La recuperación de la memoria
Alguien lo bautizó como el maestro contemporáneo de la literatura del lamento y desasosiego mental, descripción atinada de las obras excepcionales -mezcla de historia, experiencia personal y meditaciones metafísicas-, que aportó para la posteridad un escritor alemán apenas conocido en estas tierras y que firmaba como WG Sebald.
Su vida podría ser argumento de ficción. Empezó a publicar a edad madura. Durante 40 años vivió en Inglaterra, y hasta el 2001 se desempeñó como profesor de literatura europea y creatividad literaria en la universidad donde estudié, East Anglia, en Norwich. Rehuía el relumbrón y se guarecía en el anonimato de un catedrático cualquiera más, pese a que el renombre le llegó tan pronto a su primera novela se le secó la tinta. Su verdadero nombre era Max Maximilian Sebald y, aunque enseñaba en inglés, escribía siempre en alemán. En el cénit de su vida productiva, murió de un aneurisma segundos antes de que el auto que conducía se estrellara contra un camión cerca de esa bellísima ciudad del oriente británico, entre planicies pobladas de trigales, cereales y hortalizas y que luego, en el invierno, baten las ráfagas de viento helado que vienen como castigo desde el Mar del Norte.
La carga de nostalgia y desarraigo, ese sentimiento de pertenencia a un pasado del que no fue protagonista ni responsable y que sin embargo le atribulaba, me impresionaron sobremanera cuando leí uno de sus primeros libros, Los emigrados. Como toque original, a lo largo de la novela reparte fotografías en blanco y negro que siembran de credibilidad la argumentación. Sebald reinventó la ficción y la transformó en historia, relatos de viaje, autobiografía y angustia en una literatura sin parangón. Inventaba verdades, las suyas, que cobraban vida en su retentiva.
Esa recuperación de la memoria al servicio de la creatividad es solo un atisbo de la genialidad de este coloso de las letras europeas, admirador de Borges, ido a destiempo. Uno de sus sellos característicos es la construcción de los personajes a partir de la nostalgia y antecedentes cuya veracidad poco importa, pero aparentemente bien documentados.
Releer Los emigrados casi quince años después empuja mi memoria a rescatar un personaje inverosímil, rabiosamente humano, habitante único de su mundo, burlador ocasional y ya en sus años maduros ejemplo de virtudes que su conducta rebelde, como las ramas a los troncos, ocultaba en la juventud: laborioso, emprendedor, solidario, desprendido.
Espécimen de las madrugadas festivas y la abundancia etílica, lo suyo era la bohemia. Al conjuro de un trago, todo asomo de responsabilidad desaparecía. Los dineros para el pago del equipo que necesitaba una tía para un negocio en Barahona se perdieron en el gusto de una buena hembra, que le dijo socarronamente al verlo con una Presidente en la mano que no bebía cerveza salvo Pabst Blue Ribbon, importada. El bono que mereció tras superar con su trabajo esforzado a sus compañeros en el negocio familiar, destinado a invertir en una fábrica de velas, lo derritió en una de las tantas compraventas de sexo que poblaban los barrios de la parte alta de Santo Domingo.
Era todo un galán, esbelto, casi pelirrojo, de verbo fácil pese a que canjeó la escuela muy joven por un trabajo cualquiera sin importarle las consecuencias. La geografía nacional le pertenecía y su hogar estaba donde se ganaba la vida. Saldaba cada ingreso con una juerga en toda ley y mucho amor efímero.
En la construcción del túnel de la presa de Jimenoa fungió de dinamitero. Sin saber inglés, se entendía perfectamente con el supervisor extranjero de la obra. Colocada la dinamita en los puntos claves, verificaba las conexiones y daba la orden a la que seguían una explosión sorda, una polvareda que lo nublaba todo y el olor penetrante de la nitroglicerina. El ambiente le sentaba muy mal al hermano menor al que le había conseguido un puesto de trabajo entre aquellos hombres rudos, gañanes acostumbrados a domeñar la naturaleza. Le atacaban las bascas en aquella atmósfera insalubre. Un buen día le dijo regrésate a la casa, esto no es para ti, yo me encargo de mantenerte hasta que encuentres otra cosa.
Balanceaba aquella vida de durezas con las fiestas y la novia con la que se cohabitaba en Jarabacoa y a la que, por supuesto, plantó cuando terminó la construcción de la presa. El destino, sin embargo, le tenía preparada la factura.
En otra de sus aventuras laborales llegó a capataz de una brigada de trabajadores en la construcción de la carretera a San José de Ocoa, a cargo de la empresa norteamericana Elmhurst. La jornada había concluido aquel día fatídico y las lomas se arrebujaban entre las primeras sombras nocturnas. Caminaba distraído por una de las trochas recién abiertas cuando la tragedia se instaló en su vida: lo arrolló uno de los vehículos pesados que le reventaban el esqueleto a esa sección de la Cordillera Central. Rodó por una pendiente y una pierna se le hizo añicos. Curiosamente, ¡la bestia mecánica era manejada por un cojo! Al parecer, la falta de un pie le impidió coordinar la maniobra simple que hubiese evitado el atropello de aquel capataz de piel curtida por la intemperie.
Maltrecho, herido de cuidado, lo trasladaron de emergencia a un hospital de Santo Domingo. Mala yerba no muere fácil, dicen. La recuperación tardaba pese a que la tarea médica le fue confiada al doctor Hoffitz, el mejor ortopeda del país en aquellos primeros años de la segunda mitad del siglo pasado. Los pronósticos no eran buenos, tal vez a causa del daño provocado en el tejido muscular por las tantas piedras que se incrustaron en las volteretas tras la embestida del equipo pesado. La amputación era el correctivo drástico sugerido por el eminente médico.
