterpretaciones y reconsideración de los papeles protagónicos en la magna empresa engrosaran los estantes de librerías y bibliotecas y encendiesen polémicas ya extinguidas, pero que de se seguro se reavivarán cuando se añadan 50 años más a la aventura del genovés. Que no se escape la paradoja de celebrar -o lamentar- en 1992, lo que pudo haberse hecho antes. Porque, y es lo trascendente, 500 ó 600 años de cambios de calendarios, los hechos son exactamente los mismos. Sólo cambia la interpretación, para gloria o desventura, para dolor o alegría.

El exordio, largo pero menos que un lustro, tiene una meta menos ambiciosa que la búsqueda de un redescubrimiento histórico o social, o adjuntar años para lustrar los huesos de alguna figura de méritos inobservados. Me quedo en la aparente trivilialidad de otros aniversarios, todos con notas, altas y bajas, repartidas fuera y dentro del pentagrama de la admiración colectiva. Algunos con remonte de siglos hacia atrás; otros de ¿apenas? unas décadas.

Agosto es verano, temporada de los principales festivales europeos, convocatoria obligada para los grandes músicos, directores de orquesta, con el género operatico como el perenne gran invitado: Edimburgo, Verona, Bayreuth, Pesaro y mi preferido, Salzburgo, entre otros. Y para el jazz, el megacélebre Montreux, Mar del Norte, Saint Jean les Pins, Londres...

Este es el año de Joseph haydn. Corrijo, este es el año de los 200 años del compositor austríaco que ganó gloria y fama en Londres a una edad que ya era de retiro en esa época. Tenía cinco décadas y ocho años cuando un empresario alemán lo contratató para que se desplazara a Inglaterra con el propósito de que sus sinfonías fuesen interpretadas por una orquesta grande. Nadie es profeta en su tierra, y en sus dos visitas al país que lo acogió con la grandeza que su genio merecía, compuso 250 obras.

Inadvertido en el país (quisiera estar equivocado), en el 2008 se cumplieron 50 años de una revolución en la música latinoamericana, específicamente la brasileña, sin dudas la más relevante, rica y que major recoge nuestra multiplicidad cultural: la aparición del bossa nova, gracias al genio creativo de Joao Gilberto, Antonio Carlos Jobim y el poeta y diplomático Vinicius de Moraes.

Y otro hito, también musicial y en un apartado que pertenece a Estados Unidos por ser la cuna de ese género rebozante de vitalidad y con posibilidades de creatividad única para sus intérpretes: el jazz. Medio siglo atrás, en un agosto, seis músicos, capitaneados por el trompetista Miles Davis, grabaron un álbum innovador: Kind of blue. Se abrió un nuevo camino de libertad interpretativa en una música que nació esclava.

Son aniversarios dignos de un análisis y explicaciones posteriores. No así el de esta columna, de apenas un año, matemáticamente desprovisto de significación por una razón simple: indivisible por cinco.

Debimos esperar que

se cumpliesen cinco siglos

del descubrimiento

de América para que

un torrente de

reinterpretaciones

y reconsideración de

los papeles protagónicos

en la magna empresa

engrosaran los estantes

de librerías y bibliotecas

y encendiesen polémicas

ya extinguidas.