La matriz transnacional haitiana (II)
En nuestro artículo anterior comenzamos a hablar de la evolución de la matriz transnacional haitiana y describimos brevemente la existencia de una población transfronteriza que se llama a sí misma "rayana".
También comenzamos a describir a otro grupo de inmigrantes haitianos llamados am-bas-fils, que durante décadas han estado cruzando la frontera burlando los controles militares o comprando el favor de los comandantes militares y los caciques políticos, y han terminado estableciéndose en territorio dominicano.
Dijimos que hay pocos estudios sobre los am-bas-fils. Estos estudios hacen mucha falta pues apenas conocemos casi los procesos de adaptación de esta creciente población en las zonas fronterizas, y no sabemos qué porcentaje de ellos se aleja de la frontera y se establece en las ciudades y campos del interior del país.
Sabemos, sí, que muchos se convierten en peones de los terratenientes dominicanos, y cuando digo terratenientes no estoy hablando de latifundistas ricos necesariamente, sino de campesinos pobres tanto de las zonas fronterizas como del interior del país que necesitan mano de obra barata para ayudarles a preparar y sembrar sus campos y recoger sus cosechas.
Cuando digo "no sabemos" estoy hablando de saber académico. Son muy pocos y fragmentarios los estudios sobre esta población, aunque Wilfredo Lozano, Carlos Dore, Frank Báez y otros comenzaron a identificarlos hace algunos años.
No sabemos mucho acerca de los flujos migratorios, tampoco, ni de los senderos que utilizan los am-bas-fils para penetrar en territorio dominicano sin documentos de inmigración.
Ocasionalmente la prensa describe incidentes que tienen lugar, algunos de ellos sangrientos, cuando se descubren camiones y furgones que importan clandestinamente a los am-bas-fils por las carreteras de la Línea Noroeste y del Suroeste de la República.
Pero, repito, faltan los estudios sistemáticos. Falta todavía que nos digan como se escalona el flujo migratorio a lo largo de las rutas de la inmigración clandestina.
También faltan estudios que describan la formación de micro-comunidades haitianas en la periferia y hasta en el mismo centro de muchas comunidades dominicanas, como ocurre actualmente en Río Limpio o en Constanza, por ejemplo.
Sabemos más de otro grupo de haitianos que durante más de cincuenta años vinieron contratados por los ingenios estatales y privados para cortar caña todos los años.
De éstos había algunos que lograban quedarse o se las ingeniaban para retornar fuera de la temporada de zafra y se asentaban en los bateyes o en zonas de alta densidad de población negra como los campos de San Cristóbal o las zonas rurales circundantes a la ciudad de Santo Domingo (Villa Mella, Perantuén, La Isabela, Manoguayabo, Bayona, Engombe, Haina, Nigua, etc.).
Ahora bien, esos haitianos residentes permanentes de los bateyes ¿En qué se diferencian de los am-bas-fils que se quedan estacionados en la frontera? ¿Cuán rápido se asimilan y se dominicanizan unos y otros?
No lo sabemos tampoco, pero mi hipótesis es que ambos grupos se dominicanizan gradualmente con modalidades subculturales distintas pues no compartimos una sola frontera con Haití sino varias (por lo menos ocho), según he escrito en otra parte.
Aun cuando los medios de comunicación (la radio y la televisión particularmente) han estado unificando lingüística y culturalmente la población dominicana, todavía hay diferencias culturales entre los habitantes de las fronteras y los residentes de los bateyes.
Hasta hace pocos años había diferencias observables entre los habitantes de los bateyes circundantes a las grandes ciudades azucareras (Santo Domingo, San Pedro de Macorís, San Cristóbal, Puerto Plata) y los de bateyes de zonas más remotas, como Sabana Grande de Boya, Monte Plata, etc.
Como se ve, el proceso migratorio haitiano hacia la República Dominicana ha pasado por varios momentos muy distintos, y cada momento tiene varias historias muy diversas. Lo mismo ha ocurrido con el prejuicio.
Por ejemplo, el rechazo al haitiano durante la Primera República (1844-1861) es muy distinto al que se observa después de la Restauración y, más todavía, después de la firma del Tratado de Reconocimiento, Paz, Amistad, Comercio y Navegación con Haití en 1874.