Lejos estaba el competente doctor Hoffitz de sospechar que otras razones conspiraban contra la mejoría del paciente, que con frecuencia se escapaba de noche en la reanudación de su vida libertina de fiestas y alcohol. Cómo se libraba de toda aquella armadura que le habían puesto para que los huesos soldasen es aún materia de conjeturas. Lo cierto, muy cierto, es que la mujer y esposa que para entonces había ya ingresado a su vida quedó embarazada en esos días hospitalarios.
Inconforme con el tratamiento, decidió consultar a otra eminencia de la ortopedia, el renombrado facultativo alemán Carl Theodore Georg, quien ejercía en San Pedro de Macorís. Su opinión médica era diferente: la amputación no procedía, y con el tratamiento y los medicamentos debidos las heridas sanarían y el fémur recobraría la solidez perdida. La vida loca se trasladó de ciudad. Aunque hospitalizado y con la pierna en alto, siempre encontraba la manera de retornar a la bohemia. En la mañana de un buen día, el doctor Georg llegó al hospital primero que el paciente, quien había disimulado su ausencia con las sábanas y almohadas arregladas como si la cama tuviese ocupante. Alguien le habló al hermano menor sobre una medicina y la encontró tras ir de Ceca a la Meca. Funcionó, y aquel personaje de tragedia y comedia, recuperado a medias, se empleó a fondo para gastar la compensación por el accidente laboral.
Se olvidó muy pronto de las previsiones médicas y en un tropiezo se le fracturó nuevamente la pierna. Volvió al doctor Hoffitz y le dijo sin más ni más: "Usted tiene razón, esa pierna no sirve para nada. ¡Córtela!" Así fue como se convirtió en mutilado y posteriormente en otra persona. La cojera devino exclusivamente física.
Crisis nacional al arrancar la década de los años 60 y caer ajusticiado el tirano Trujillo. Las posibilidades de trabajo no eran ya las mismas, mucho menos para un minusválido, y se le ocurrió emigrar. El cónsul no se tragó el bulo de que el propósito del viaje era terapia para la pierna y la adaptación de una prótesis, todo bajo la tutela de un pastor que no apareció el día de la cita. Rechazado.
Sin arredrarse, volvió a los pocos días al consulado norteamericano. Le confesó al cónsul que todo lo dicho anteriormente era una fábula, que le había mentido, pero que necesitaba viajar a Estados Unidos para remediar la falta de una pierna. Aprobado.
El resto es una historia de redención en el Nueva York extraño, con tres hijos y una esposa, abnegada, sí, y con buena disposición como su hoja de vida. Se propuso que la hija fuese a las mejores escuelas privadas y que haría lo imposible para salir a camino. Aquel hombre díscolo, irresponsable y presto siempre a festejar, había cambiado. ¿Quién dijo que árbol torcido no endereza sus ramas?
Trabajaba como pintor y se las arreglaba para treparse en las escaleras y andamios con aquella pierna falsa. Despuntaba el día y ya estaba camino al trabajo, a veces en los extremos de la ciudad inmensa. Aprendió que enrolarse en un sindicato le garantizaba una mejor paga. Regresaba temprano porque arrancaba temprano, e invariablemente se encerraba en su habitación. Mudaba de ropa, se quitaba la prótesis y colocaba un cubo -sanitario y cenicero--, cerca de la cama donde se reclinaba a ver televisión mientras fumaba tabaco fuerte y bebía café intermitentemente. Los veranos eran su infierno. Cuando se desprendía de la prótesis, el muñón estaba cubierto por todos lados de laceraciones que cubría con banditas. Veía todos los noticieros y devoraba los periódicos latinos, El Nacional incluido. Era el cojo hispano mejor enterado.
Su carácter, que siempre había sido agrio, no mejoró. Cero empacho en patear un bote de pintura y tirar los rolos y las brochas en uno de esos arranques temperamentales. A flor de labios, constantemente, una extensa variedad de tacos. Se doctoró en la ingratitud de la vida del emigrante, impermeable a la nueva cultura, extranjero en su entorno. Su máxima favorita: en Nueva York hay que moler vidrio con los fundillos para ganar el dólar. Le oí explicar un día lo que era un radiador: algo que en invierno se pone más caliente que un novio en noche de boda. Su sentido del humor no cojeaba.
Derrotó al infortunio. Detrás de esa coraza de intratable, de irascible, de carácter áspero e independencia nómada, habitaba, desolada, sí, un alma noble. Su generosidad contrastaba con la severidad que le deparó la vida. Le faltaba una pierna, mas le sobraban fuerzas para luchar contra el karma del emigrado. Cuando se retiró, volvió a Santo Domingo avejentado y sin los bríos de cuando partió. Estaba al tanto de cuanto ocurría y se deleitaba en análisis políticos que le dictaba su inteligencia aguda, la que le vino de nacimiento. Pudo descansar y vivir varios años antes de que una cirrosis traicionera, venganza por tantas veladas alcohólicas de juventud, lo tumbara para siempre antes de llegar a los 70.
Él era mi tío por el lado materno, Enrique Rodríguez. Ese hermano menor, muy querido por toda mi familia, es Federico Rodríguez, a quien, octogenario, se deben estas memorias que con su ayuda he recuperado.
Su generosidad contrastaba con la severidad que
le deparó la vida. Le faltaba una pierna, mas
le sobraban fuerzas para luchar contra el karma
del emigrado. Cuando se retiró, volvió a Santo
Domingo avejentado y sin los bríos de cuando partió.
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