Asimismo, hubo variaciones en la intensidad del prejuicio durante la ocupación norteamericana de ambos países. Según ha observado Bernardo Vega en uno de sus libros, hubo menos expresiones de prejuicio en los años anteriores a la masacre de 1937.
Menciono el prejuicio porque pienso que tiene relación con los procesos de adaptación y asimilación de la población haitiana en este país, pues la oficialización o no del prejuicio ha condicionado mucho las políticas migratorias del Estado Dominicano.
Los haitianos que emigraron a la República Dominicana entre 1961 y el año 2000 tuvieron que elaborar y practicar nuevas estrategias de adaptación y asimilación muy distintas a las que pasaron por la experiencia migratoria antes de la masacre de 1937.
Lo mismo puede decirse de los que pasaron por la experiencia migratoria durante los largos gobiernos de Balaguer (los doce y los diez años) y durante el interregno de los gobiernos perredeístas, entre 1978 y 1986.
Durante los más de sesenta años (1937-2000) en que la frontera dominico-haitiana estuvo formalmente cerrada, la inmigración clandestina continuó y la población haitiana continuó creciendo.
Creció tanto entonces que los medios de comunicación se referían a ella como un fenómeno visible al cual las autoridades nacionales debían ponerle atención. Hubo sociólogos, como Frank Marino Hernández, que le dedicaron libros al fenómeno (1973), y hasta la Iglesia Católica escribió varias cartas pastorales sobre el tema durante los últimos veinticinco años del siglo pasado.
Hoy, más que antes, una masa creciente de haitianos continúa adoptando el territorio dominicano como lugar de residencia para ellos y sus descendientes, fenómeno éste que se interrumpió bastante durante la Era de Trujillo, pero que se reactivó a partir de la desaparición del dictador.
Históricamente, entonces, tenemos varios hilos de acontecer. Por un lado tenemos una masa bastante voluminosa de trabajadores de sexo masculino que venían anualmente a trabajar en los campos de caña, que aprendían algo o mucho de español en los bateyes, que asimilaban costumbres y valores culturales dominicanos, que regresaban y repetían la experiencia inmigratoria estacional varias o muchas veces en el curso de sus vidas, que se relacionaban y hasta dejaban descendencia entre la población residente en los bateyes.
Además, tenemos a los rayanos, de los cuales ya hemos hablado. Y por otro lado tenemos a los am-bas-fils, muchos de los cuales fueron, y son todavía, reclutados por residentes dominicanos en las provincias fronterizas.
Muchos am-bas-fils se establecen en las provincias fronterizas y se dominicanizan parcialmente, se hacen rayanos sin dejar de ser haitianos, van y vienen, y cruzan continuamente la frontera, aprenden español más o menos bien, envían sus hijos a escuelas dominicanas, se relacionan con la población dominicana, y tienen descendencia con nativos y nativas dominicanos.
De estos inmigrantes clandestinos podemos aventurarnos a decir que son haitianos transnacionalizados pues tienen la capacidad de moverse entre uno y otro país con poca dificultad y mantienen vigentes sus lazos familiares y vínculos económicos, sociales y culturales con su sociedad de origen.
Pero los am-bas-fils no se quedan en las zonas fronterizas. Desde hace más de dos décadas la mayoría se aventura a dar un salto aún más largo y se muda a los campos y ciudades del interior dominicano para trabajar como peones agrícolas en los campos de café, arroz y otros, como lo registró Wilfredo Lozano en varios trabajos suyos de los años 80 y 90 del siglo pasado.
Muchos de estos inmigrantes se esparcieron y siguen esparciéndose por todo el mundo rural dominicano y hoy se les ve trabajando en plantaciones de tabaco, en hatos ganaderos, en fincas bananeras, en los platanales y conucos del Cibao, etc.
La dispersión de los am-bas-fils durante los años 80 y 90 del siglo pasado ocurrió en un tiempo en que todavía el discurso nacionalista dominaba la política migratoria nacional y dominaba también las decisiones supremas del Estado.
Creo que nos vendría bien contrastar la intensidad de la migración haitiana con el discurso nacionalista dominicano en los medios de comunicación y en los escritos académicos, así como en los pronunciamientos políticos, oficiales y no oficiales, durante esos años.
Según esos textos, esta fue una década en que un político de origen haitiano estuvo a punto de subvertir las estructuras tradicionales del poder articulando fuerzas políticas que trataban de llevarlo a la presidencia de la República. Me refiero a José Francisco Peña Gómez.
También fue un período en que en Haití estaba viviendo una profunda crisis política: golpes de Estado, un embargo económico, una nueva intervención militar extranjera, y una crisis económica que obligó a muchos haitianos a escapar en bote hacia los Estados Unidos y a cruzar la frontera para establecerse en la República Dominicana. Me refiero al largo y tormentoso proceso que va desde la caída de Jean Claude Duvalier, en 1986, hasta el segundo derrocamiento de Jean Bertrand Aristide, en 2004.
La larga tiranía de los Duvalier hizo que muchos emigrantes haitianos perdieran la esperanza de regresar a su país. Algo parecido a lo que ocurrió en República Dominicana en tiempos de Trujillo.
Entonces se hablaba de una diáspora haitiana, como se habló durante siglos de la diáspora judía. Se hablaba de una diáspora haitiana de más de un millón de personas dispersas en los Estados Unidos, Canadá, Francia, Martinica y Guadalupe.
En esos países, efectivamente, la población haitiana se ha dispersado y ha experimentado un intenso proceso de asimilación. En algunas ciudades de esos países se han constituido verdaderas comunidades y vecindarios haitianos.
Las recientes crisis de Haití han extendido la diáspora haitiana hacia la República Dominicana, al mismo tiempo que se ha ido formando una diáspora dominicana en los Estados Unidos y otras partes del mundo. Hoy tenemos más de millón y medio de dominicanos viviendo en el extranjero. Muchos de esos dominicanos, como los haitianos, se han transnacionalizado.
Para hablar de las semejanzas y diferencias entre ambas diásporas debemos primero explicar qué son los procesos de transnacionalización. Intentaremos hacerlo en el siguiente artículo.
Sabemos, sí, que muchos se convierten en peones de los terratenientes dominicanos, y cuando digo terratenientes no estoy hablando de latifundistas ricos necesariamente, sino de campesinos pobres tanto de las zonas fronterizas como del interior del país que necesitan mano de obra barata para ayudarles a preparar y sembrar sus campos y recoger sus cosechas.
Cuando digo "no sabemos" estoy hablando de saber académico. Son muy pocos y fragmentarios los estudios sobre esta población, aunque Wilfredo Lozano, Carlos Dore, Frank Báez y otros comenzaron a identificarlos hace algunos años.
No sabemos mucho acerca de los flujos migratorios, tampoco, ni de los senderos que utilizan los am-bas-fils para penetrar en territorio dominicano sin documentos de inmigración.
Ocasionalmente la prensa describe incidentes que tienen lugar, algunos de ellos sangrientos, cuando se descubren camiones y furgones que importan clandestinamente a los am-bas-fils por las carreteras de la Línea Noroeste y del Suroeste de la República.
Pero, repito, faltan los estudios sistemáticos. Falta todavía que nos digan como se escalona el flujo migratorio a lo largo de las rutas de la inmigración clandestina.
También faltan estudios que describan la formación de micro-comunidades haitianas en la periferia y hasta en el mismo centro de muchas comunidades dominicanas, como ocurre actualmente en Río Limpio o en Constanza, por ejemplo.
Sabemos más de otro grupo de haitianos que durante más de cincuenta años vinieron contratados por los ingenios estatales y privados para cortar caña todos los años.
De éstos había algunos que lograban quedarse o se las ingeniaban para retornar fuera de la temporada de zafra y se asentaban en los bateyes o en zonas de alta densidad de población negra como los campos de San Cristóbal o las zonas rurales circundantes a la ciudad de Santo Domingo (Villa Mella, Perantuén, La Isabela, Manoguayabo, Bayona, Engombe, Haina, Nigua, etc.).
Ahora bien, esos haitianos residentes permanentes de los bateyes ¿En qué se diferencian de los am-bas-fils que se quedan estacionados en la frontera? ¿Cuán rápido se asimilan y se dominicanizan unos y otros?
No lo sabemos tampoco, pero mi hipótesis es que ambos grupos se dominicanizan gradualmente con modalidades subculturales distintas pues no compartimos una sola frontera con Haití sino varias (por lo menos ocho), según he escrito en otra parte.
Aun cuando los medios de comunicación (la radio y la televisión particularmente) han estado unificando lingüística y culturalmente la población dominicana, todavía hay diferencias culturales entre los habitantes de las fronteras y los residentes de los bateyes.
Hasta hace pocos años había diferencias observables entre los habitantes de los bateyes circundantes a las grandes ciudades azucareras (Santo Domingo, San Pedro de Macorís, San Cristóbal, Puerto Plata) y los de bateyes de zonas más remotas, como Sabana Grande de Boya, Monte Plata, etc.
Como se ve, el proceso migratorio haitiano hacia la República Dominicana ha pasado por varios momentos muy distintos, y cada momento tiene varias historias muy diversas. Lo mismo ha ocurrido con el prejuicio.
Por ejemplo, el rechazo al haitiano durante la Primera República (1844-1861) es muy distinto al que se observa después de la Restauración y, más todavía, después de la firma del Tratado de Reconocimiento, Paz, Amistad, Comercio y Navegación con Haití en 1874.
Asimismo, hubo variaciones en la intensidad del prejuicio durante la ocupación norteamericana de ambos países. Según ha observado Bernardo Vega en uno de sus libros, hubo menos expresiones de prejuicio en los años anteriores a la masacre de 1937.
Menciono el prejuicio porque pienso que tiene relación con los procesos de adaptación y asimilación de la población haitiana en este país, pues la oficialización o no del prejuicio ha condicionado mucho las políticas migratorias del Estado Dominicano.
Los haitianos que emigraron a la República Dominicana entre 1961 y el año 2000 tuvieron que elaborar y practicar nuevas estrategias de adaptación y asimilación muy distintas a las que pasaron por la experiencia migratoria antes de la masacre de 1937.
Lo mismo puede decirse de los que pasaron por la experiencia migratoria durante los largos gobiernos de Balaguer (los doce y los diez años) y durante el interregno de los gobiernos perredeístas, entre 1978 y 1986.
Durante los más de sesenta años (1937-2000) en que la frontera dominico-haitiana estuvo formalmente cerrada, la inmigración clandestina continuó y la población haitiana continuó creciendo.
Creció tanto entonces que los medios de comunicación se referían a ella como un fenómeno visible al cual las autoridades nacionales debían ponerle atención. Hubo sociólogos, como Frank Marino Hernández, que le dedicaron libros al fenómeno (1973), y hasta la Iglesia Católica escribió varias cartas pastorales sobre el tema durante los últimos veinticinco años del siglo pasado.
Hoy, más que antes, una masa creciente de haitianos continúa adoptando el territorio dominicano como lugar de residencia para ellos y sus descendientes, fenómeno éste que se interrumpió bastante durante la Era de Trujillo, pero que se reactivó a partir de la desaparición del dictador.
Históricamente, entonces, tenemos varios hilos de acontecer. Por un lado tenemos una masa bastante voluminosa de trabajadores de sexo masculino que venían anualmente a trabajar en los campos de caña, que aprendían algo o mucho de español en los bateyes, que asimilaban costumbres y valores culturales dominicanos, que regresaban y repetían la experiencia inmigratoria estacional varias o muchas veces en el curso de sus vidas, que se relacionaban y hasta dejaban descendencia entre la población residente en los bateyes.
Además, tenemos a los rayanos, de los cuales ya hemos hablado. Y por otro lado tenemos a los am-bas-fils, muchos de los cuales fueron, y son todavía, reclutados por residentes dominicanos en las provincias fronterizas.
Muchos am-bas-fils se establecen en las provincias fronterizas y se dominicanizan parcialmente, se hacen rayanos sin dejar de ser haitianos, van y vienen, y cruzan continuamente la frontera, aprenden español más o menos bien, envían sus hijos a escuelas dominicanas, se relacionan con la población dominicana, y tienen descendencia con nativos y nativas dominicanos.
De estos inmigrantes clandestinos podemos aventurarnos a decir que son haitianos transnacionalizados pues tienen la capacidad de moverse entre uno y otro país con poca dificultad y mantienen vigentes sus lazos familiares y vínculos económicos, sociales y culturales con su sociedad de origen.
Pero los am-bas-fils no se quedan en las zonas fronterizas. Desde hace más de dos décadas la mayoría se aventura a dar un salto aún más largo y se muda a los campos y ciudades del interior dominicano para trabajar como peones agrícolas en los campos de café, arroz y otros, como lo registró Wilfredo Lozano en varios trabajos suyos de los años 80 y 90 del siglo pasado.
Muchos de estos inmigrantes se esparcieron y siguen esparciéndose por todo el mundo rural dominicano y hoy se les ve trabajando en plantaciones de tabaco, en hatos ganaderos, en fincas bananeras, en los platanales y conucos del Cibao, etc.
La dispersión de los am-bas-fils durante los años 80 y 90 del siglo pasado ocurrió en un tiempo en que todavía el discurso nacionalista dominaba la política migratoria nacional y dominaba también las decisiones supremas del Estado.
Creo que nos vendría bien contrastar la intensidad de la migración haitiana con el discurso nacionalista dominicano en los medios de comunicación y en los escritos académicos, así como en los pronunciamientos políticos, oficiales y no oficiales, durante esos años.
Según esos textos, esta fue una década en que un político de origen haitiano estuvo a punto de subvertir las estructuras tradicionales del poder articulando fuerzas políticas que trataban de llevarlo a la presidencia de la República. Me refiero a José Francisco Peña Gómez.
También fue un período en que en Haití estaba viviendo una profunda crisis política: golpes de Estado, un embargo económico, una nueva intervención militar extranjera, y una crisis económica que obligó a muchos haitianos a escapar en bote hacia los Estados Unidos y a cruzar la frontera para establecerse en la República Dominicana. Me refiero al largo y tormentoso proceso que va desde la caída de Jean Claude Duvalier, en 1986, hasta el segundo derrocamiento de Jean Bertrand Aristide, en 2004.
La larga tiranía de los Duvalier hizo que muchos emigrantes haitianos perdieran la esperanza de regresar a su país. Algo parecido a lo que ocurrió en República Dominicana en tiempos de Trujillo.
Entonces se hablaba de una diáspora haitiana, como se habló durante siglos de la diáspora judía. Se hablaba de una diáspora haitiana de más de un millón de personas dispersas en los Estados Unidos, Canadá, Francia, Martinica y Guadalupe.
En esos países, efectivamente, la población haitiana se ha dispersado y ha experimentado un intenso proceso de asimilación. En algunas ciudades de esos países se han constituido verdaderas comunidades y vecindarios haitianos.
Las recientes crisis de Haití han extendido la diáspora haitiana hacia la República Dominicana, al mismo tiempo que se ha ido formando una diáspora dominicana en los Estados Unidos y otras partes del mundo. Hoy tenemos más de millón y medio de dominicanos viviendo en el extranjero. Muchos de esos dominicanos, como los haitianos, se han transnacionalizado.
Para hablar de las semejanzas y diferencias entre ambas diásporas debemos primero explicar qué son los procesos de transnacionalización. Intentaremos hacerlo en el siguiente artículo.
Muchos am-bas-fils se establecen en las provincias
fronterizas y se dominicanizan parcialmente,
se hacen rayanos sin dejar de ser haitianos,
van y vienen, y cruzan continuamente la frontera,
aprenden español más o menos bien, envían sus
hijos a escuelas dominicanas, se relacionan
con la población dominicana, y tienen descendencia
con nativos y nativas dominicanos.
fronterizas y se dominicanizan parcialmente,
se hacen rayanos sin dejar de ser haitianos,
van y vienen, y cruzan continuamente la frontera,
aprenden español más o menos bien, envían sus
hijos a escuelas dominicanas, se relacionan
con la población dominicana, y tienen descendencia
con nativos y nativas dominicanos.
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